Churchill vota por Stalin

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Si nos situamos en el terreno de la “guerra cultural”, tiene su sentido comenzar con los “encontronazos” que tuvo con Wiston Churchill (1874–1965), actualmente el líder político histórico con mejor prensa, por encima de la que pueda tener su colega Franklin D. Roosevelt, de hecho casi crucificado como representante del “socialismo” o sea del “New Deal”,  casi tan odiado como su compañera Aleanor por sus militancias; sin ir más lejos por implicarse más con la República española, algo imperdonable para los neoconservadores. Churchill lo tuvo siempre claro: fue un anticomunista integral hasta que después de Stalingrado “olvidó”  cualquier rechazo para pactar con Stalin con el que acabó desarrollando sus complicidades, por ejemplo en Grecia para impedir cualquier revolución. Esto explica entre otros muchos detalles, el caso de que Orwell conociera en su momento toda clase de obstáculos para publicar sus alegatos antiestalinistas,  incluyendo por supuesto el  veto de los intelectuales “tories”.

Este anticomunismo tenía bases profundas, y tuvo una influencia histórica nada desdeñable. Al menos hasta febrero de 1917, Inglaterra pudo contar con las tropas rusas como carne de cañón de los soldados mandados por  el Zar, aliado incondicional de Inglaterra que tenía grandes intereses de los centros industriales de los que partió la revolución. Odio justificado desde el momento que el poder soviético antepuso la Paz con Alemania por encima de todas sus reivindicaciones. Para colmo, la revolución también destruyó lo que quedaba del ejército blanco recompuesto especialmente por los servicios británicos, una derrota imperdonable de la que Trotsky fue el primer responsable si bien a un precio terrible. De hecho, las consecuencias devastadoras de la guerra “contra”  apartaron a la revolución de su curso inicial, y creó el bacilo  en el que se inició el estalinismo. El prisma de Churchill acabaría siendo la  lectura subyacente del empeño de autores como Robert Service que lo emplea en sus retratos de Lenin, Stalin y Trotsky. Un encargo que contiene un objetivo básico en la actual Cruzada neoliberal: descalificar  la historiografía que en la fase anterior colisionaron de pleno tanto con la historia oficial soviética como por la producida desde el anticomunismo. 1/.

Churchill es conocido desde la más absoluta benevolencia, cuenta con el aplaudo casi unánime de la prensa, varias  películas hagiográficas, hasta ganó un Premio Nobel de Literatura (1953) aunque pocos lo han leído y no consiguió por ejemplo Lev Tolstói. El Churchill que nos dan a conocer se sitúa por encima de toda sospecha tal como revelan su biografía y las reseñas que le acompañan, enfocadas como sí su actuación en la II Guerra Mundial fuera la única medida de lo que en realidad fue una larga y sórdida trayectoria, sobre todo en las colonias (en las que parece que todo estaba permitido). 2/ Explica detalles como que resulte  citado  ad nauseam con frases tan agudas como descontextualizadas; como ejemplo la emblemática  en que afirma que su democracia es la peor de los sistemas existentes, exceptuando todos los demás; olvidando que todos los demás –como el poder soviético tal como se dio a conocer-, un trayecto que oficial se suele “saltar” el “totalitarismo” colonialista, el mismo que constató  Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, pero cuyos trazos se pueden encontrar en cualquier obra especializada. 3/ No hay que estudiar mucho para descubrir empero que Churchill lideró a toda clase de maniobras intervencionistas sirviendo los intereses del Imperio, ligado a magnates y tiranos, siempre armado con una conciencia de clase “radical”. Esto no contradice ni su capacidad ni coherencia, como no contradice la existencia de innumerables víctimas.  Su trayectoria está plagada de páginas como la de su contribución determinante en la “política de no intervención” durante la guerra española, que tuvo una segunda parte concretada con su apoyo a la España de Franco, actitud preferible a  su “democracia” a una República articulada por partidos y sindicatos obreros. 4/

Churchill tuvo claro desde el primer momento que la revolución de Octubre era “un niño que había que matar antes de que naciera”, por lo que llamaba a Vladímir Lenin «un cultivo de tifus» pasado de contrabando a Rusia. En sus réplicas como su contrapunto, Trotsky lo describe como un  «campeón de la violencia capitalista», ansioso por asfixiar a las masas proletarias que luchan por su libertad.  No tuvo el menor problema en la aplicación de una estrategia militar “contra”. La misma que consiguió  recomponer lo que quedaba del diezmado ejército zarista para desencadenar una guerra “civil” rusa en la que Inglaterra representó el ala más intervencionista, en nombre de “la democracia” aunque los “blancos” eran un adelanto del fascismo. Dicha estrategia siguió formando parte del dogma político dominante, incluso entre los que Lenin llamó “la aristocracia obrera”.

