Publicado en: 20 enero, 2019

¿Chile, un país en evolución o en involución?

Por Arturo Alejandro Muñoz

Ser ‘artista callejero’ es vivir prácticamente de la mendicidad. Si nuestro país está “a un paso del desarrollo”, ¿por qué hay tantos jóvenes dedicados a un arte mendicante de presente pobre y futuro incierto?

Lo que usted leerá a continuación no es, ni de lejos, un comentario ‘políticamente correcto’  en el sentido que se le da a esa acepción en el Chile del siglo veintiuno. Se trata además de un tema que provoca ácidas controversias, ya que divide a nuestra sociedad en dos partes que defienden sus posiciones mediante argumentos buenos y de los otros.

¿Cuántos jóvenes –y adultos jóvenes- sobreviven mediante el guitarreo, el canto y el ‘arte’ en espacios públicos? Obviamente, ese tipo de actividad, cuando se transforma en un medio de vida, se hace dependiente de la solidaridad del prójimo, vale decir, en cierta forma se trata de una mendicidad de mejor tono, pero mendicidad a fin de cuentas. ¿Habrá alguna estadística al respecto? Lo cierto es que cada día aparecen más cantores y ‘artistas’ invadiendo lugares como el metro de Santiago, el metro tren Rancagua-Santiago, el de Limache-Valparaíso, los restoranes, las ‘picadas’, las plazas y las ferias libres. Se llega a excesos ya que en algunos de esos sitios los cantores –sean solistas o grupos- van rotando y pueden ’actuar’ dos o tres de ellos en un mismo local en menos de una hora.

Debemos hacer una distinción que permita diferenciar a las personas que dedican su tiempo a estos afanes, pues existen artistas de calidad indiscutida –o profesionales- que gustan de exhibirse gratuita o casi gratuitamente en lugares públicos; ellos tienen además algo de vanidad, pero mucho de amor por extender la cultura hacia las masas. Ejemplo de lo dicho se encuentra en las ‘instalaciones’ o presentaciones de músicos pertenecientes a orquestas filarmónicas o a conocidos grupos de ballet o de teatro que actúan sorpresiva y magníficamente en una plaza, en una estación de buses, en una esquina céntrica, etc.

Sin embargo, los artistas callejeros provienen de otra realidad. Pertenecen a una categoría ‘artística’ muy distinta.  Algunos de ellos pueden haber visto truncarse tempranamente sus estudios y debieron salir a la calle a ganarse el sustento. Sin embargo, pareciera que la mayoría de los ‘callejeros’ nunca estudió música, guitarra ni teatro, y encontró  en las presentaciones ante el público una forma para agenciarse el dinero que al menos les permita vivir al salto de la mata, sin un futuro claro ni halagüeño.

El lado oscuro del sistema neoliberal se observa nítido en estas situaciones. Cientos –quizás miles- de jóvenes provenientes de estratos socioeconómicos bajos y medios deambulan por estaciones del metro, por los carros de los metrotrenes, en restoranes, plazas, esquinas, mercados, ferias libres, etc., premunidos de un instrumento musical (y en muchos casos de un parlante y un micrófono), ocupando espacios públicos que nunca fueron construidos ni pensados para tales eventos.  Algunos resultan ser estudiantes universitarios que procuran por esa vía el dinero requerido para cancelar las cuotas mensuales que su casa de estudios les exige, pero la mayoría de los ‘callejeros’ provienen de hogares carenciados económicamente.

El país pierde a calderadas talentos insertos en sus recursos humanos por negarse a  otorgar a miles de muchachos un camino de calificación laboral, de estructuración de futuro. Esos millares de jóvenes son expelidos por el sistema con violencia, sin haberles permitido acceder a la pirámide laboral con algunos elementos que resultan imprescindibles para el crecimiento personal y del país.

A ello se agrega la carencia de ofertas de trabajos de calidad, las bajas remuneraciones, los contratos leoninos por días o por horas, el no pago de indemnizaciones y la obligación de aportar con el escaso dinero propio a una administradora de fondos previsionales, todo lo cual hace cuesta arriba la vida para millones de chilenos.  A la larga, a muchos jóvenes les resulta menos doloroso lanzarse a la calle, guitarra en mano, que desgastarse días y años en procura de trabajos que, no sólo son mal remunerados y carecen de estabilidad laboral, sino también resultan ser tan escasos como esos otros de mejor contundencia.

Por ello, cada mes, cada año, el número de artistas callejeros parece aumentar en la misma proporción que cae la oferta de trabajo. Grandes metrópolis, como Santiago, Concepción, Viña del Mar, Valparaíso, y otras, amenazan convertirse en un símil de aquellos antiguos mercados al aire libre que había en lugares como El Cairo en los años 20, donde pululaban vendedores, agiotistas, embaucadores, magos, bufones  y trovadores. Muy nostálgico y turístico, pero poco o nada desarrollado desde la perspectiva que tanto proclaman los frailes del neoliberalismo.

Es el resultado de la política de libre mercado salvaje con un Estado reducido a su mínima expresión, donde la derecha económica pone las reglas del juego en las que la educación pública es quien debe hacerse cargo de los alumnos más vulnerables a objeto de no entorpecer el recorrido de la “industria educacional” en manos de empresarios, estructura un área de negocios que rinde pingües ingresos a los propietarios de establecimientos insertos en esa ‘industria’ y que estadísticamente pueden mostrar mejores resultados académicos, consolidando además, desde la base misma de la sociedad, una diferenciación clara y sólida a favor de los privilegiados.

Es allí donde comienza a agonizar aquella manida frase de “igualdad de oportunidades”, poesía que fallece en sus primeras estrofas, pues tal como se dijo en líneas anteriores,  en los vagones del metro, en muchos restaurantes, en carros de cualquier metrotren, en ferias libres, es posible comprobar que la mentada evolución chilena al desarrollo es una especie de involución hacia un colonialismo económico mercantil en todas sus letras y rasgos,  donde al capital financiero interesa exclusivamente contar con abundante mano de obra barata.

 

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