Publicado en: 23 octubre, 2015

Chile. Pilo de la Tierra

Por Daniel Pizarro / Politika

Pilo importó una bomba atómica desde Estados Unidos, lo que no es tan raro porque desde allá se ha importado casi todo. La bomba mide unos sesenta centímetros y es de plástico con incrustaciones de metal, y contiene tres figuras también de plástico que representan a los personajes de un videojuego. La compró por internet. […]

Pilo importó una bomba atómica desde Estados Unidos, lo que no es tan raro porque desde allá se ha importado casi todo. La bomba mide unos sesenta centímetros y es de plástico con incrustaciones de metal, y contiene tres figuras también de plástico que representan a los personajes de un videojuego. La compró por internet. Una de esas compañías que trasladan toda clase de objetos por el mundo la está despachando a Chile por vía aérea. Pilo sigue su trayectoria en la Web: la bomba viene bajando por la costa este de los Estados Unidos. Ahora está en el aire, pero no hay que preocuparse porque es de plástico. Ya se dijo.

Dicen que Pilo es de la Tierra, así como Glotz es de Venus. Está por verse cuáles son sus orígenes, de qué tronco común provienen. Una sola es la semilla de la vida, dicen. Si uno mira a Pilo, si uno lo oye, se entera de algunas cosas. Lo mismo con Glotz.
Pilo tiene veintisiete años, como el venusiano. Es padre de una niña pequeña y vive con su pareja, madre de la niña. Mientras Pilo sale a trabajar su pareja cuida de la hija. Cuando vuelve de la oficina toman onces, dan de comer a la niña y más tarde Pilo trata de hacerla dormir. A veces se duerme con ella. Algunas veces se ha dormido de rodillas en el piso, con la mitad del cuerpo o la cabeza sobre la cama de su hija, en una actitud como de oración. Y ha despertado en la misma posición a la mañana siguiente. Unas ocho horas rezando de rodillas.
Otras noches, cuando logra mantenerse despierto, se queda jugando videojuegos hasta la una o dos de la mañana. Hay amigos conectados con los que compartir las aventuras de personajes como los que vienen en la bomba atómica. Luego se acuesta y más adentro en la noche llega la hija y se mete entre los padres, y Pilo termina durmiendo con medio cuerpo en el suelo, y a veces con el cuerpo entero.

Si uno mira, si uno escucha. “Mi polola”, dice Pilo. Está hablando de su pareja, la madre de su hija. Si uno. Dicen que las palabras crean realidades. Y aquí en la Tierra, mientras la bomba viaja por el aire, se abre un mundo precario, provisorio. Un estatus virtual. La polola no tiene estudios universitarios, por lo tanto la esperan con los brazos abiertos todos los empleos de vendedora de tienda o de planes de celulares. Por el momento la polola no trabaja, pues cuida de la hija. Y Pilo se pregunta si valdrá la pena que lo haga más adelante. A no ser que estudie. Pero cómo. Pero cuándo. Esas preguntas provisionales ocupan de vez en cuando la cabeza de Pilo, entre bombas y videojuegos y también las hamburguesas, que lo vuelven loco. Hay que decirlo.

Pilo trabaja y Pilo paga todo, y dinero que le sobra, que no es mucho, lo gasta en videojuegos y muñecos de los personajes. Como casi no le sobra recurre a las tarjetas, que son dinero virtual. La bomba viaja. Y Pilo, Pilo. La verdad es que viene de un planeta más bien protegido, y eso se le nota. En este punto se bifurcó el tronco en común con Glotz. Es un mundo perdido y una añoranza que traslucen sus ojos, detrás de los cristales. Esa clase de mundos, digamos, que mueven a los humanos, antes de convertirse en adultos, a soñar con vidas donde algo como el espíritu podría brotar y florecer dentro de ellos, y esparcir una plácida felicidad a su alrededor. Algo como una burbuja, muy rara para un Glotz de Venus, donde se darían las condiciones para que una vida humana sea digna de vivirse como tal. Pongamos que algo así.

Pero bueno. También existe la realidad. Antes de ella estaba la burbuja, y Pilo la miraba soñoliento. Un reflejo tornasol le despertó la idea de estudiar Gastronomía. Los padres le dijeron que sí. Pues le habían dicho que sí a todo. Y está por verse si le habrán hecho un daño o un favor. Corren las apuestas.
Pilo estudió cuatro años de Gastronomía. Se vio a sí mismo en el reflejo irisado cortando aros de calamares, rebanando salmones y sin duda esparciéndoles encima finas hierbas para sazonar. Bastante aceite de oliva, cómo no. Mesones amplios vio Pilo, grandes cocinas impecables como ésas de los programas del cable que había visto en cantidades. Y cuchillos que cortan a la perfección. El placer de cortar vio Pilo.

Si uno mira, si uno oye.
Si uno sabe que al cuarto año tuvo que hacer la práctica profesional. Rebanó como nunca, picó y cortó también, y lavó platos hasta las dos de la mañana, como nunca. Montañas de platos sucios como sólo se han visto en Venus, según Glozt, un tal Glotz.
Supo que los cocineros terrestres, chilenos, trabajan la mitad de lo que tarda la Tierra en girar sobre su eje. Nos referimos al movimiento de rotación. Y lo hacen por el mínimo, como su polola en las tiendas. Cuando se trata de la traslación el planeta se encuentra con Venus en las esferas siderales y se guiñan un ojo, y entonces –perdonando la expresión– se cagan de la risa de Pilo.
A Pilo no le gusta que se rían de él.
Pues venía de un planeta protegido.

Para no aburrir más con la vida de Pilo (la bomba atómica está por llegar), volvamos al presente. Su presente está hecho de estudios mágicos, los estudios comodín del planeta, aquí, en estas coordenadas del espacio. Dicen que estudió administración y dicen que fue de empresas, si uno mira y si uno oye. Si uno.
Nadie sabe muy bien lo que hace, pero da lo mismo. Quedaron algunas hebras firmes luego del desgarro del tiempo, que todo lo raja, y aquí está Pilo con un empleo de la media para arriba.
Pero nadie sabe lo que hace, ni para qué lo hace. Y a nadie le interesa mucho.
Pilo vive.
Mantiene una hija y una polola.
Se duerme a veces en actitud de oración.
Para Fiestas Patrias, por ejemplo, le piden engalanar oficinas y pasillos con motivos dieciocheros. Guirnaldas y escarapelas. Que a nadie le importan.
Pilo infla globos. Pobre que no los infle.
Compra plumones y pliegos de cartulina.
Compra una cuerda floja.
No piensa ahorcarse con ella.
Ni vive ni muere. A lo mejor.
Siete años que mi polola no me saluda para el cumpleaños, dice Pilo.
¿Pero se quieren?, pregunta uno, cualquiera.
Yo creo que sí, dice Pilo.
Nadie en la oficina se aprende bien su nombre.
Polo
Pelo
Palo
Pilo. Pico.
Viene volando el paquete con la bomba, en el Enola Gay del siglo veintiuno, por 250 dólares incluido el despacho.

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