Chile. Ministro del Interior, Blumel, patético aprendiz de tirano y segundón sin ideas originales

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Olvidó rápido sus noches de música y alcohol cuando disfrutaba al rebelde Sabina y al ahora estigmatizado Ismael Serrano en los  noctámbulos e izquierdosos bares del Barrio Bellavista.

¿Qué se sentirá cuando piensa que será recordado como un macabro ministro del peor gobierno que ha tenido Chile, abreviada sea la dictadura de Pinochet?

¿Se podrá reponer alguna vez de su mancha de perseguidor de estudiantes de Enseñanza Media, promotor de ciegos y tuertos, de violadas y torturados, de asesinados por la brutalidad del Cuerpo de Carabineros bajo su mando?

Original manera de cagarse la vida si se considera que será perseguido hasta el fin de sus días por quienes querrán hacerse justicia.

El ministro terminará como terminaron escupidos por la historia los ministros del tirano, a pesar del blanqueo y de los acuerdos secretos tanto como inmorales que les garantizaron impunidad.

No solo no habrá una calle llamada Blumel sino que no habrá alguna por la que pueda caminar tranquilo y salvo. Habrá quizás, un batallón policial con ese nombre, una cárcel. No una calle por donde transiten los libres.

Porque el caso es que de esta no se va a zafar el ministro. Debiera saberlo.

El analfabetismo del que gozan los prepotentes y poderosos no les ha permitido entender lo que pasa. Y como ciegos dogmáticos que no creen sino en sus propios sacramentos y develaciones, lo que haya más allá de sus preces y límites no tiene la opción de traducirse en palabras con sentido.

Desde cierto umbral en adelante, lo único que ven son delincuentes, traficantes, terroristas, malagradecidos de  la puta madre, flojos que lo quieren todo gratis, enemigos de lo privado,  y si la bruma insiste, quedan aún los contubernios extranjeros que de pura envidia quieren hacernos daños.

La bronca de la gente que vino para quedarse, para sujetos limitados como Blumel, no tiene justificación alguna. No ofrece fundamentos. Es solo porque sí. Por ese enfermizo afán de la chusma por la violencia.

Y por cierto, no le cabe en la cabeza que esta revolución encabezada por la bravura de los muchachos, pueda terminar con su gobierno.

Le cuesta asumir que estamos frente al colapso de una manera de entender el poder, es decir, la política, que prescinde de los artificios que han dado forma al orden: los partidos y las instituciones políticas.

Lo cierto es que la crisis del sistema que ha imperado sobre la base de la transfiguración democrática de la  dictadura, requiere ver de otra manera.

Y Blumel, patético aprendiz de tirano, segundón sin ideas originales, que llegó tarde a la dictadura, intenta guarecerse en la brutalidad policial, azuzando las tropas en contra de los pobladores que no hacen otra cosa que negarse a ser avasallados.

Tampoco ha entendido que los estudiantes de la Enseñanza Media llegaron para desordenarlo todo.

Y que se mandan a sí mismos, se representan solos y han dado muestras de una claridad política y una decisión que en la izquierda se perdió hace mucho tiempo. Y que parecen no temerle ni a las bravatas ni a las amenazas ni a las querellas ni persecuciones.

Y que se ríen del  ministro que intenta asustarlos impostando una cara de funcionario severo y no le sale sino una mueca patética y triste

Las torpes respuestas del ministro Blumel no serían sino risibles si se limitaran a hacer el ridículo. El caso es que Blumel se está transformando en un criminal que persigue a los muchachos, que los reprime de la manera más cruel, que los tortura, encarcela y amenaza.

Habrá alguna vez un Tribunal que juzgue y condene el al ministro Blumel.

Y tendrá luego, en el reposo de su austera celda, mucho tiempo para arrepentirse de haber sido tan gil y de haberse creído tan vivo y quizás volverá a escuchar a Sabina como en sus viernes de bares y copas.

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