Chile. Una gran estupidez

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Los anuncios surgidos desde el gobierno respecto a estar en presencia de «una leve mejoría» en el tratamiento de la pandemia del coronavirus, es una estupidez que denota su absoluta falta de comprensión de la situación a que nos enfrentamos en el país. Incapacidad para comprender tanto las características y efectos de la epidemia en la población que la padece, como incapacidad para comprender la cruda realidad de los centros sanitarios del sistema público del país donde esta pandemia se está desatando.

Estas dos falencias son otra expresión de que este gobierno no llega a entender ni hacerse cargo de la realidad del país verdadero, el que está más allá de la burbuja del 1% en que reposan los dueños del poder. El presidente Piñera sigue sin entender que, al menos en relación al manejo de la pandemia, debiera dejar que los expertos, los científicos, los médicos, las personas adecuadas, se hagan cargo de las decisiones principales y traten de controlar el caos sanitario y humanitario provocado por él y Mañalich durante los tres meses precedentes. O más bien en los seis meses precedentes, si hacemos caso de su propia aseveración en cuanto a que ya en enero estaban ocupados sobre cómo enfrentar la inminente llegada de la pandemia a nuestro país. Esa manera especial de ocuparse del asunto que ha provocado el desastre en que nos tienen sumidos.

El mandatario sigue sin entender nada de nada. Sigue sin entender que lo mejor que puede hacer es quedarse callado, aunque vaya en contra de su imperiosa necesidad de figuración y vanagloria. Por el contrario, ante el mínimo descenso que ha habido durante los últimos días en las cifras de contagio, de inmediato aparece públicamente hablando una  estupidez tras estupidez para tratar de sacar rentabilidad política a la momentánea disminución de contagios, sin ningún criterio social, sin ninguna necesidad sanitaria, sin que sea ningún aporte a nada, salvo a su vanidad.

Es más, la disminución de cifras de contagios solamente se expresa en la Región Metropolitana y ha ido acompañada por una ostensible reducción en los test, en la realización de exámenes PCR, de lo que se desprende que la baja es proporcional a la merma de testeos y no a una efectiva disminución de la tasa de contagios. La explicación del gobierno para esta merma en la aplicación de exámenes resulta insólita; justificar el hecho con el argumento de que la población no está yendo a los centros de urgencia a hacerse es ridícula, pero sirve para demostrar la ineficiente e inoperante estrategia que ha aplicado el Minsal durante estos meses.

Además, resulta inverosímil que, de nuevo, culpen a la población de algo que es una falla sistémica del gobierno: son ellos los que debiesen salir a realizar testeos para detectar los contagios (detectar, aislar, trazar) y no esperar a que los pacientes concurran a los centros médicos cuando ya están mal, porque además hay un segmento de no sintomáticos que nunca sentirán la urgencia sanitaria de concurrir a un centro asistencial y que propagan el virus sin saberlo.

Por lo demás, ya hemos visto lo dramática que es y ha sido la situación en los centros de urgencia en donde los enfermos deben pasarse horas y días esperando por una atención debido a la saturación de los sistemas de emergencia. Ya hemos visto cuánta gente pobre ha debido retornar a padecer la enfermedad en sus casas, a causa de esta sobrecarga, porque no logran acceder a la atención de salud. Y también ya hemos visto que los pobres mueren en sus viviendas afectados por el virus, sin haber sido objeto de test o, en el mejor de los casos, sin conocer los resultados de estos eventuales exámenes.

En tanto, en provincias del norte y del sur la pandemia va en un alarmante aumento que no parece inquietar a las autoridades de gobierno y el Ministerio de Salud; no quieren ver el desastre que están provocando en Rancagua, Coronel, Calama o Concepción, y se niegan a aplicar medidas preventivas o restrictivas para no afectar los poderosos intereses productivos que se mueven en esas regiones. No hay ninguna «leve mejoría» sino un aumento de la estupidez gobernante.

El triunfalismo piñerista no tiene sustento alguno y es desmentido un par de días después de su perorata por la cruda y dramática realidad pues el sábado 27 se produjo un nuevo récord de personas fallecidas (279). Esa es la realidad, por más que el gobierno no quiera asumirla y se niegue a reconocer todas víctimas fatales que ha causado su desastrosa gestión (8.935); el Minsal aún no reconoce las 2846 personas fallecidas que no tienen ingresadas en la burocracia a causa de su fallida estrategia; sigue sin reconocer que, por lo bajo, las cifras de fallecidos llega a los 6.089 como lo registra la DEIS (Dirección de Estadísticas de Salud), pero el gobierno solo informa de 5509 víctimas, omitiendo deliberadamente a 580 personas de sus informes oficiales. Es decir, continúan con su perversa política de manipular cifras, como si a estas alturas de sus desatinos pudieran confundir a alguien. Otro reflejo de que no hay ninguna «leve mejoría», sino que seguimos chapoteando en el fango de la barbaridad que Piñera y su gestión han provocado.

