Publicado en: 1 enero, 2019

Chile. Lo que nos deja el año que se va

Por Arturo Alejandro Muñoz

La idea no es hacer un recuento, cuestión que por lo demás hastía debido a lo manida, sino más bien establecer qué asuntos dejó muy en claro este 2018 que acaba de abandonarnos

Comencemos reconociendo un asunto  que hasta hace un lustro podía parecernos inverosímil si procedía de las más altas autoridades nacionales. Sin embargo, a lo largo de los días y meses de este  calendario que ya se agotó, la mentira comenzó a constituir un “argumento irrebatible” para el actual gobierno… desde el mismo Presidente hasta las jefaturas de la policía militarizada. Aquella desdeñable frase de Josephs Goebbels, “miente, miente, miente que algo queda”,  fue un verdadero estandarte alzado y usado por los habitantes de la Moneda, muy en especial por el primer mandatario y sus asesores más importantes (el abogado Andrés Chadwick y el sociólogo Rodrigo Ubilla).

La mitomanía de Sebastián Piñera  desborda los límites de la tolerancia política, pues ha comenzado a pontificar sobre cuestiones que sólo se encuentran en su inescrutable mente, pero ajenas a la fría realidad, mismas que él da por ciertas e insiste, majaderamente, al respecto. La lista de tales mentiras propaladas por la primera autoridad nacional es larga; entre las más relevantes están aquellas de “iglesias quemadas por los mapuche, con niños y gente en su interior”, “el precio de los combustibles ha bajado en estas semanas gracias a la acción del gobierno”, “hemos creado 125.000 empresas en 9 meses” (lo que equivale a 13.888 empresas en un mes, a 463 empresas diarias y a 19 empresas cada hora), Políticamente, el 2018 fue el año de las falacias oficiales.

Sin embargo, más importante que lo anterior fue constatar que el 2018 dejó prístinamente clara nuestra renovada y modernizada idiosincrasia,¿Qué nos ha confirmado este 2018 en materia política y social? Es para preocuparse seriamente. Vea usted lo siguiente, y deje a un lado la cómoda aceptación de lo que somos, cual si ello fuese digno de aplauso.

Nos vamos en puros chistes, bromas y sarcasmos, pretendiendo que con eso lograremos que la gente internalice las fallas e injusticias del sistema y los patinazos y corruptelas de las autoridades. Creemos ser tan “ingleses” que simplemente nos parece ordinario y vulgar salir a la calle a protestar. Como “inútil” parece a muchos ir a sufragar… hablamos –casi con emoción- de la bravura mapuche contra el invasor español, pero en la cruda realidad se trata sólo de la repetición de un lenguajeo en el que nos sentimos cómoda y cínicamente parte de una historia que no nos pertenece (pertenece exclusivamente a la nación mapuche), y nos alejamos de ella no bien somos llamados a apoyar a esa nación en sus luchas reivindicativas.

Hablamos de la “bravura del pueblo chileno” (es decir, nos auto alabamos), pero a la hora de enfrentar cara a cara a los que sirven de guardia pretoriana de quienes se han adueñado bárbaramente del país y de sus recursos naturales, ergo, de quienes nos explotan a voluntad… entonces, reculamos, nos recogemos como babosas que reciben sal y decidimos que es mejor “respetar lo que las autoridades ordenen”, independientemente de que tales órdenes puedan ir -como realmente van- en desmedro de nuestros intereses como sociedad, como país, y en desmedro también de nuestra justa necesidad de crecimiento y bienestar.

Puestos de cara ante la pusilanimidad e hipocresía que nos caracteriza, optamos por entregar el poder y el mando a quienes más fuerte y violentamente nos expoliarán y denigrarán, creyendo que en ello consiste la paz, el desarrollo y la dignidad de una patria que ha dejado de pertenecernos  porque quienes la poseen nos consideran material desechable. No por nada en este subcontinente circula –respecto de nosotros- una frase muy corta, pero que resume una verdad irredargüible: “en Latinoamérica hay un país llamado Chile donde nada es de Chile”.

Nos creemos a pie juntillas aquel viejo cuento de que el nuestro es un “pueblo culto”, cuando en estricto apego a la verdad –de acuerdo al informe de “Estudio Global GFK: frecuencia en la lectura de libros”-, Chile se sitúa bastante por debajo del promedio mundial, pues en nuestro país  la mitad de la población adulta  no lee ningún libro al año, y en nuestros alumnos de básica y media, bien sabemos que un alto porcentaje de ellos –por encima del 60%- no comprende lo que lee.

Somos solidarios preferentemente cuando la televisión nos llama a ello. Y lo hacemos tal vez porque lo consideramos más una fiesta, una farándula, o un bello pasatiempo, que un acto de apoyo humano real y desinteresado.

Nuestras cobardías se activan diariamente, y se visten de vergonzosa realidad cuando muchos de nuestros compatriotas optan por defender y apoyar causas animalistas (que en esencia son justas y necesarias) por sobre causas humanas, de sus pares, de sus compatriotas, muchos de los cuales se ahogan en la indigencia, en el dolor, en la injusticia, en la explotación y en el abandono. Es el uso y abuso de una sublimación para tapar una llaga que sabemos que existe, pero que preferimos no tocar ni mencionar.

“Tenemos una de las mejores y más disciplinadas y honestas policías del mundo”, nos repetían una y otra vez políticos y prensa oficial. Lo creímos tal cual durante décadas, hasta que se destapó la olla y descubrimos que nuestros carabineros eran tan corruptos y salvajes como cualquier policía del subcontinente latinoamericano. No obstante (la cómoda pusilanimidad al ataque  una vez más) hay millones de chilenos que continúan defendiendo a ultranza a quienes los desprotegen para servir de pretorianos de los dueños del capital, de ese 2% de la nación que se ha adueñado de ella y gobierna exclusivamente para su amaño.

Fue así que el asesinato del joven mapuche Camilo Catrillanca nos mostró lo peor de nosotros. Desnudó ante los ojos del mundo la sociedad chilena, aquella que porta -bajo su disfraz de demócrata- el racismo, la xenofobia, y  que separa a la gente mediante el clasismo. Nos mostró, también, cuán incapaz es nuestro gobierno para manejar una crisis, cuestión que venía notándose a ojos vista en los inaceptables episodios de contaminación en Quintero y Puchuncaví, pero que nadie –menos aún quienes dicen representarnos en el poder legislativo- hubiese puesto firme coto a una situación que estragó la salud de miles.

Tan cierto y brutal es ello  que el presidente Piñera ha presentado recientemente  lo que él llamó Plan de Descontaminación de esa zona, el cual redunda en los mismos males que lo obligaron a redactarlo. A las empresas no se les toca ni se les ponen cortapisas… la gente no interesa, es desechable.  Suena horrible, pero mucha gente aplaude…

Este año nos dejó también muy claro que a pesar de lo triste y decepcionante que pueda resultar, es un hecho indiscutible que la oposición al gobierno derechista es inexistente, y que en el Congreso Nacional, sean viejos o sean jóvenes quienes la constituyen, sólo queda “la izquierda de arriba”, y nada, o casi nada, de la izquierda en serio. Entendamos por “izquierda de arriba” a lo que en el campo se conoce como “los momios de izquierda”, algo así como jovenzuelos y vejetes de muy buen pasar económico, poseedores de una nada desdeñable conciencia social, pero que apuestan por formar un gobierno “por el pueblo, para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Todo eso –entre muchos otros asuntos, como la arremetida del fascismo- nos ha dejado muy en claro este año 2018.

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