Chile. Los bomberos de Houston

Publicidad

No sé en qué momento me volví un polizonte de la vida. De esta vida, digo. Uno que no debería tener derecho a trabajar como se trabaja, ni a vivir como se vive. Uno que debería despertar graves sospechas, a mi entender, y que tal vez las despierta; eso no puedo saberlo. Mi verdadera y exclusiva vocación es dar paseos y conversar con extraños. Más que vocación, se trata de una compulsión. Son paseos trastornados: un resbalar por las cosas como si las hubiesen untado en grasa existencial. Ya no puedo tocarlas ni entenderlas, todo se ha vuelto una lucha física de mis piernas contra el desasosiego mientras mi cabeza no para de repetir: “debe haber algún lugar”. No sé muy bien qué habrá detrás de esa esperanza, sólo dejo a mi cabeza discurrir y la lucha física me va dejando atrás, muy atrás, rezagado con respecto al tiempo, y una brecha entre lo que existe afuera y lo que permanece en mi interior se abre ante mis ojos.

Hay días en que la brecha aumenta. Sucede durante Fiestas Patrias, por ejemplo. Este año las calles se vaciaron, la gente se movió en masa al litoral. Y entonces salí a dar mi paseo trastornado. Crucé la avenida y me encontré en un barrio donde proliferan los edificios. Antes los construían de diez pisos, pero ahora sólo permiten de hasta cinco. Si pudieran hacerlos de veinte o treinta pisos, los harían. Pero aquí, de momento, está prohibido. Iba por una zona residencial, vacía. A veces me alcanzaba la música de los edificios, amplificada al rebotar contra los muros. Me alcanzaba untada en grasa, claro que sí. Ya se dijo. Luego vi un balcón con hombres jóvenes, diez o quince años más jóvenes que yo, embadurnados con el mismo ungüento. No pude oír lo que hablaban, pero lo hacían con énfasis, a los gritos, y de repente soltaban risas estruendosas, grotescas. Ya no era sólo grasa lo que nos separaba, me dije, sino una barrera acústica imposible de atravesar, pues ya no era capaz de ir más rápido que el sonido; eso me dije.

No consumo drogas, lo prometo. No he probado hace tiempo ninguna clase de estupefacientes; pero esa tarde calma, de sol tenue y uno que otro volantín en el cielo, iba como drogado por las calles desiertas de ese barrio residencial encontrándome de tanto en tanto con esos vívidos frutos del presente en los balcones; eso me decía con la vista alzada hacia los hombres jóvenes, diez o quince años menores que yo, ya se dijo. Se había incubado una transformación y yo observaba sus cascarones rotos y sus larvas desde la otra orilla del tiempo.

Y luego llegué a la plaza donde me encuentro casualmente con extraños, y acaso por hallarme como drogado por el ambiente de Fiestas Patrias pensé que tenía enfrente a los mismos hombres jóvenes que había visto hacía un rato en el balcón. Pero no estoy seguro, pues todos ellos se parecían demasiado. Hablaban el mismo idioma y se vestían igual, y eso puede confundir a cualquiera. Aterricé en medio de una conversación que no sé de dónde venía ni hacia dónde iba, sólo oí que uno de ellos estaba declarando: “Con que me permitan ir a la oficina en tenida casual y me den un día de home office trabajo para siempre en la empresa”.

Yo lo oí, digo, o tal vez fui víctima de alucinaciones que se sucedían sin pausas. Pues enseguida vino otro hombre, más bien gordo, que siempre me saluda con entusiasmo como si esperara algo de mí, como si desde el otro lado del abismo yo pudiera ofrecerle algún grado de amistad… Creo que una vez hasta me invitó a comer asado a la parrilla en su balcón, con su pareja y otros hombres de los balcones aledaños, para que a la vez yo me observara desde abajo, desdoblado, visto que no encuentro otro modo de estar aquí.

Quizás el tiempo se dilató por efecto de algún alucinógeno que yo no había consumido, insisto. El tiempo se hizo lato como el espacio y sus palabras me invitaron a pensar, laxamente. Dijo ser bombero y no recuerdo por qué razón había viajado recién a Houston, Texas, donde los bomberos son pagados por el fisco, no como aquí, y donde tienen muchos días de descanso alternados con días de turno. Allá un bombero puede trabajar y vivir como bombero. No necesita otro empleo, pero la mayoría sí lo busca, pues allá hay tiempo para hacer otras cosas y además, pensé yo, ellos no sabrían vivir sin dinero para comprar todo tipo de cosas.

En esa plaza el bombero me describía una suerte de sociedad perfecta o muy cercana a la perfección, o al menos mucho más cerca de la perfección que la nuestra, a la que se refería con un tono resignado pero afectuoso. Yo lo oía alucinando, ya se dijo. Estábamos en Fiestas Patrias, al sol tibio de la tarde y la brisa. Y luego empezó a hablarme de los estadios de fútbol americano. Dijo que había visitado uno y quizás él estaba más alucinado con ese estadio que yo con nuestras efemérides. Un estadio completamente techado, con modernos sistemas de aire para aislar del calor y el frío. Un estadio con puestos de comida cada dos pasos, donde si se te daba la gana podías comer lo que quisieras, como él, que deliraba con las costillas a la barbacoa y había probado todas las salsas posibles, más de veinte salsas distintas, me dijo, alucinando con la abundancia de Houston.

Más que un partido de fútbol americano, pude entender, era un show redondo en el que cada detalle estaba dispuesto para el espectáculo y el consumo permanente. Podías pasar horas en el estadio, como él, entre una y otra parrillada, entre una y otra costilla a la barbacoa. Y nadie se enojaba por nada ni se comportaba de manera inadecuada, me dijo el bombero ad honorem.

Y otra cosa más: las calles de Houston no conocían los hoyos, el pavimento era perfectamente liso. A esta altura no sé cuál de los dos estaba alucinando. Por sus palabras llegué a preguntarme cuánto harían por la felicidad los caminos asfaltados. No encontré la respuesta pero me recordé de mi libro de Biología de sexto básico, donde la excitación sexual y el orgasmo se explicaban con la analogía del alivio que trae estornudar. Yo alucinaba, naturalmente.

Pero bueno. Esa clase de conversaciones no conducen a ningún lugar, como mis paseos, y sólo ponen de manifiesto la brecha insalvable que salgo a atestiguar por las calles, especialmente en fechas como Fiestas Patrias, a la espera improbable de otros tiempos más familiares, menos alucinados, en los que sea posible embarcar en calidad de pasajero con los papeles en regla, y sin trámite alguno.

También podría gustarte

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More