Chile. Los ojos de Laura

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“… Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués,… una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos,… un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores,…. la libertad de los partidos de oposición que habían vendido su alma al fascismo,… toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro. El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre”.

Gabriel García Márquez, Revista Alternativa No. 2, Bogotá, 1 de marzo de 1974.

¿Por qué “Los ojos de Laura”? Porque tenía ese título muy inscrito en la mente  como el de un bello poema  cuyo solo nombre me había cautivado. Sin embargo, para escribir esta nota, lo busqué y  busqué y no lo encontré.  Era quizás un sueño -o un ensueño-,  que se  me confundió con la realidad. El texto entonces, era forzoso,  tendría que llevar por título “Los ojos de Fabiola Campillai”, o “Los ojos de Gustavo Gatica”. Pero no. Lo dejé “… de Laura” para no personalizarlo, porque es en homenaje a todas las Fabiolas y Gustavos que en Chile,  Colombia, Palestina  y otros lugares, han perdido sus ojos por la brutalidad de los gobiernos.

La noticia llegó como la de una  plaga que repentinamente asolara a una parte de la humanidad en un punto del globo. Y arribó por la vía de ese fenómeno de la modernidad, las redes sociales. No naturalmente, por la de los medios que cada día alardean de ser quienes con la verdad como insignia, difunden por el mundo los sucesos que lo honran o degradan. Esta vez como tantas, callaron. Pero por aquel camino  emergente, se esparció la noticia a una velocidad tan grande como  la del estupor que trajo aparejado. Cientos de jóvenes  chilenos habían perdido o quedado afectados de la visión, por la orden del déspota de turno a los policías de disparar balines  al rostro de quienes se manifestaban contra sus  abusivas medidas. Sin que se puede calificar de virtud como reclaman los victimarios, el que los balines oficialmente apenas fueran de goma.

Esos ojos que contemplaban el ajeno, anchuroso y bello –bueno, a veces no tanto- mundo y se extasiaban en soñarlo construido de una mejor manera, hoy, estremece pensarlo, otean las oquedades de la nada, las abisales honduras de las tinieblas, preguntas sin respuesta que desde allí lanza la oscuridad.

Y el orbe lo lloró con sus propios ojos. Como “felizmente” acota el epígrafe, “El drama ocurrió en Chile, para mal de los chilenos, pero ha de pasar a la historia como algo que nos sucedió sin remedio a todos los hombres de este tiempo y que se quedó en nuestras vidas para siempre”. ¿Cómo decirlo mejor? Dan ganas de gritar con Vallejo: ¡Chile en el corazón!!!

Y por ello, por ese hilo invisible como de sangre que une  a los ajusticiados del mundo, en las enormes movilizaciones que se han dado en Bogotá desde el  21 de noviembre pasado –al igual que en Chile, Bolivia y Ecuador confrontando gobiernos que les roba la esperanza-, con emoción  hemos visto flamear la bandera chilena. E igual, reciprocidades del corazón, a  jóvenes con un parche negro en el ojo.

En Bogotá, en la multitudinaria marcha del 21N, un veterano oficial de la policía antidisturbios asesinó a un muchacho apenas salido de la adolescencia, que junto a otros huía de la  persecución contra los marchantes. Apenas se supo la noticia de la gravedad sin regreso de la herida, las autoridades gubernamentales, policiales y cómo no, los medios todos, a una sola voz expresaron su profundo dolor por la suerte de ese pobre muchacho. Y cuando  ya nos sorprendíamos de que sí, en realidad eran ciertas las versiones que corrían, la clase dominante  tenía corazón, ella misma se encargó de desengañarnos: Ese “pobre muchacho” por el que mucho se afligían, era el policía homicida a quién de pronto, quizás, “ese incidente” le acabara su carrera frustrando así sus sueños.

Y cuando enlazamos ese episodio colombiano  – que pareciera mentira-  con el de los 300 chilenos  a quienes los carabineros dispararon balines de plomo -o de goma lo mismo da- al rostro dejando a unos ciegos y a otros afectados de la visión y la reacción del presidente Piñera de proponer una dura ley antidisturbios y antiencapuchados,  cuando enlazamos los dos episodios repetimos,  y  no concebimos tanta insensibilidad e insensatez, viene el pensador italiano Norberto Bobbio y nos cura de la perplejidad: “El fascista habla todo el tiempo de corrupción…..Acusa, insulta, agrede, ….Pero más que la corrupción, lo que el fascista practica, es la maldad.” Sí señores. Ese es el problema: la maldad. Y allí es donde se comprende lo que ocurre, el territorio donde se encuentran y hermanan los presidentes Duque de Colombia, Piñera de Chile, Moreno de Ecuador, Bolsonaro de Brasil, y hasta un tal Guaidó de Venezuela, y la golpista Yáñez de Bolivia.

Eran los ojos de Laura. Y de Fabiola y de Gustavo. Y en Colombia de Esteban   y  Cristian. Y en Palestina del periodista  Moath Amarnih y del niño Mohamed Nubani.

Bogotá, 18 de Diciembre de 2019

Alianza de Medios por la paz

@koskita en Twiter.

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