No fue hasta 1929 que el Imperio no descartó la hipótesis de otra guerra contra la URSS. La razón quedó expresada por Ernest Bevin cuando declaró que tal aventura podía provocar “un soviet en Londres”, declaración efectuada justo después de la huelga general de 1926 que hizo temer a los poderosos “una revolución” en casa. Una dimensión que Trotsky describió en los siguientes términos: “Su carácter [de la burguesía inglesa] se ha ido conformando a lo largo de los siglos. La autoestima de clase les ha calado en la sangre y la médula, en los nervios y los huesos. A ellos será mucho más difícil arrebatarles la seguridad propia de quienes gobiernan el mundo. De todas formas, los estadounidenses se la arrebatarán cuando se lo propongan seriamente. Los burgueses británicos se consuelan en vano con la idea de que servirán de guía a los inexpertos estadounidenses. Sí, habrá un periodo de transición. Pero la clave del asunto no radica en las costumbres de los dirigentes de la diplomacia sino en el poder real, el capital y la industria existentes. Y en este sentido, basta observar la economía estadounidense, desde la producción de avena hasta la de buques de guerra más grandes y modernos, para comprender que Estados Unidos está a la cabeza. Le corresponden entre la mitad y las dos terceras partes de la producción mundial de artículos de primera necesidad…” (Izvestía, 5 de agosto de 1924)

Obviamente contrariado por la derrota en Rusia y con todo lo que esto significaba para el imperio, Churchill escribió una suerte de respuesta contra Lenin. Trotsky, el mismo que tiempo atrás reaccionó desde la propia prensa británica señalando que la mayoría de las fechas mencionadas por el autor eran erróneas y que éste mostraba una total falta de comprensión del carácter de Lenin a causa del abismo que lo separaba del fundador del bolchevismo. «Lenin pensaba en términos de épocas y de continentes, Churchill piensa en términos de fuegos artificiales parlamentarios y de feuilletons”. Churchil reaccionó desde  el diario conservador “Daily Express” en 1937 con un perfil de Trotsky del que componemos algunos extractos que entendemos representativos.

Churchill expresa su regocija por la  expulsión de la URSS  del creador del Ejército Rojo que ahora escribía desde “Turquía mientras le suplicaba a Inglaterra, Francia y Alemania que lo admitieran a las civilizaciones que ha sido, y aún es, el objeto de su vida que debe destruir. Rusia, su propia Rusia Roja, la Rusia que había enmarcado y adaptado a los deseos de su corazón sin importar el sufrimiento a los demás o el peligro para sí mismo, lo ha expulsado. Todos sus intrigas, toda su audacia, toda su escritura, todas sus arengas, todas sus atrocidades, todos sus logros, han llevado solo a esto, a que otro «camarada», su subordinado en el rango revolucionario, su inferior en ingenio, aunque quizás no. en el crimen, gobierna en su lugar, mientras que él, Trotsky, una vez triunfante cuyo ceño frunció la muerte a miles de personas, se sienta desconsolado, una piel de malicia atrapada por un tiempo en las orillas del Mar Negro y ahora lavada en el Golfo de México…”

Le había llegado su hora, el momento en el que “echaba humo, gruñía, gruñía, mordía y tramaba. Había levantado a los pobres contra los ricos. Había levantado a los pobres sin un centavo. Había levantado al criminal contra los sin un centavo. Todos habían caído como él había querido. Pero, sin embargo, los vicios de la sociedad humana requerían, al parecer, nuevos azotes. En lo más profundo, buscó con energía desesperada un más profundo. Pero, pobre desgraciado, había llegado al fondo. Nada más bajo que la clase criminal comunista pudo ser encontrada. En vano volvió su mirada hacia las bestias salvajes. Los monos no pudieron apreciar su elocuencia. No podía movilizar a los lobos, cuyo número había aumentado tan notablemente durante su administración. Así que los criminales que él había instalado estaban juntos y lo pusieron afuera”. Para colmo, a pesar de su inteligencia resulta incapaz de “entender el desagrado bien marcado de los gobiernos civilizados por los principales exponentes del comunismo. Escribe como si fuera un mero prejuicio contra las ideas nuevas y las teorías políticas rivales. Pero el comunismo no es solo un credo. Es un plan de campaña. Un comunista no es solo el titular de ciertas opiniones; es el adepto prometido de un medio bien pensado para imponerlos. La anatomía del descontento y la revolución se ha estudiado en cada fase y aspecto, y se ha preparado un verdadero cuaderno de ejercicios con un espíritu científico para subvertir todas las instituciones existentes. El método de ejecución es una parte tan importante de la fe comunista como la doctrina misma. Al principio, los principios consagrados del liberalismo y la democracia se invocan para proteger al organismo infantil. La libertad de expresión, el derecho de reunión pública, toda forma de agitación política legal y el derecho constitucional se exhiben y afirman. Se busca la alianza con todo movimiento popular hacia la izquierda”, algo que el “Premier” encontraba abominable.

