Chile. Universidades, pensamiento crítico y el estallido social o mejor dicho “alzamiento popular”

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Lejanos están esos días en que era fundamental el desarrollo y ejercicio del pensamiento crítico en la formación profesional universitaria. El emplazamiento intelectual fundamentado y profundo podía mantener en constante interpelación ética y política a las disciplinas que sustentadas en la neutralidad científica o en principios conservadores mantenían la estructura de injusticias y la vulneración de derechos sociales de millones de ciudadanos.

La fuerte arremetida del neoliberalismo en el espacio universitario en las últimas dos a tres décadas se encargó de revertir esta situación. De manera natural, progresiva y lentamente el sistema administrativo y legal, ad-hoc a las leyes de mercado, se encargó de reconvertir, reducir, perseguir, censurar, acelerar procesos de jubilaciones y/o mantener bajo sospecha y control a muchos intelectuales “conflictivos” reconocidos como pensadores críticos a lo largo y ancho del país y enrostrarles que eran parte del pasado. Este aparato administrativo y legal igualmente hizo girar la “misión, visión, objetivos y lineamientos estratégicos” de las Universidades como instituciones tenían ante la sociedad abriéndose de manera brutal a lógicas exclusivamente económicas y financieras.

Progresivamente se llevó a cabo un recambio de estos intelectuales por otros que ha tenido como consecuencia la aparición de una nueva “clase de científicos y técnicos”, a los cuales se les ha tratado de asignar tareas, a la vieja usanza de Marx, para mejorar y optimizar la plusvalía de empresas así como ubicarlos en posiciones estratégicas en las relaciones de producción y el mejoramiento de la productividad bajo criterios de sostenibilidad.

Mientras por un lado los nuevas científicos se abocaron de generar procesos investigativos, que en lo posible dieran como resultados indicadores cienciométricos comparativos destacados o sistemas patentados autorreferenciales. Por otro lado los técnicos se encargaron de burocratizar y controlar la docencia, la investigación, la transferencia y vinculación con el medio.

El giro instalado en la academia implicó un proceso de despolitización de la ciencia desarrollada en las universidades acompañada de procesos educativos que presentan una pérdida significativa del pensamiento crítico y por lo tanto una lejanía progresiva del proyecto Estado nación y de su sociedad civil. Se levantó una imagen del científico-técnico tradicional abocados a proyectos con una materialidad más allá de la frontera humana y de una profesionalización de la educación altamente tecnificada.

El giro significó que las universidades se miraran a sí mismas y a sus pares de competencias sin un correlato político social que solo visibilizaran la sociedad chilena desde la mera retórica numérica y estadística extraviando la presencia del “otro”, universidades que producen conocimiento pero carecen de sentido social.

El resultado fue evidente. Hoy las universidades disponen de un “ordenamiento y alineamiento” funcional a las exigencias del mercado traducidos en Planes Estratégicos de Desarrollo que no se vinculan auténticamente a un país real multi-problemático.

A partir del 18 de octubre ha sido dramática la ausencia de “académicos” (salvo honrosas excepciones) que se aboquen al estudio de conflictos y/o movimientos sociales en el país. Un área que no fue considerada prioridad para la productividad científica interna de las casas de estudio y que no contó financiamiento alguno para desarrollar investigaciones. Valga señalar entonces las palabras del pensador crítico palestino Edward Saïd que sostenía que “en lugar de los intelectuales de antaño, hoy domina la figura del experto, que traduce de una forma pseudocientífica los intereses de quien lo patrocina”.

La pretensión neoliberal por la búsqueda constante del emprendimiento también llegó a las universidades bajo el rotulo de “innovación académica” que redunda en una sobre exigencia de sus impulsores, que no solo lleva al sujeto que desarrollar ciencia y tecnología o docencia sino que repercute en un narcisismo autodestructivo que no acepta críticas u observaciones sino también provoca la destrucción del sentido de las instituciones universitarias que les cobija. Estas instituciones en los últimos años se transformaron en empresas de docencia, ciencia y transferencia de sus productos al aparato productivo.

El neoliberalismo igualmente exigió el imperativo de autenticidad ante lo cual la industria de la ciencia, la tecnología y/o la educativa superior requirió de la “venta de sellos institucionales” diferenciadores que la publicidad se encargado de comercializar. El joven, hombre o mujer, como dice el filósofo coreano Byung-Chul Han “se percibe a sí mismo como un objeto funcional que hay que optimizar” y la industria de educación superior es claramente una herramienta para ello.

Con ello se aprecia que los expertos buscan no solo la rentabilidad de las instituciones académicas sino transformarlas en “fábricas de profesionales eficientes y eficaces” que no requieren un pensamiento crítico denso, por el contrario ese proceso productivo requiere de lógicas donde prime la “idea-operativa” en el ámbito de la docencia (formación por competencias), investigación científica (I+D), la transferencia (fomento de patentes comerciales), la vinculación con el medio acompañada de un aprendizaje para el servicio (A+S).

