Chile. Tratado sobre la jubilación de una profesora universitaria

Capítulo 1.
Primero, las preguntas y la balanza: ¿quiero renunciar al contacto con las nuevas generaciones? ¿Quiero suspender mi aporte al desarrollo profesional y personal de los jóvenes que me ven? ¿Me han dejado tan cansada mis 36 años de trabajo, que necesito abandonarlo ahora? ¿Estoy tan hasta la coronilla con el mercado de la educación como para separarme del quehacer docente? ¿Es imperiosa la necesidad de dejar de sentir que las rejas de una prisión invisible me estrujan desde fuera y no puedo zafarme? ¿Cuánto me estorban la vida los formularios, los convenios académicos con su respectiva evaluación y, sobre todo, la firma en la mañana y la firma en la tarde? ¿Cuánto me pesa el hastío de ser la única académica en el área de inglés a quien le importa que le quiten la dignidad de un servicio higiénico realmente higiénico, con jabón en el lavatorio y papel para limpiarse el culo? ¿Cómo sería la vida si tuviera la libertad de escribir cuando se me antojara; tal vez hacer proyectos; tal vez leer los libros que me esperan, pacientes, en el velador; tal vez etcétera, mientras aún me funciona la entendedera? ¿Cómo sería si en cualquier momento pudiera pasear, contemplar, hacer vida social o quedarme en mi casa mirando por la ventana, según lo decida?

¿Qué haría si me pertenecieran todas las horas del día, antes de que ya no pueda elegir?

Más o menos esto es lo que sopesa una mujer como yo al cumplir 60. Ene tene tú, cape nane nú, tisafá, tumbalá, dura dura duralá.

Supongamos que, después de considerar todas las consideraciones que pueblan la balanza, esta mujer decide dejar atrás, antes de que sea tarde, (1) la presión, la angustia y la tristeza provocada por una institución universitaria dizque del estado, con misión rimbombante y plan de desarrollo de fantasía, para impresionar a no sé quién y descollar en el mercado; (2) innumerables papeles y formularios que exigen, exigen, exigen, lo posible y lo imposible, a objeto de controlar que el quehacer no se desvíe hacia la incertidumbre del saber, como antaño; (3) la falta de respeto, de empatía y de humanidad hacia, paradójicamente, los seres humanos, inadvertidos en un mundo cuyo mayor tesoro, que hay que perseguir con desesperación, son las publicaciones indexadas, las carreras acreditadas y el marketing con disfraz de academia; (4) la necesidad de manejar y aprender, hasta más allá de su interés, una tecnología que se le ha hecho incomprensible de tanta actualización; (5) las múltiples arañas que pueblan la oficina compartida, con sus telas cubriendo libros y muebles, la mesita del café chorreada, las tazas sin lavar, con su consiguiente cultivo de hongos y, en general, la falta de aseo en la oficina y en el baño, cuya chapa descompuesta hará que cualquier día alguna académica incontinente se mee en los calzones antes de que logre abrir la puerta; (6) la cada día menos soportable contaminación acústica permanente que, desde el gimnasio vecino, avanza in crescendo al ritmo de la zumba, la aeróbica o lo que fuere, castigando oídos y concentración… entre otros factores.

No cuenta esta mujer, sin embargo, con que toda una vida de 60 años cronológicos no es suficiente para perder la candidez y creer que jubilar será cosa de firmar algún papel y listo: la libertad.

Sube tempranito los interminables y escarpados escalones que llevan al 3º piso, Oficina de Personal, cuya jefa, muy amablemente, le da información, instrucciones y papelito. Lo primero, escribir al rector una carta de renuncia, donde se explicite que sí quiere el incentivo correspondiente (aquí el silencio no otorga nada). Lo segundo, recorrer todos los campus, con excepción del de Ovalle, menos mal, para que el jefe o director o mandamás de cada una de las 10 reparticiones (tal vez 11, es fácil perder la cuenta) esparcidas por diversos campus, distribuidos por toda la ciudad, firme el papelito que ella obtuviera mientras recuperaba el aliento en la cima de la escalera: no un papelito, sino el papelito; todas las firmas hay que “sacarlas” en el mismo papelito. Esto, para certificar que la funcionaria no tiene deudas, cargos por resolver, y vaya una a saber qué más.