Aunque el “ogro” contaba a su favor “todas las cualidades necesarias para el arte de la destrucción cívica: el comando organizador de un Carnot  la inteligencia fría e indiferente de un Maquiavelo  (…)  la ferocidad de Jack el Destripador” etc. También le atribuye una crueldad especial con su propia familia convertida al “comunismo” desde antes de 1919 que es cuando Lenin propone el concepto como alternativo al anterior de socialdemócrata, al que veía manchado por su implicación con sus propias burguesías. Luego “Encontró una esposa que compartía la fe comunista (que) trabajó y conspiró a su lado (…) compartió su primer exilio en Siberia en los días del Zar”, todo para abandonarle y la cambió por “una niña de buena familia que había sido expulsada de una escuela en Kharkov  por persuadir a los alumnos de que se negaran a asistir a las oraciones y leer literatura comunista en lugar de la Biblia”. Concluye con su madre sobre la que “madre escribe en términos fríos y escalofriantes. Su padre, el viejo Bronstein, murió de tifus en 1920 a la edad de 83 años…” 5/

Detrás de toso esto Churchill vislumbra a un “ambicioso de una manera bastante común en el mundo. Todo el colectivismo en el mundo no podía librarlo de un egoísmo que equivalía a una enfermedad y a una enfermedad mortal. No solo debe arruinar al Estado, debe gobernar las ruinas a partir de entonces. Todo sistema de gobierno del cual él no era el jefe o casi el jefe era odioso para él. La dictadura del proletariado para él significaba que debía ser obedecido sin cuestionarlo. Debía hacer el dictado en nombre del proletariado. «Las masas trabajadoras», los «Concilios de Obreros, Campesinos y Soldados», el evangelio y la revelación de Karl Marx, la Unión Federal de Repúblicas Socialistas Soviéticas, etc., se escribieron en una sola palabra: Trotsky. Esto llevó a problemas. Los camaradas se pusieron celosos. Se volvieron sospechosos. Al frente del ejército ruso que reconstruyó en medio de dificultades y peligros indescriptibles, Trotsky se encontraba muy cerca del trono vacante de los Romanov”, sobre los cuales el autor no escribió media línea de desaprobación.

Según Churchill, Trotsky consiguió alcanzar un enorme ascendente (cuyo origen no le interesa) cultivando los privilegios de los saldados, discriminando a los de procedencia zarista cuando lo que hizo fue crear un nuevo ejército con los ladrillos del viejo. Su carrera sin embargo se detuvo ante un obstáculo insalvable: “…era un judío (…) Nada podría superar eso. ¡Duro fortuna cuando abandonaste a tu familia, repudiaste tu raza, escupiste sobre la religión de tus padres y lamiste a judíos y gentiles en una malignidad común, para ser recompensado con un premio tan grande por una razón tan estrecha de miras! Tal intolerancia, tal mezquindad, tal fanatismo eran difíciles de soportar. Y este desastre llevó en su tren a un mayor. A raíz de la decepción se avecinaba una catástrofe”; un diagnóstico sencillo e inapelable. Pero el caso es que él sobrevive “convertido en el exponente de la más pura secta del comunismo. Alrededor de su nombre se reúnen los nuevos extremistas y doctrinarios de la revolución mundial. Sobre él se vuelve la explosión de la malignidad soviética”, la misma que a través de Stalin. La misma “necesidad de autoconservación lo que impulsa al gobierno soviético a destruir a Trotsky y sus venenos recién destilados. En vano grita sus protestas contra un huracán de mentiras; en vano denuncia la tiranía burocrática de la que tan alegremente sería la cabeza; en vano se esfuerza por reunir al inframundo de Europa para derrocar al ejército ruso que alguna vez se enorgulleció de animar…”

No pasará mucho tiempo sin que esta apreciación –por cierto dominante en la élite británica que prefería el “socialismo en un solo país” y odiaba “la revolución permanente”–, tenga una extensión en un compromiso con Stalin, sobre todo después de la derrota de la ocupación nazi en el sitio de Stalingrado. Y durante todo un tiempo, los “tories” asumen las ventajas de estos acuerdos –sabían que nunca ganarían la guerra sin el sacrificio de la URSS que sufrió unos 20 millones de muertos- hasta que llega el momento en el que el propio Churchill descubre que Stalin era malo y que aquello que hasta entonces habían contemplado con benevolencia era “el telón de acero”. Su opinión sobre Stalin es muy diferente, así dejó escrito en sus Memorias: “Stalin figurará entre los grandes hombres de la historia de Rusia y se ha ganado el sobrenombre de Stalin el Grande”. Casi de afinidad cuando beneficio el esfuerzo de guerra, de maldición cuando llegó el momento de poner el Imperio en el mejor sitio, ahora en un lugar subalterno en relación al “Gran Hermano” norteamericano.

