Chile y más allá. Cómo me hice anarquista

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El azar del zapping televisivo me hizo caer en una entrevista a una ex parlamentaria francesa, cuyo oficio es difícil de pronunciar en cualquier idioma: arqueozoóloga. Lo que llamó mi atención fue el título del libro que ha publicado: “Cómo me hice anarquista”.

Desmintiendo siglos de mentiras y manipulaciones ideológicas, respaldando su conversión, Isabelle Attard cita a Pierre-Joseph Proudhon: “La anarquía no es el caos, sino el orden sin el poder”. Confiesa que hay de qué titilarte la curiosidad curiosa.

El Proudhon del cuento es el mismo que Marx hizo mierda en su “Miseria de la Filosofía”, lo que –visto lo visto– no es óbice u obstáculo para profundizar en el tema.

Intrigado por la involución de algunos políticos chilenos, retornados al estadio primitivo de las amebas, –protozoo caracterizado por su forma cambiante visto que carecen de pared celular, y por su movimiento a base de seudópodos que también usan para capturar alimentos a través del proceso llamado fagocitosis–, me pregunté qué diablos –aparte las coimas– puede hacer que un parlamentario, e incluso un ser humano normal, encuentre en la anarquía un ideal filosófico para transformarlo en modo de vida.

Entonces se sobrepuso en el mil hojas de mis recuerdos el texto de un príncipe, -así como lo lees-, un noble apañado, uno con el que te puedes tomar más de una birra, incluso un riojita, un navarrito o en estricto rigor un Ribera del Duero, que en estas cosas los tratadistas divergen.

Pierre Kropotkin. En las primeras líneas de su ensayo La Moral Anarquista el príncipe Pierre Kropotkin, –ruso para más señas, tú ya sabes, los rusos son malos porque son rusos–, escribe de qué justificar mi aforismo preferido: No hemos inventado nada. Mira ver:

“La historia del pensamiento humano recuerda las oscilaciones del péndulo, y estas oscilaciones duran ya desde hace siglos. Después de un largo período de sueño llega el momento del despertar. Entonces el pensamiento se libera de las cadenas con las cuales los interesados –gobernantes, legisladores, clero– lo habían enmarañado cuidadosamente. El pensamiento las rompe. Somete a una severa crítica todo lo que le habían enseñado y pone al desnudo los prejuicios religiosos, políticos, legales y sociales en el seno de los cuales había vegetado. Se lanza a buscar por vías desconocidas, enriquece nuestro saber de descubrimientos imprevistos; crea nuevas ciencias.

Pero el enemigo empedernido del pensamiento, el gobernante, el legislador, el religioso, se levanta pronto de la derrota. Junta poco a poco sus diseminadas fuerzas; rejuvenece su fe y sus códigos adaptándolos a algunas nuevas necesidades. Y aprovechando ese servilismo del carácter y del pensamiento que habían cultivado tan bien ellos mismos, aprovechándose de la desorganización momentánea de la sociedad, explotando la necesidad de reposo de unos, la sed de riqueza de otros, las esperanzas traicionadas de los más –sobre todo las esperanzas traicionadas–, vuelve poco a poco a su obra apoderándose primero de la niñez por medio de la educación”.

No sé tú, pero la primera vez que leí ese texto de Kropotkin una convicción se abrió paso en el mar de neuronas y la jungla de sinapsis que las une en el intranet de mi tubería cerebral: esa película ya la había visto.

Starring Kirk Douglas, en Espartaco, film magistralmente dirigido por Stanley Kubrik, o bien Marcelo Mastroianni en I Compagni, la peli de Mario Monicelli. Cuestión cine no la juego en plan experto, cada cual sus gustos: tú ya puedes elegir Germinal, con Depardieu, o bien La Bataille des Rails, con Jean Daurand y Jean Clarieux.

Lo cierto es que llega el momento en que toca despertar. Y ahí te desayunas. Como una Beatrix Kiddo cualquiera abres las pepas y te das cuenta de que te han estado garchando durante años cosa mala. Y además cobraban por ello, tú ya sabes, no hay lucro pequeño. Adolorido del orto, mucho más herido en tu dignidad y en tu indesmentible inteligencia, te dices que tienes que hacer algo más que apretar las nalgas.

Pero… miras a tu alrededor: nada. Las estructuras políticas viven en simbiosis con el sistema que pretenden combatir, apuntalan el encatrado, lo ‘perfeccionan’, lo eternizan. Lo importante es que sobrevivan ELLAS, las ‘herramientas del cambio’, porque al cambio mismo le pueden dar morcilla, o por el culo, como prefieras en tu sintaxis local.

Yo digo que es lo que muy precisamente sintió Isabelle Attard, si omites algún detallito. Ella legisló, vivió el sistema por dentro, en el seno de la Asamblea Nacional de la 5ª República cuyas costuras ya no aguantan otro hilván, rechazan el próximo zurcido.

De ahí para adelante lo imaginas tú mismo. Hastiada de las ‘negociaciones’ entre preferidos del serrallo, eunucos, daos p’ol saco y otros próceres tarifados, tiró p’al monte.

Leyó a Bakunin, a Proudhon, a Kropotkin, eso de Sin dios ni amo… Vivió, –muy probablemente–, la fraternidad del cuchillo para cortar el chorizo y el pan de la amistad… y se hizo anarquista. Con el rojo, para nacer en Barcelona, y con el negro, para morir en París… ¿Cómo no desearle suerte?

Otras cantan y bailan El violador eres tú; cientos de miles, millones, salen a las calles a manifestar su cabreo, a defender su bistec, su pensión, su laburo, el pan de sus hijos, en una palabra sus derechos.

Servidor se dice que, anarquista o no, mejor sería ponerse de acuerdo para enrumbar el bote. Porque niño, en Chiloé, supe la respuesta a la pregunta “¿Pa’onde va la lancha?” cuando no nos organizamos.

Después de todo los españoles tuvieron su FAI…

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Chile y más allá. Cómo me hice anarquista

 

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