Con claridad meridiana y mucho entusiasmo, la académica comienza su periplo. Sube la colina de su campus para firmar la asistencia matutina, va a su oficina, escribe la carta, no funciona la impresora, menos mal que hay internet, la manda a la secretaria para su impresión. Va a buscar la carta impresa a la secretaría y aparece el Director del Departamento (¡el jefe directo, primero en la lista, qué suerte!). Le presenta el papelito; pero él no firma, porque no le consta que la funcionaria no tenga cargos pendientes, explica. Perpleja, se pregunta a qué estamento puede dirigirse entonces, que tenga la constancia y, además, sea su jefe directo: no hay, de manera que da lo mismo que le conste a otra persona. Piensa que el jefe directo ha omitido, en su interior de Director de Departamento, una reflexión que le corresponde: si no le consta a él, y sin embargo no corresponde a ninguna otra persona certificar aquello, más valdría que averiguara si a alguien le consta, para no impedir a esta funcionaria ejercer su derecho al retiro.

Sale el jefe de la oficina y sólo entonces la académica se entera, por conversaciones entre secretarias, de que primero es el papelito y después la carta de renuncia, papelito adjunto; no al revés. Menos mal, porque en la secretaría no quedan sobres. La académica elabora un itinerario ajustado a la más lógica de las lógicas, y comienza el periplo: 1. Casino: Don Fulano se retiró recién, mañana sí que lo encuentra; 2. Bienestar del Personal: el jefe está con permiso, tiene que juntar todas las firmas y al final venir para acá (a la chucha el itinerario, también la lógica); 3. Múltiples preguntas y lugares intrincados para encontrar la Dirección de Servicios (con la cual nunca ha tenido contacto): Director Don Sutano, ausente; 4. Biblioteca: Director se encuentra en la ceremonia de aniversario de la universidad (¡ahhh! entonces por eso no estaban los otros tampoco), «pero puede dejar el papelito y mañana está firmado». Se agradece una esperanza. A estas alturas, por cierto, cualquier sesentona estaría cansada. Ésta también. Decide continuar al día siguiente, total, todo el itinerario está desarmado y la lógica, patas p’arriba. Llega la sacrificada académica a su casa y suena el teléfono: «¿Se te olvidó que tenías que hacer clase de traducción literaria?» Es la Coordinadora de Carrera. Plop.

¡Por supuesto! ¿Cómo pudo pensar con un sentido común tantas veces aplicado y descartado por obsoleto? ¡Cómo pudo siquiera imaginar una universidad en Chile (u otro lugar del mundo) en cuya lógica cupiera un razonamiento como el suyo! Que comenzar el año con una profe que va a estar jubilada al cabo de dos semanas de clases (4 clases, exactamente) no tiene sentido pedagógico ni ningún otro; que lo único que se lograría sería desconcertar al estudiantado. A pesar de todos sus largos años de docencia universitaria, no ha aprendido nada: lo verdaderamente relevante en la Misión de la Universidad es ahorrarse las 8 horas que habría que pagar al profe nuevo (ése que boletea, pobrecito).

Pero volviendo al periplo: al cabo de varios días, el papelito de marras está pletórico de firmas, incluso la del jefe directo, que tal parece, hizo la averiguación; ha llegado el momento en que se debe adjuntar a la carta de renuncia y mandarla al Sr. Reptor (como lo llama, universitaria y formalmente, su señora esposa, muy universitaria y formal). Este trámite sí puede hacerse mediante estafeta; no es necesario ir personalmente a entregarla a la rectoría. Tampoco importa si en ese momento el señor Reptor no se encuentra allí: de cualquier modo, emitir la resolución pertinente le llevará tres semanas (incluye firma, a Dios gracias). Feliz y triunfante, la académica decide ir inmediatamente (previa firma en la hoja de asistencia) a la AFP, con el fin de comenzar lo antes posible el proceso correspondiente, que según ya ha averiguado, no es breve.

Error: la carta fue devuelta porque faltan trámites que a la académica no se le ocurrió hacer, por tener la mente ocupada en cosas menos trascendentes, como la literatura o su propia vida interior. Estos trámites no le fueron informados en el agotador tercer piso, por obvios. Al menos, eso es lo que piensa la secretaria de la Oficina de Personal, a juzgar por el tono de su voz: “¡Pero claaaro pues, profesora; tenía que escribir una carta al Director del Departamento para que él tome razón y después se lo comunique al Decano, no ve que tienen que estar al tanto de que cuentan con una académica menos en la planta, por si llenan el cargo y…”

Afortunadamente, Santa Secretaria se ocupó de desembrollar todo el embrollo y comunicar todo lo incomunicado, seguramente porque percibió que la académica ya estaba a punto de perder la cordura (si es que alguna vez la tuvo, nunca se sabe).

