Chile. Tierra

Como si la apropiación de la tierra, de los bienes y también de otros seres humanos no fuese desde siempre un acto de fuerza e imposición

Voy a describir la tierra en la forma de recuerdos, como una cadena de asociaciones o la divagación por un terreno que me resulta imposible de aprehender ni como concepto ni como sentimiento. Podría decir que la tierra, como elemento, me queda demasiado grande, sospecho que a todos nos queda demasiado grande y que nuestras relaciones con ella están mucho más cerca del desvelo que de la serenidad, más cerca del grito de un niño de pecho que de cualquier tibieza que nos adormezca en su seno.

Partiré por recordar a la señora Adriana, porque así me lo impuso este elemento al pensar en él. La señora Adriana, que tenía más de ochenta años cuando la conocí y que aguzó sus ojos celestes, recelosos, delante de ese hombre joven que buscaba alojamiento, indigno de su confianza. Pues ella, para vivir, había ampliado su casa adosándole un cuarto en la parte trasera y además había construido dos casas interiores en el patio, y también arrendaba una pieza lateral. Una de esas casas interiores estaba disponible, la última del fondo. Me gustaría dibujar un plano para explicarme mejor, pero trataré de hacerlo con palabras. Se entraba desde la calle por un portón de rejas que se deslizaba sobre un riel. Había que recorrer un pasillo junto a la pared medianera, a mano derecha estaba la pieza en arriendo que formaba parte de la vivienda original, más adentro uno se encontraba con la excrecencia que era esa ampliación pegada por detrás a la casa, al fondo aparecía la primera casa interior y al doblar a la derecha uno se topaba con la segunda, que fue la que finalmente me alquiló juzgando por mi apariencia y mi edad que yo sería un pésimo arrendatario. Se equivocaba.

Más que casas interiores eran unos cuartuchos de material ligero con baño y cocina incluidos para dotarlos de independencia, en todo caso no más estrechos que esos pisos llamados ‘estudios’ que hoy se promocionan a precios exorbitantes envueltos en el perfume de la vida neoliberal. Podría decirse que eran unos cuartos miserables, pero puedo afirmar con toda convicción que no experimenté la miseria en las circunstancias de mi vida de entonces, y que me parecen mucho más miserables esos ‘estudios’ que encajonan las necesidades del cuerpo y también las del alma.

La primera casa interior era más pequeña y aún más precaria, bajo el techo de zinc o las fonolas (ya no recuerdo el material) no tenía planchas de yeso sino de un plumavit delgado y la mujer que vivía allí pegó un grito porque un gato rompió una plancha y le cayó en la cara mientras dormía. Esa mujer se fue una noche a hurtadillas y quedó debiendo varios meses de alquiler a la señora Adriana. Supongo que no debía ser la primera vez que sucedía algo así y por eso la anciana achicaba los ojos cuando aparecía un potencial arrendatario.

Ella no sólo vivía de las rentas, su domicilio era conocido en el vecindario como “la casa del Seguro Obligatorio” y se usaba como punto de referencia para quienes andaban en busca de una dirección. De los barrotes de una ventana colgaba la leyenda de ese servicio que habría conseguido a través de algún contacto municipal. Detrás de su terreno, de hecho, estaba la Dirección de Tránsito. Así que al oscurecer podía leerse desde la calle, en neones rojos y con un aire a cabaret o adorno navideño: “Seguro Obligatorio”.

Su economía doméstica también se nutría de los trámites municipales, pues el edificio consistorial estaba del otro lado de la calle. Vendía fotocopias y cobraba cien pesos por usar durante dos minutos el teléfono fijo, un aparato negro con disco que mantenía con candado. Además plastificaba documentos. Y por si fuera poco había instalado un jardín de plantas en el estacionamiento, que se proyectaba hacia el fondo por el pasillo lateral y que me permitió ir conociendo especies que nunca más olvidé, no tanto por la exuberancia de las flores y las hojas como por sus nombres coloridos, entre ellas, sobre todo, la corona de poeta y el ave del paraíso.

Vivía sola con dos perros chicos y lanudos, la Kuky y el Brandy, que nunca me aceptaron. Era un invasor de su territorio y no podían entender que los ochenta mil pesos que cancelaba a su dueña sin falta los primeros días de cada mes y con los cuales me había ganado su confianza y hasta un esbozo de sonrisa en su cara redonda, surcada de capilares rotos como un mapa hídrico, me dieran el derecho de ocuparlo. ¿De quién es la tierra?, es la pregunta que resuena a través del tiempo. Digo que no me aceptaban, sobre todo la perra, que me gruñía entre dientes y más de alguna vez me aplicó unos tarascones traicioneros en los tobillos. Hasta que una mañana la pateé. Pateé la perra y desde entonces me tomó mucho miedo, más del que debía tenerme antes. Un animal de treinta centímetros de altura pagó mi sopa de malhumor y frustraciones.

