Chile. Reforma universitaria, gran deuda pendiente

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Junio de 1967 en Chile y mayo de 1968 en París. Dos masivos e históricos  movimientos sociales que tuvieron a los estudiantes como agentes principalísimos, y que terminaron deshaciéndose en las brumas del capitalismo que los revirtió en beneficio de sí  mismo en cuanto sistema.  Ha transcurrido más de medio siglo desde entonces. Muchas de las ideas planteadas en esa época siguen contando con una vigencia que asombra, pero las impetraciones desglosadas de ellas aún no han sido satisfechas.

La década de 1960 fue rica en transformaciones y avances, pletórica de luchas ideológicas, aunque –desgraciadamente- utópica en  lo relativo a humanismo y sociedad. La guerra fría marcó fuertemente esos años, y con ella  (o, a pesar de ella) el mudo contempló el arribo de sucesos que constituyeron el inicio de una nueva época.

Al interior de los planteles de educación superior también se estaba cocinando un sabroso caldo. Las viejas estructuras académicas universitarias no se condecían con el avance de los tiempos ni con los roles que necesariamente debían cumplir esas casas de estudio. Durante un par de calendarios, los alumnos de algunas universidades discutieron y reflexionaron respecto de un concepto que, poco a poco, fue adquiriendo cuerpo y fisonomía: la reforma universitaria.

Finalmente, la discusión se transformó en acción y en el puerto de Valparaíso, el 17 de junio en el año 1967, la Federación de Estudiantes de la UCV (Universidad Católica de Valparaíso) decidió tomarse la casa central ya que el tiempo de hablar y conversar sobre Reforma había terminado. Como es fácil comprender, la estructura orgánica de la UCV, en esos años, se sostenía mediante un verticalismo severo provocado por las estructuras de poder que existían en su interior, las cuales no estaban sometidas a control alguno.

Un mes más tarde, la Pontificia Universidad Católica (PUC) iniciaba su propio proceso de reformas y muy pronto se incorporaron la Universidad de Chile, la UTE (Universidad Técnica del Estado) y otras universidades regionales. El objetivo era democratizar las universidades y lograr que ellas cumplieran también a cabalidad  sus roles de investigación y de extensión, pues llevaban décadas alejada del pensamiento crítico, de la reflexión y, como si ello no bastara, persistían en negarle espacio al desarrollo de las artes y a la participación de sus estamentos (docentes, alumnos, administrativos) en la estructuración de los objetivos centrales de esas casas de estudio.

Durante un exiguo quinquenio la reforma vivió su existencia enriqueciendo planes y programas de la educación superior con avances reconocidos entre sus pares latinoamericanos.  Pero, todo ello se vino al suelo el once de septiembre de mil novecientos setenta y tres. Las bayonetas y la dictadura cívico-militar borraron de una plumada los avances obtenidos. Las universidades no sólo regresaron a su etapa anterior a la reforma sino, peor aún, fueron transformadas en verdaderos “colegios para damitas y caballeritos”, donde la reflexión, la crítica, el pensamiento de moderna luminosidad, la democracia y la participación, eran cuestiones prohibidas, ‘marxistas, herejes y anárquicas’.

Días después del bombardeo al palacio de la Moneda, los profesionales economistas que conformaban la pandilla de los ‘Chicago Boys’ conjuntamente con los gremialistas encabezados por Jaime Guzmán, sabedores de ser quienes guiaban la carreta tirada por los bueyes de uniforme a quienes manejaban –en materias  de Economía y negocios- con la facilidad de un titiritero,  no tuvieron mayores dificultades para mover las manos de los miembros de la junta militar a objeto que protocolizaran la transformación del academicismo y calidad profesional de todas las universidades en un nuevo y pingüe negocio. Fue así que murió la Reforma y nació el bolicheo en Educación.

Pero, ¿por qué recordar esto de la Reforma Universitaria, hoy, año 2018? Primero que  todo, convengamos que desde ese lejano año de 1967 nuestras universidades no han  tenido una nueva reforma de fondo, una reforma que persiga los mismos objetivos que señaló aquella del siglo veinte ya mencionada.

Es de Perogrullo entender que si se produjese un proceso de reformas como el comentado, apuntaría preferentemente a las universidades públicas que, sin duda, son quienes llevan el pandero de la calidad académica y la participación de sus estamentos, amén de procurar siempre el abrir  puertas al arte y a la extensión hacia la comunidad, lo que molesta a un consorcio que procura mantener a los alumnos de establecimientos de estudios superiores en el más absoluto desinterés por la ‘cosa pública’.

Las políticas económicas neoliberales, más allá de haber logrado establecerles significativos espacios a planteles de educación ‘superior’ -cuya principal meta es ganar dinero a raudales-, han realizado ingentes esfuerzos por meter en el mismo saco a las universidades públicas… en gran medida también tuvieron éxito en ello.

¿No será el momento de una nueva, profunda y decidida Reforma Universitaria para poner de pie lo que la dictadura y el duopolio han tenido de cabeza desde hace casi 30 años?

FECH, FEUC, FEUCV, FEC, FEUSACH y todas las demás organizaciones estudiantiles universitarias, tienen la palabra. La pregunta final no puede ser otra que la siguiente: ¿resistiría un gobierno neoliberal la embestida de los estamentos universitarios por una nueva y clara reforma? He ahí el quid del asunto…. políticamente hablando, claro está.

Para tranquilidad de aquellos moros y cristianos sitos en los poderes del estado y en Casa Piedra,  los estudiantes universitarios actuales –si se toma como referente el conglomerado de 1967- desconocen su fuerza.

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