Ahora, sólo le resta esperar que pasen la semana que le queda por firmar la hoja de asistencia, mañana y tarde, y las tres semanas que demorará el Señor Reptor en firmar la resolución, para que la académica pueda comenzar con la próxima ordalía: el proceso de tramitación de la llamada pensión de vejez –cuyo primer paso demora 60 días–, con los ojos bien abiertos ojalá, de manera que, ojalá también, el plumaje de la perdiz que le embolinen la AFP y las compañías de seguros tenga la menor densidad posible; el dedo que le meta en la boca (por no decir algo peor) el libre mercado sea lo más delgado y misericordioso que un dedo pueda ser. Al fin y al cabo, todos los trabajadores chilenos, y en especial las trabajadoras chilenas, sabemos que la holgura de los plazos que se toman estas entidades para calcular no es proporcional al monto de la pensión que vamos a recibir: una especie de limosna miserable (mejor sería recibir una de Farkas), una caridad sacada de la fortuna que han amasado año tras año los dueños del país, con cada mes de salario de los que trabajan para ellos, es decir, todos nosotros. Parece la descripción de un círculo vicioso, pero no lo es. Al menos para ellos, no: por el contrario, es virtuoso y fructífero. Y lo seguirá siendo, seguirá rodando y rodando como aplanadora sin freno cerro abajo, mientras los ciudadanos no le pongan fin.

Y si el cansancio de 36 años tratando de educar, construir, entregar y soportar ya no le permite ni educar, ni construir, ni entregar ni soportar, lo más seguro es que de la energía para patalear le quede poco; que la voz no le sirva para gritar muy fuerte; que el empeño para perseverar esté casi agotado, y que la fuerza ya no le dé para andar intentando detener aplanadoras dictatoriales.

Ahora piensa, optimista, que si alguien patalea, grita, persevera y hace frente a las aplanadoras financieras, serán generaciones que ella no alcanzará a celebrar. Además, hay algo en que sí se ha actualizado, mal que le pese: sabe que en el sistema de libre mercado todo tiene un precio. El derecho a elegir la libertad de envejecer en la paz de la miseria, también.

Capítulo 2.

No estaba entre mis planes escribir un segundo capítulo, ni menos uno en que no fuera posible incluir tono humorístico alguno. No puede inspirar gracia ni sonrisa que, después del periplo descrito en el capítulo anterior –que, en fin, podía resultar pintoresco–, venga otro, más complicado; pero del que no se vislumbra final.

La trabajadora ya ha asumido todo el primer capítulo, lo que no es poco. Ha asumido que en una institución pública no se proporcione al empleado toda la información que se le debería dar; que el señor Reptor tiene un problema en la motricidad fina (o tal vez sea el Secretario General, o ambos) que le hace dificultoso y lento escribir su firma, tanto así, que las firmas de su resolución tardan más de un mes. Con lo que no cuenta la trabajadora –a estas alturas ya ex trabajadora– es que hay que sumar una nueva espera, porque el documento debe hacer un viaje más, esta vez a la Contraloría Regional, cuya toma de razón tiene un plazo de 15 días hábiles. La extrabajadora trata con porfía de mantener el humor para permanecer en el equilibrio del prado amarillo de su imaginación. Y lo consigue. Tanto así, que cuando llega a sus manos el documento de marras, literalmente levanta los brazos al cielo, gritando de felicidad (no brinca, sólo porque, después de dos partos y dos abortos a su haber, su esfínter no se lo permite). Al día siguiente –no el mismo en que recibió el documento, dado el particular horario de la AFP– se presenta, con una gran sonrisa, resolución en la mano, en la AFP, donde, por supuesto, saca el numerito correspondiente y espera con paciencia su turno.