Esa mañana, como todas, salía a mi trabajo en una fundación relacionada con la Iglesia Católica que se proponía ayudar a los pobres a su manera cristiana, es decir, a fin de cuentas, como si la pobreza fuese un hecho natural, lo mismo que la riqueza y la inmensa desigualdad del país, y este estado de las cosas pudiese perdurar por los siglos de los siglos. La fundación había establecido sus sedes en barrios populares para prestar orientación financiera a pobladores con empleos por cuenta propia. Cuando me incorporé al trabajo ya habían suspendido los microcréditos pues la tasa de devolución era cercana a cero, lo que dice todo sobre la sabiduría ancestral de los bancos, que jamás irían a meterse a esos barrios.

Me recuerdo de la visita a una costurera que hacía ropa para bebés. Baberos, ‘ositos’, piluchos, calcetines en miniatura y otras prendas que confeccionaba con una ternura y dedicación que no se condecían con las ínfimas posibilidades de ganarse la vida con ese oficio. Era ella y su máquina de coser contra la manufactura importada, contra los tratados de libre comercio, contra el paupérrimo poder adquisitivo de su entorno. Y la fundación, a través de mí, venía a ofrecerle conocimientos financieros básicos, nociones de contabilidad, de comercialización de productos, como si el problema de los pobres fuese la falta de educación, que es una forma más elegante, y por lo mismo más infame, de decir que su problema es la flojera, como si la apropiación de la tierra, de los bienes y también de otros seres humanos no fuese desde siempre un acto de fuerza e imposición, un acto salvaje y que no tiene nada que ver con la educación.

Su marido había muerto en un accidente de tránsito hacía unos meses y al contarme su tragedia empezaron a rodarle las lágrimas. No hablamos de finanzas, contabilidad ni comercialización, ella necesitaba desahogarse y yo me presté de paño de lágrimas, para lo cual no se requiere de ningún conocimiento muy calificado. Sus esperanzas estaban depositadas en su único hijo, un adolescente de catorce años que tocaba el piano. Esa tarde tocó para mí. Lo hizo con talento, creo. No debía de existir ningún otro piano en varios kilómetros a la redonda ni nadie más que escuchara piezas de Chopin o Mozart.

Hoy esa población está tomada por el narcotráfico. Un amigo que estuvo grabando imágenes para un video institucional de una autopista concesionada que hace obras de caridad —y las registra en video— me cuenta que al internarse por las calles van apareciendo los murales y animitas de ‘soldados’ o pistoleros narcos abatidos por bandas rivales. Las mujeres de quince años ya se comportan con una rudeza inaudita y unos hombres de edad indefinida deambulan como zombis consumidos por la pasta base. No existen las veredas o aceras, pues las casas se las han tomado como estacionamientos blindados para sus vehículos. Eternas fachadas continuas cortadas a pique en la calle.

Tal vez estoy describiendo una caricatura, pues me faltan los testimonios de esa madre costurera y su hijo que soñaba con ser pianista para mostrar desde dentro la vida de la población. Quizás el hijo está retratado como un mártir del narco en uno de esos murales. O la madre recibió una bala loca en la cabeza y tuvo que aprender a caminar y a hablar nuevamente, como otra mujer de la que tuve noticia. Son especulaciones, pues si hay algo que retrata esas vidas es su confinamiento y su condena a la invisibilidad, excepto cuando se usan como tragedias al servicio del espectáculo.

Digo que salía a trabajar por las mañanas recorriendo ese pasillo lateral entre plantas a la venta y que el recuerdo de la tierra, como elemento, me lleva a pensar en la visita a una cooperativa de recolectores de cartón en otro barrio de Santiago. La fundación católica había firmado un acuerdo con no sé qué empresa para obtener la donación de triciclos. Pues hay que decir en este punto que la caridad moderna debe cruzarse además con los incentivos económicos y entonces esa clase de donaciones, por lo que recuerdo, venía de la mano con rebajas tributarias.

Nada de eso interesaba a los socios de la cooperativa. Nos encontrábamos en un recinto abierto, otro de esos espacios residuales donde se van acumulando desechos y cachureos, que la municipalidad les había facilitado para hacer acopio del cartón y guardar sus vehículos. No recuerdo especialmente contentos a esos hombres. Han pasado demasiados años, pero creo que mi memoria conserva lo esencial. Y lo esencial, en este caso, es que ellos sin decirlo sabían que ni la fundación ni ninguna empresa cambiarían su destino. Lo revelaba la mirada del comedido presidente de la cooperativa al dar los agradecimientos de rigor por los triciclos. Un hombre embutido en un mameluco sucio, de ojos saltones y estrábicos que en el recuerdo toman ubicación junto a los de la señora Adriana para atestiguar sobre su relación con la tierra, objeto de estas palabras.

