Chile, ¿Son o no responsables los periodistas actuales de esta hecatombe política?

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Razón tenía aquel senador del desaparecido Partido Nacional cuando manifestó que la mayor desgracia para cualquier ‘honorable’ era verse obligado a enfrentar públicamente a un ciudadano entrado en años (“viejo”, en estricto rigor), que tuviese memoria de elefante y que careciera de temor al momento de discutir cara a cara. “Yo eludo el debate con ese tipo de gente, pues se corre el riesgo de salir chamuscado”, concluyó el parlamentario de apellido Bulnes, apodado “el marqués”.

No soy periodista ni pretendo serlo, pero desde temprana edad he contado con la suerte de trabajar y estudiar junto a muchos de esos profesionales, mayoritariamente con aquellos que se formaron en la Universidad de Chile antes del golpe de estado de 1973. Les recuerdo con especial cariño y admiración. Mis siete décadas de vida, acompañadas de una memoria que reconozco privilegiada, me transforman en un “ser peligroso” para muchos políticos… y también para varios periodistas “post golpe”, que hoy conforman la mayoría en su profesión.

Mis primeros contactos laborales con los periodistas se remontan a la Radio Del Pacífico, la “radio del Portal” (Fernández Concha), en Santiago, en el año 1966, junto a Raúl Palma (“Palmita”) y su programa “Siempre en Domingo”. Esa época fue también la que me llevó a participar, en calidad de oyente, en algunas clases dictadas por académicos de fuste en la escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, donde Mario Planet era Director, y también profesor de la cátedra “Periodismo Investigativo”.

Más adelante, avanzados los años, tuve en suerte trabajar –ocasionalmente, es cierto-  junto a periodistas de enorme nivel (y de distintos colores políticos), como Mario Gómez, Daniel Galleguillos, Raúl Gutiérrez, Ernesto Carmona… y departir largas jornadas de análisis y conversaciones con los premiados porteños Oscar ‘Chaflán’ Valdés y Adolfo “Pera” Villalobos (Premio Municipal de Periodismo y Premio Nacional de Periodismo Deportivo, respectivamente), así como con Carla Morales, periodista egresada de la Universidad Católica.

Imposible no recordar en estas apuradas líneas a periodistas y columnistas como Lenka Franulic, Raquel Correa, Abraham Santibáñez, Eugenio Lira Massi, Augusto Olivares, Carlos Jorquera, Hernán Díaz Arrieta (Alone), Mario Gómez López, Patricia Verdugo, Mónica González, y tantos otros que, pese a no pertenecer a la cofradía de los periodistas de academia universitaria, marcaron senda y ennoblecieron el oficio, como Darío Saint Marie (Volpone), Volodia Teitelboim, Renato González (Mister Huifa), el mismo Eugenio Lira Massi, Julio Martínez (Jotaeme), Clodomiro Almeyda (el ‘Cloro’), Carlos Lorca, y un largo etcétera.

Era esa otra estirpe, otra ‘raza’ de hombres y mujeres de prensa, muy diferente a la actual, a esta casta de periodistas que desconocen la herencia que se les ha dejado, que incumplen las enseñanzas recibidas en la universidad, y destacan no solo por su entreguismo laxo a las órdenes de empresarios que utilizan los medios como un asunto de neta propiedad privada destinados a privilegiar los intereses de la clase dominante, sino, también, por una lamentable carencia de información y de cultura que se ve acompañada –en muchos casos- por una débil estructura de personalidad que alimenta el menosprecio patronal a la profesión.

Pareciera que muchos `profesionales de la prensa’ hubiesen cursado cinco o más años de estudios en una universidad para ejecutar, finalmente, lo único que realmente hacen hoy día, lo único que saben hacer y gustan hacer,  cual es obedecer ciegamente las órdenes de un editor que, a su vez, recibe un sueldo por cumplir las impetraciones de un empresario… y ambos, editor y propietario, utilizan el medio de comunicación de masas sólo para defender el statu quo que permite mantener las riendas del país en las mismas manos. Para tales efectos cuentan con la mano de gato precisa: periodistas colijuntos y cipayos que soslayan la historia de su propia actividad.

Hoy, es posible intuir que el periodismo resulta ser la única profesión universitaria donde el actor principal –el periodista- ha coadyuvado a rebajarse laboralmente,  pues permitió que sus conocimientos, ética y dignidad fuesen aplastadas por personajes carentes de lo anterior, pero dueños del capital y de las maromas subrepticias con  las que rutinariamente cruzan la línea de la decencia y de la humanidad aplicando la máxima de lo “políticamente correcto” que, en esencia, no es sino colocar clavijas y pernos a la rueda de la Historia.

Tal ‘colijuntismo’ (antiguamente se le conocía como “cartuchismo’) caracteriza hoy a muchos periodistas, los define, y la prensa ‘oficial’ (cadenas EMOL, COPESA y TV abierta) se ha esmerado en rebajarse a niveles de ganapanes en su afán sin límites por cumplir a cabalidad las instrucciones de un grupúsculo de empresarios que, a su vez, manifiestan estar decididos a todo, a mentir, a engañar, a distorsionar los hechos, con tal de mantener inmovilizada a una sociedad, aunque ello signifique –tarde o temprano- la ruina social y económica del país.

Es en ese contexto que la prensa ha sido significativo aporte al crecimiento de la brecha económica y de las desigualdades sociales, así como es también responsable del mantenimiento durante décadas de una democracia de mentira y una estratificación social deficitaria y negativa. Más aún, la prensa es causante –en alto grado- de las carencias educacionales que asfixian al país, y culpable, también en grado sumo, del consumismo desatado.

En todo ello, los “profesionales de la prensa”, ergo, los egresados de universidades, llevan muchas velas en este entierro. Ningún empresario puede torcer la voluntad y decisión profesional de un ingeniero, un geólogo, un trabajador social, un  profesor, un médico… pero sí lo hace, a diario, con la feble voluntad de periodistas ‘colijuntos’ que muestran disposición al yanaconismo, aún a sabiendas que están tergiversando los hechos, aún a sabiendas que serán desnudados y apaleados a través de las redes sociales… aún a sabiendas que están lacerando a Chile.

En ningún otro oficio como el del periodismo la frase de Neruda cobra mayor vigencia: “los de antes ya no somos los mismos”. Es que los de antes sí eran periodistas de verdad (independiente del color político de cada cual). Los de  ahora… ah, los de ahora, ¿qué son? No sé lo que son, pero sí sé que no merecen mi respeto.

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