Aquí comienza la pesadilla del segundo periplo. Pasaremos por alto las preguntas estúpidas, las repetidas y las inútiles; las informaciones y explicaciones dirigidas a una oligofrénica, también inútiles y repetidas: no logran borrar aún la sonrisa del rostro de la extrabajadora. Hasta que comienza la seguidilla de obstáculos, como, por ejemplo, que debería haber llevado la sentencia de divorcio (afortunadamente es divorciada, de lo contrario, quién sabe si no fuera requisito corchetear al mismísimo cónyuge a la solicitud de pensión). Ese requisito, sin embargo, según descubre en ese momento la funcionaria, es de fácil solución, gracias a la tecnología.

Y aquí viene el rey de los obstáculos: el FUN, de tipo 1, es requisito fundamental para dar curso a la solicitud de pensión, conservar la afiliación a la isapre y emitir el documento sine qua non: el certificado de saldo. O sea, a cuánto asciende la miseria con que ya ha decidido, libremente, vivir (ver capítulo anterior). El problema es que cuando la extrabajadora llega a la isapre después de haber caminado 30 minutos (lo que hace muy bien para la salud de cualquier persona de 60 años), sacado numerito, esperado, etc., se le informa que no es posible emitir dicho documento en este caso, ya que, siendo extrabajadora, desvinculada de su exfuente de extrabajo, y sin contar aún con una institución encargada de pagar su pensión de vejez de vieja extrabajadora, carece de empleador, un elemento imprescindible para emitir el documento. El que sí es posible es un certificado de afiliación, que la extrabajadora se apresura a llevar a la AFP; en vano, ya que es el FUN lo que se necesita. Más explicaciones para oligofrénica, inútiles, repetidas.

Comienza a desdibujarse la sonrisa de la extrabajadora. Vuelve a la Isapre, vuelve a la AFP, consulta por teléfono (línea 600 y las otras), por mail, por “contáctenos”; escribe a la Superintendencia de Pensiones para solicitar, simple y humildemente, que alguien le explique la paradoja de que para tener pensión se requiera un documento que no se emite si no se tiene pensión; dicho de otro modo, la emisión del FUN tipo 1 requiere un certificado de pensión que, lógicamente, no existirá sin FUN tipo 1. En palabras simples, para emitir un documento se requiere un documento que no se emite si no se emite un documento, que no se emite si el documento no se emite. Clarísimo.

Y de pronto, ¡sorpresa! llega el documento. La trabajadora, aunque con menos energía que al principio, lleva, casi rauda, el documento para que la AFP emita el documento. El verdadero, porque el día anterior (tal vez por cansancio ante la insistencia de la vieja hinchapelotas) le habían improvisado uno, pero incluía información falsa (menos mal que la abuelita de la extrabajadora hinchapelotas le enseñó desde niña que no se debe firmar nada sin leerlo). Como es viernes y los viernes se atiende sólo hasta mediodía, la muchedumbre y la fila para sacar el numerito de rigor podrían hacer confundir dependencias de una empresa sumamente privada con un consultorio de barrio. La ya cansada extrabajadora decide no sumarse a lo del número de atención y acercarse breve, subversiva y subrepticiamente al funcionario, entregar el documento que la Isapre, contradictoria y mágicamente, había emitido para que se emitiera el documento necesario para emitir el documento que le estaba entregando en su propia mano, el que para ser recepcionado necesitaba cola y número de atención. Con gran deferencia, sin embargo, el funcionario aprovecha la ocasión para mostrar a la extrabajadora vieja hinchapelotas (a una cercanía y con rapidez suficiente para que no alcance a leer ninguna) una serie de hojas, cual mano de póker, con sendos timbres, y para informarle que el certificado de saldo que le presentara anteriormente estaba correcto según confirmación de nosedónde, que ella no estaba afecta al estatuto al que estaba afecta y, por tanto, no le correspondía la pensión retroactiva que le correspondía.

Por cierto, como se espera de toda jefa que se precie en un fin de semana largo tan preciado, ésta iba a llegar –le informa el funcionario a la hinchapelotas– a las 13.00, media hora antes del cierre; pero como ya son las 12.30 y no ha llegado, le recomienda que vuelva el lunes.

La extrabajadora vieja hinchapelotas malabarista de la finanza consideró agarrar a peñascazos los ventanales; pero como no había piedras cerca, o tal vez las había y no eran visibles a ojos nublados, caminó una cuadra, se sentó en una banqueta pública a descansar y lloró. Una vez que hubo descansado, se fue a su casa, llorando en silencio y guardando la esperanza de que el peso de tanto documento emitido y por emitir no fueran a aplastar el prado amarillo de su imaginación.

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