En las tardes de verano, al volver a la casa interior me esperaban las cucarachas, que al abrir la puerta salían disparadas en todas las direcciones para refugiarse de mí como si supieran mejor que yo que la tierra no es suya, que la única posibilidad es compartirla y que las fuerzas en liza establecían los equilibrios, y que nosotros habíamos instaurado el desequilibrio como forma de vida y ellas se reían de nosotros en sus rincones tenebrosos.

Y así me recuerdo también de haber vuelto un invierno con un rollo de plástico de varios metros cuadrados para colocar sobre el techo afirmado con piedras y trozos de concreto, para hacer frente a las goteras que la noche anterior me obligaron a desplazar la cama y evitar así el contacto de los pies con el agua, primer elemento. La señora Adriana no pensaba hacerse cargo de ninguno de los desperfectos que sufrieran sus casas, ella compensaba la fragilidad del envejecimiento con sus ingresos de dinero por las distintas vías que ya mencioné, y diría que hasta experimentaba la falta de ingresos como amenaza directa de la muerte, por tanto uno no debía esperar que el pago de ningún arreglo, por mínimo que fuese, saliera de su bolsillo, y muchas veces al salir a la fundación pensé que el portazo que daba haría desmoronarse la casa por completo y que de hecho la muerte de la señora Adriana acarrearía de forma natural la desintegración del conjunto de viviendas y de cuanto existiera en ese terreno.

Sucedió más o menos así, efectivamente. Al cruzar una mañana por el pasillo lateral oí unos maullidos provenientes de su habitación que me sobrecogieron, no por la profundidad del dolor que pudieran comportar sino porque no eran ni felinos ni humanos. ¿Qué clase de animal podía emitirlos? Un animal que se está muriendo. La señora Adriana había sufrido un infarto cerebro-vascular. Más de uno, me informó la mujer que la cuidaba y la oía maullar de esa forma que provocaba escalofríos. Múltiples coágulos en el cerebro y al parecer en otros órganos vitales. Al recorrer ese pasillo durante aquellos días me seguía preguntando si maullaba de dolor o era un intento desesperado por comunicarse ahora que había perdido el habla.

La noche en que murió sucedió algo para lo cual no tengo explicaciones. Mi mente racional lo atribuye a una coincidencia, pero entonces el poder de la noche y la oscuridad me sugestionaron, alterándome los sueños. Un viento repentino sopló dentro de la pieza. Una sola ráfaga, un instante, como la estela de un ave de grandes dimensiones. Afuera no corría viento, las ventanas estaban cerradas. Una litografía que colgaba de una pared se agitó, alcancé a ver cómo se sacudía. A la mañana siguiente me enteré de que la señora Adriana había muerto a la hora en que sopló la ráfaga.

El resto de la noche, como digo, dormí inquieto. En la madrugada, cerca del amanecer, tuve un sueño con mi casa de infancia. Me encontraba solo a la entrada del pasaje que conectaba nuestra calle con la calle de atrás. Una hora incierta y de luz penumbrosa. Voy a calificar con palabras de un hombre despierto lo que sintió un niño soñado: desolación. Abrí los ojos entre telarañas de imágenes y sensaciones oníricas y tomé lápiz y papel. En esos años solía hacerlo. Y escribí unos versos sombríos, angustiosos, que no sin pudor voy a reproducir aquí sólo porque viene a cuento al escribir sobre este elemento:

Quisiera saber si el alma
se me ha velado con esta lobreguez
o si por el contrario el alma es lóbrega
hecha de una nada lóbrega
y no del aire traspasado de sol
porque ella acaso viene
del otro lado de la luz
y desde allá nos trae el miedo
su vestidura del viaje
y aquí nos abandona
con sus manos de Pilatos
como a niños siempre recién nacidos
y nos deja tan solos
que no basta el imperio de la luz
para ahuyentar esta lobreguez
telaraña de las cunas
baile del grito
del ahogado.

No sé cuánto tiempo habrá transcurrido entre la muerte de la señora Adriana y la demolición de la casa. Hoy se levanta sobre ese terreno un edificio de unos quince pisos o más, que ocupa también el lugar donde estaba la casa verde de la esquina y la casa del otro lado, donde vivía un señor muy mayor al que nunca vi pero podía oír por las noches a través de la pared, cuando al parecer despertaba extraviado y las enfermeras que lo cuidaban tenían que aterrizarlo en esta realidad con precisas frases informativas: hora, fecha y lugar.

Es tiempo de poner fin a estas palabras, pero no es tiempo de conclusiones. También estas, tratándose de la tierra, me quedan muy grandes.

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS