Chile. Marie Antoinette

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Escuchar lo que la derecha ultra montana de este país tiene por ‘razonamientos’ me genera sarpullidos inmunes a los corticoides. Su argumentación en favor de la indefensión de los asalariados, disfrazada de defensa de los currantes, es alucinante. El libre mercado, asimilado a la cumbre insuperable de la evolución de la Humanidad, sepulta hasta las premisas de la razón que triunfó en el Siglo de las Luces. A ratos da la impresión que la Sagrada Inquisición reina aún en plena majestad, y que sus expeditivos métodos para establecer la verdad fuesen de recibo.

Si se trata de Educación, la ultra-derecha alega que la misión fundamental del Estado –que suponíamos ser la expresión del interés general– consiste en facilitarle el negocio a los vendedores de un saber adulterado. La Educación es un bien de consumo, proclamó Piñera, lo que le vale ser candidato presidencial como si el oscurantismo fuese un valor refugio, oro en tiempos de volatilidad bursátil.

Si el tema va de derechos laborales, la extrema derecha alega que el bienestar de cada asalariado depende de su aislamiento, de la ‘libertad’ de enfrentar sólo la maquinaria empresarial para negociar salario y condiciones de trabajo.

Oculta desde luego la feroz persecución de que hacen objeto al sindicalismo, las amenazas, las listas negras, el financiamiento de sindicatos amarillos, la proscripción de dirigentes sindicales. SQM da cátedra en cuanto a exterminación de la actividad sindical y sus proezas llegaron hasta la OIT, pero ni ese organismo, ni la Dirección del Trabajo, dieron señales de vida.

Las muy edulcoradas reformas de Bachelet, que desde su origen no cambiaban nada o muy poco para mantener todo tal cual, le resultan insoportables a la ultra-derecha sólo porque en su infinita arrogancia no admite ni el más mínimo cuestionamiento al orden que heredó de la dictadura, y que los ‘progresistas’ se comprometieron a acatar, a respetar y a mantener incólume.

Las múltiples manifestaciones populares, –la “calle” como dicen con desprecio–, de los pingüinos del 2006 a la de los pescadores chilotes del 2016, les dejan de mármol. A la derecha ultra montana, y a la ‘progresía’ que debe probar cotidianamente que cambió y es tan funcional al sistema como el que más. Tú ya sabes: la moerniáh.

La historia se repite. En el campo de flores bordado –en donde no hemos inventado nada– siempre como una payasada. No damos para un drama, no damos para tragedia.

Nuestros ‘progresistas’, tan activos a la hora de condenar y reprimir los movimientos sociales, o de ignorar los derechos de los trabajadores, han sido peores que Clovis, quién, por un reino, se convirtió al cristianismo. Los nuestros, a cambio de su conversión al neoliberalismo no obtuvieron un reino. Apenas las sobras, la propina, lo que quedó olvidado en los cajones.

Francisco Rosende, profesor en la UC, es un ejemplo del pensamiento antediluviano que te cuento.

Dios, en su infinita sabiduría se dio cuenta que su Creación le había salido pringada. Debe haberle costado, pero decidió barrer con todo –la ‘retroexcavadora’ al lado del Diluvio es un chiste infantil– y a recomenzar de nuevo. Saramago cuenta que Noé le preguntó a los ángeles enviados a ayudarle en la construcción del Arca si el segundo intento tendría más probabilidades de éxito. Ninguno se atrevió a emitir un juicio definitivo.

Francisco Rosende es el menda capaz de reprocharle a Dios no perseverar en la insensatez. Va hasta estimar que como candidato presidencial Ricardo Lagos “es una opción excepcional”, y eso ya lo dice todo. O casi todo.

Que Francisco Rosende y similares no vean ni entiendan el mundo en que viven puede explicarlo su ceguera ideológica, para emplear su propio lenguaje. Pero la ‘progresía’… Eso no lo explica ni Mónica Echeverría.

Si “Fouché, el genio tenebroso” –de Stefan Zweig– es de lectura obligada en las academias de policía y en las facultades de ciencias políticas, su biografía de Marie Antoinette es mucho menos conocida. Sin embargo vale la pena. Zweig se empeña en encontrarle a Marie Antoinette –su coterránea – elementos y circunstancias atenuantes de cara a la Historia, pero no puede sino subrayar su ceguera.

La misma que constatamos en nuestra ultra-derecha, y en la miserable ‘progresía’ que le sirve de ‘Picaporte’. Stefan Zweig, evocando la Revolución Francesa, escribe a propósito de Marie Antoinette:

“…no vio nada, ni comprendió nada, de las conquistas de un movimiento que nos transmitió los más nobles principios de las relaciones humanas: la libertad religiosa, la libertad de opinión, la libertad de la prensa, la libertad de comercio y la libertad de reunión, que grabó en las tablas de la ley de los tiempos modernos la igualdad de clases, de las razas y de las religiones, y que le puso fin a los vergonzosos vestigios de la Edad Media: las torturas, el trabajo miserable y el esclavismo. Ella nunca comprendió nada, ni intentó comprender nada, de las intenciones morales que se ocultaban detrás de los brutales disturbios de la calle.”

En la epopeya de Salvador Allende, en las manifestaciones sociales actuales, en la ‘calle’, nuestros modernos sátrapas no ven sino un inadmisible cuestionamiento del orden eterno. El suyo. La larga historia de las luchas sociales que jalonan dos siglos de existencia como país no les dejó nada. Ni siquiera la sospecha que millones de sometidos pudiesen, algún día, abandonar el servilismo que les mantuvo sojuzgados.

Hay quién sostiene –en el siglo XXI– que Marie Antoinette no mereció la guillotina…

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