Chile. Los muros y el miedo

Los que mandaron a levantar esa defensa que intenta proteger del miedo, viven del mismo modo rodeados de artilugios de seguridad, rejas y muros, fosos y paredes, cercos eléctricos y cámaras, guardaespaldas, mozos y sirvientes

Algo grande se juega en esa aberración arquitectónica de apariencia inexplicable que cubre con acero un pedestal vacío.

No es, como se puede creer, una decisión solo constructiva con fines policiales y que no importe una profunda razón cultural.

Este tipo de vallas no nacen solo porque sí.

No menos de setenta muros en el mundo separan personas pobres de ricas, supuestos o reales enemigos, sistemas políticos antagónicos, desplazados por las guerras, el hambre de la abundancia.

Durante muchos años la propaganda capitalista centró en el Muro de Berlín las peores críticas al socialismo del este de Europa. Fue, por decenios, el ejemplo de la tiranía del comunismo, enfrentado a las bondades del capitalismo.

En la historia antigua abunda esta arma defensiva que evitaba, por lo menos dificultaba, que los enemigos asaltaran ciudades o invadieran territorios.

La migración de extranjeros hacia Chile, muchos de ellos invitados en Cúcuta por el presidente chileno, ha detonado el miedo de poderosos y arribistas y no han faltado quienes proponen levantar muros en las fronteras o cavar profundas fosas que impidan el acceso.

Pero ¿de qué protegen los muros?

Desde la Gran Muralla China, hasta la frontera norte de México, más bien hasta el cubo de acero de la plaza Baquedano, esas vallas protegen del miedo. Del temor de los poderosos a todo lo que está del otro lado.

El elemento común a todas las épocas, tratándose de muros, ha sido el temor de los que se parapetan detrás de esas estructuras sólidas, imbatibles, disuasivas.

La estructura de acero levantada en la Plaza Dignidad, explicada como una medida para reacondicionar el maltratado caballo Diamante y a su heroico jinete Manuel Baquedano, no es sino una proyección del miedo del sistema a lo que simboliza esa vapuleada esquina, a la que la gente cambió de nombre.

Ese hecho, en apariencia insustancial, activó las alarmas que solo determina el miedo: no es lo mismo Baquedano que Dignidad.

Esa plaza sobre todo es un mal ejemplo.

Es la pequeña grieta del embalse. Es esa idea tantos años esperada, la que en verdad moviliza, la que es capaz de seducir a la gente y le ofrece una idea por la que dará sus ojos, su bienestar y su vida, y no solo la invita a marchar con batucadas y permisos oficiales.

Un pueblo digno es el que lucha. Gente digna es la que se resiste a ser avasallada, humillada, abusada. Dignos son los que no se rinden.

Para decir las como son, la idea no es salvar la vida de caballo y jinete, de los que casi nadie sabe nada. Se trata de evitar que la idea de la dignidad como elemento movilizador, se escape de ese cubo de acero e impregne al resto del censo.

Los que mandaron a levantar esa defensa que intenta proteger del miedo, viven del mismo modo rodeados de artilugios de seguridad, rejas y muros, fosos y paredes, cercos eléctricos y cámaras, guardaespaldas, mozos y sirvientes. Fracasada la gestión celestial para su cuidado, no les queda más que las muy terrenales empresas de seguridad.

Desprovistos de mística, imposibilitados de concebir una idea trascendente, el fracasado gobierno de Piñera busca levantar un símbolo en el que puedan depositar todo aquello que defienden y valoran. Un centro de masa que represente lo que apenas quieren ser. Y lo hacen sublimando la historia de un general, para que, cual Cid Campeador, dé su batalla más importante después de muerto.

Intentan trasponer la idea de los combates míticos en los que un puñado de héroes sitiados defienden hasta la muerte ese bastión, esa goleta herida, esa plaza sitiada, ese Paso de Las Termópilas que no puede ser hollado por el enemigo, y en su defensa darán la vida si fuese necesario.

La ultraderecha no tiene símbolos que no sean el contante y sonante del buen dinero y el negocio de ganancia jugosa y rápida, además de esas batallas obsoletas.

Les escasea el seso para concebir una idea, una pasión, una utopía que les motive ideales para diseñar una causa que les ordene la vida y la dote de algún sentido humanamente trascendente. Por eso la tendencia a situar en el Paraíso la recompensa final y eterna.

Aquí, en la castigada tierra, lo de ellos es amontonar riquezas hasta lo morboso.

Si para un idealista como José Martí toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz, para los poderosos esa gloria es una plantación transgénica y gigante, vendida rápidamente y a buen precio.

Pero el muro de Piñera trae en su vulgaridad homicida una buena noticia.

Ya les está costando mucho más esconder su miedo.

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