De hecho, a finales de mayo los británicos decidieron enviar una pequeña fuerza militar a Arjánguelsk, en el norte de Rusia, bajo el pretexto de prevenir que toneladas de equipa- miento militar británico, facilitado a los rusos, cayera en manos alemanas. No llegó a prosperar, pero el auténtico objetivo era que una fuerza de 5.000 soldados británicos se uniera a los 000 militares letones que componían la guardia del Kremlin, que Londres consideraba que podría rebelarse en contra de los bolcheviques. Posteriormente, Lockhart envió un telegrama a Londres tras reunirse con un conspirador antibolchevique, el antiguo terrorista Boris Savinkov luego «arrepentido», que decía: «Propuestas contrarrevolucionarias de Savinkov. El plan es que, con la intervención aliada, los barones bolcheviques sean asesinados y se instaure una dictadura militar».

Aunque el sovietólogo Robert Service asegura que escribió su biografía de Trotsky indignado por “la buena prensa” que todavía gozaba éste, podemos comprobar que en un diario como  “El País” (de constante exaltación churchelliana), una de las firmas habituales, la José Álvarez Junco, antiguo colaborador de Ruedo Ibérico e implicado en algunas ediciones de Trotsky a principios de los años setenta, acusa a Lev de que no “previó algo tan elemental como que los representantes del proletariado, al disponer del poder absoluto, pudieran usarlo en su propio beneficio. Tampoco lo previó Lenin, el verdadero artífice del sistema. Ni Trotsky, uno de sus colaboradores más crueles, que sólo comenzó a criticarlo cuando fue desplazado del poder. Stalin no hizo sino perfeccionar el modelo montado por Lenin y Trotsky”. Un comentario que ha acompañado no pocas de las reseñas de la obra, y numerosas referencias a un personaje visto con los ojos de Churchill.

 

Notas

 

1/ Robert Service (1947) estudió en Cambridge, donde se dedicó al estudio del ruso y la historia rusa. Entre 1986 y 1995, ha tratado de “contestar” la tríade formada por Lenin (2004), Stalin (2004) y Trotsky (2009). Aportaciones que se amplían con Camaradas (2001) una historia de los partidos comunistas. Muchos críticos han alabado en Service sus análisis cualquier cosa menos “desapasionados” del siglo pasado de Rusia siguiendo los trazos la tradición “sovietóloga” con dos particularidades: su estajanovismo alentado por el peso comercial de las editoriales que lo acogen, sin olvidar las buenas reseñas en los medios en los  nadie parece haberse enterado de sus preferencias por Stalin. El revisionista –del franquismo- Stanley Payne ha sido uno de sus divulgadores más representativos.

2/ Sin necesidad de ir mucho más lejos, bastan sus referencias en Historia de África (Folio, 1992) de Basil Davidson o en el contraste entre sus opiniones sobre el primer Hitler y las que mantuvo sobre Gandhi, etcétera.

3/ Como en la nota anterior, basta leer el estudio de Richard Wigg,  Churchill y Franco: la política británica de apaciguamiento y la supervivencia del régimen (Madrid, Ed. Debate, 2005) que revela sus connivencias con el franquismo.

4/ Texto citado en el apartado sobre Lenin que aparecida en el proyecto de edición de las obras de Trotsky en la URSS, aparecida en castellano  en una especialmente cuidadosa en la editorial  Ariel en 1970, que abrió de alguna manera una nueva fase de verdadera avalancha editorial trotskiana  Tanto Churchill como Lenin y especialmente Trotsky, juegan un papel de primer orden en la novela La caída de los gigantes de Ken Follet,  la primera de la trilogía The century,  iniciada por Plaza&Janés para entusiasmo de lectores afines a Trotsky.

5/ Clare Consuelo Sheridan (1885.1970), prima de Churchill, escultura, periodista y escritora viajó a la URSS entusiasmada con la revolución de Octubre, y dejó un busto sobre Trotsky en torno al cual se tejó cierta rumorología amorosa recogida por ejemplo por Service.

 

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