En esos espacios universitarios, el desarrollo del pensamiento crítico se cuadricula y se controla en el espacio micro-político mientras el sistema social se mantiene y se hace inalcanzable y utópico, por lo tanto la crítica se hace innecesaria y solo tiene sentido si tiene propuestas para mejorar el mismo sistema que cuestiona.

Es innegable que esta corriente de “formación” se ha instalado con una presencia significativa en las distintas casas de estudio a nivel nacional y especialmente se ha consolidado en la comunidad europea a partir del acuerdo de Bolognia, que sostiene e impulsa nuevas nomenclaturas para la “Universidad” como institución desde un núcleo neoliberal, remplazando el modelo de formación profesional para el desarrollo social por uno de instrucción de competencias y habilidades para el mercado. Como lo señala el filósofo crítico canadiense Alain Denault “vivimos sin advertirlo en un sistema donde los individuos son destruidos por la invasión de las normas empresariales”.

Está demás señalar que la simplificación pragmática-operativa impacta y repercute significativamente en el ámbito de “formación y aprendizaje” pero igualmente grave es que bajo esta lógica las Universidades adoptan una nueva gramática donde aparecen el ranking de prestigio, la competitividad y la publicidad. En esta última lógica publicitaria reaparece las figuras de expertos y fragmentados especialistas temáticos que ocupan espacios mediáticos pero que además contribuyen a prestigiar instituciones pero que esta vez no dieron el ancho ni el alto para aproximarse a lo que sucedía en Chile después del “18-O”.

Tanto la prensa TV como la farándula, una vez que “Chile Despertó” se dieron cuenta de la carencia de pensadores para explicar, interpretar o comprender lo sucedido en Chile: Humberto Gianinni, Francisco Varela y Claudio Naranjo habían muerto y solo Humberto Maturana y Gabriel Salazar lograron ser entrevistados. Otras quedaron simplemente ausentes como Patricia May.

Las universidades se quedaron sin voces críticas institucionales y sustantivas para abordar lo que socialmente sucedía. No había expertos que vieran la sociedad como una entidad plena de contradicciones en procesos de luchas de clase, representaciones valóricas neoliberales y sociales, mitos como maquinarias subjetivas de poder, creencias, rituales, historias y memorias populares, movimientos sociales o que hablaran con sustento científico sobre un “alzamiento popular”… eso fue o era solo preocupación de estudiantes y sus tesis de grado.

Con ello se evidenció una vez más, que la educación pragmática que prima en las universidades es insuficiente, que el aprendizaje científico-técnico burocratizado en mecanismos de control docente no basta si se reduce a la instrucción de la hiper textualidad del “metro cuadrado”. En esta realidad los modelos educativos y pedagógicos colapsan des-pensando o in-pensando la estructura social e ideológica así como histórica en la cual se sostiene todo tipo de acción educativa.

En palabras de Alain Denault la “mediocridad” que se instaló en el sistema de educación superior “no es solo un desarme intelectual, también constituye una herramienta para desmantelar la soberanía del Estado. El problema es que este desmantelamiento ha sido impulsado por la OCDE que instaura las rúbricas que debe disponer toda sociedad desarrollada, ante lo cual establece una serie de “recomendaciones” que operan como verdades absolutas y que dan como resultado líneas de acción para profesionalizar y “fortalecer la calidad y la relevancia de la Educación Superior” absolutamente alejadas de la realidad de los ciudadanos de las naciones del mundo.

En este ámbito educativo superior el proyecto neoliberal requiere allanar terreno al mercado y soterradamente tiende a eliminar el pensamiento analítico-académico crítico y todo tipo de reflexiones filosóficas, históricas, científicas etc. que no concuerden con sus proyectos. Por el contrario, como dice el intelectual y líder kurdo Abdullah Öcalan “el método científico de la era capitalista y las ciencias que ha surgido de él aseguran su funcionamiento y rentabilidad así como provocan guerras, crisis, dolor, hambre, desempleo, destrucción medio-ambiental y una superpoblación que ha afectado a todos los segmentos de la sociedad”.

Este abandono de lo sustantivo contribuye a disolver aquella “visión transgresora” sustentada en la crítica que impulsa ilusiones, sueños y que nuevamente levantan las “retrotopías”, que se caricaturizan como “outsider” o falsas ideas sobre otro mundo posible, sobre otras epistemologías, otras éticas u ontologías, etc.

Para los que hemos mantenido y cultivado la crítica durante los últimos años ha sido un riesgo latente y constante. Enfrentar pensamientos totalitarios y burocratizados sobre la acción y gestión universitaria ha sido peligroso. Los directivos y las unidades de control docente se han transformado en entes vigilantes del modelo micro y macro estructural, propios y característicos de la modernidad colonizadora lo que ha significado prácticas de persecución y hostigamiento, estigmatización, marginación y sospecha.

Por último señalar que nosotros los críticos, “sentí-pensamos” casi religiosamente… y hacemos nuestra las palabras de Frantz Fanon que decían: “Oh cuerpo mío haz de mí alguien que interrogue”, a lo cual agregamos, hasta el final de nuestros días para enfrentar las lógicas del mercado del conocimiento, hegemónicas y contra democráticas muy lejanas al “buen vivir” que afectan las dignidades de las personas en el país y en el mundo.

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