La perorata triunfalista del mandatario vuelve a contaminar los limitados esfuerzos que se están haciendo, mediante cuarentenas, cercos sanitarios y controles más rigurosos, para intentar revertir la caótica situación sanitaria en que está sumido el país. Vuelven a aparecer los fantasmas de «tenemos todo organizado», de la «nueva normalidad», «de la meseta de Mañalich», del «retorno seguro», del «café de Daza» o del «mall de Lavín», de la «pronta recuperación de la economía»; en suma, vuelve a surgir el impulso al relajo y al descuido de las medidas preventivas por parte de la ciudadanía, alentados desde La Moneda.

El triunfalismo gobernante es un desatino más en este caos. El cambio de ministro de salud no se ha traducido en un cambio sustancial de la política sanitaria a desarrollar. No sólo no se ha cambiado la estrategia de enfrentamiento de la pandemia sino que se continúa aplicando el método de ir detrás de la enfermedad y no de prevenirla y anticiparse a ella; la realización de testeos masivos, la búsqueda de los contagiados y sus contactos, la llamada trazabilidad de propagación del virus, es condición inherente a una estrategia que busque remediar el problema, pero los que deben decidir esta cuestión no quieren hacerse cargo. De lo contrario, seguiremos dependiendo de la fortaleza física y anímica del personal de salud de los centros hospitalarios y sanitarios, seguiremos dependiendo de que no siga colapsando la capacidad instalada de camas críticas y de las condiciones hospitalarias de urgencia.

Hasta ahora, todo ha quedado reducido a anuncios y proclamas de buena voluntad por parte del ministro Paris pero, por lo visto, la toma de decisiones fundamentales sigue radicada en la voluntad  el presidente. Voluntad que, ya sabemos, no está orientada a proteger la salud y la vida de la población sino a proteger al mercado, al empresariado y sus intereses.

De otra manera no se entiende que aún no se destinen los recursos necesarios para que los Cesfam puedan realizar testeos masivos y la acción de búsqueda de contagiados y sus contactos, cuestiones que, de seguir así, este gobierno las pretende resolver cuando ya los estragos de la pandemia hayan provocado todos los efectos destructivos que pueda causar. Tampoco se entiende que los municipios no reciban los recursos para la labor de prevención que están llamados a realizar en sus localidades. Los recursos humanos y materiales que se requieren para mejorar las condiciones laborales y técnicas de los centros públicos de salud no terminan de ser asignados o de concretarse. En otras palabras, sigue reinando la incertidumbre y la angustia en el decurso de la situación sanitaria; no existe en la práctica, ninguna leve mejoría.

Al parecer el gobierno cree que la trazabilidad es un asunto que sirve para confeccionar estadísticas y mostrar gráficos positivos cuando pase la pandemia, y que los recursos para la acción preventiva consiste en elaborar protocolos y reglamentos con lógica empresarial, cual si se tratase de contratos entre compañías o estatutos de sociedades anónimas, más que de eficiencia sanitaria que es lo que necesitamos. La urgencia de la situación del país requiere que el ministro de Salud, aplique una estrategia correcta y se apoye en las personas adecuadas. El ministro París tiene que entender que su función no consiste en comportarse como buen amigo de Mañalich, en ser obsecuente con Piñera (ni actuar como guardaespaldas al tratar de proteger sus públicos desatinos), sino en resolver la crítica situación que ellos han provocado.

Sería muy saludable para el país que el presidente Piñera se dedique sólo a lo suyo, a cuidar los intereses propios y empresariales, lo que ya sabemos hace con devoción. En el marco de esta pandemia y sus secuelas no tenemos como país, como ciudadanía, como pueblo, ninguna opción de que este gobierno vaya a adoptar medida alguna que se oriente a apoyar las necesidades y requerimientos de la masa mayoritaria de la población. No habrá, de parte de este gobierno, ninguna decisión que afecte ni en un centavo los intereses del gran empresariado, sino por el contrario, se ocupará de velar porque este sector pueda incrementar sus opciones de mercado, de negocios y de lucro.

El gobierno no quiso establecer un sueldo básico para las familias populares, ni fijar precios a los artículos de primera necesidad, ni liberar de costos el transporte público, ni eliminar temporalmente el cobro de los servicios básicos de las viviendas, ni eliminar el corte por no pago de los servicios básicos, ni eliminar el cobro del impuesto específico a los combustibles, ni congelar las deudas con la banca y el retail, ni aprobar el postnatal de emergencia, ni aceptar que los cotizantes puedan retirar parte de sus fondos previsionales desde las AFP, entre otras negaciones sociales. Para el pueblo nada, o solo bonos paliativos nominales que ni siquiera es seguro que lleguen a ser percibidos por los sectores populares supuestamente destinatarios de esos bonos.

La política social del gobierno es absolutamente pro empresarial, y ya nadie espera o pretende que este gobernante mute y se convierta en buena persona; eso no pasará, pero al menos que se haga a un lado de las decisiones de salud para poder salir como pueblo de esta tragedia sanitaria y humanitaria. No es normal, no es humanamente aceptable, ni es posible que sigan muriendo personas producto de la desidia y la codicia gubernamental.

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