Chile. Post-Verdad

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El Diccionario de Oxford designó el término inglés post-truth («post-verdad») como palabra del año. Según este Diccionario, «post-verdad» dice relación con «circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y la creencia personal».

Es decir: el hecho real pasa a segundo plano tras la modificación de la realidad según los fines deseados por quien utiliza la post-verdad. Piñera, por ejemplo, trató de “miserables” a quienes lo acusaron por sus inversiones en la pesquera peruana Exalmar mientras se llevaba a cabo el litigio con Perú en La Haya. Intenta, así, desligarse de cualquier responsabilidad y escudarse tras una supuesta campaña “miserable” de la opinión publica (El Mostrador y radio Bio-Bio, en este caso) que, según su post-verdad, estarían buscando hundir su candidatura presidencial. Plop!

Lagos culpa a Bachelet del guatazo en la implementación del Transantiago, omite, por supuesto, que él también estaba detrás del proyecto. No existe responsabilidad política en la post-verdad de un conde. Insulza, vigorizado por el despampanante apoyo que le dan las encuestas, renuncia a su cargo de defensor de Chile en la Haya y asume una multitudinaria campaña presidencial. Sumergido en su propia post-verdad, declara lo siguiente: «los que quieren hacer lo mismo hace 25 años son los conservadores, nosotros somos progresistas”. Plop!

¿Qué dimensión habitan estos señores?, ¿cómo se inspirarán para inventarse estas realidades paralelas, sus propias post-verdades?, ¿serán sus asesores quienes los aconsejan?, ¿sus familias?, ¿sus gatos?, ¿lo árboles?, ¿los marcianos?, ¡¿quién?!…

Foucault decía que el discurso no refleja la realidad, sino que la construye. Más que la verdad en política, tema que daría para otra columna, Foucault buscaba entender los contextos, la genealogía del discurso. No buscaba, por tanto, mostrar la verdad o falsedad de las proposiciones, sino los “regímenes de veridicción”. Cuando hablaba de “régimen de veridicción” se refería al contexto y las estructuras que permiten que un discurso se alce como verdad. Hoy, tanto en Chile como en el mundo, los sistemas políticos están hechos a la medida del discurso político: la trenza que los enreda con los poderes económicos y los medios de comunicación les permite erguir sus propias verdades, luego repetirlas y repetirlas hasta el hartazgo, o lo que es mucho peor: repetirlas hasta convertirlas en verdad. O en post-verdad, más bien.

Un dato de la causa: los responsables de la publicación británica aseguran que el uso de la palabra post-verdad aumentó un 2.000 % con respecto a 2015. Esto en relación al Brexit y las elecciones presidenciales en Estados Unidos. La especialidad del político es esa: metamorfosear el contexto, revolver los conceptos y dar vuelta la verdad según sus objetivos.

Por eso, cuando en Chile reducen la democracia el simple hecho de votar y critican una “falta de compromiso cívico” de la gente, valdría la pena profundizar el análisis y preguntarse: ¿quiénes son los responsables de la desafección política, ellos y sus post-verdades o la gente común y corriente que, cada vez más, identifica sus falsedades y simplemente no les cree? Lo que está claro es que seguiremos escuchando post-verdades, de uno y otro lado. A este paso, la post-verdad pasará a ser un concepto propio de la fauna política.

Posverdad

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