Chile. Las jornadas de octubre: reforma o revolución

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La incapacidad de concebir una revolución en el siglo XXI, en un país como Chile, revela lo obsoleto del sistema de ideas reinantes. Para la derecha, regida por el respeto al orden, la paz social y la represión como instrumento, el movimiento social es desorden puro, espectro que obsesiona a la burguesía. Para la “izquierda” institucional el movimiento social es concebido como efecto, no como causa: la “crisis del modelo” (es decir, el no haber cambiado la Constitución) dio origen a la revuelta. La llamada izquierda tradicional pretende igualmente considerar el movimiento de octubre como una simple resultante: el motor está en otra parte, en las reivindicaciones económicas y sociales, particulares y heterogéneas del movimiento social. Incluso si se recubre esta diversidad con plataformas o programas de “izquierda”, no se quiere reconocer en el movimiento actual la aproximación más o menos rápida de una revolución: “Pero, por transformación de las condiciones materiales de vida, este socialismo no entiende, en modo alguno, la abolición de las relaciones de producción burguesas -lo que no es posible más que por la vía revolucionaria-, sino únicamente reformas administrativas…” (Marx y Engels – Manifiesto del partido comunista).

Espectro, mito, quimera: el que identifica realidad y sociedad burguesa no puede concebir la revolución. Las jornadas de octubre expresan clara y abiertamente la rebelión contra las relaciones burguesas de producción. El pensamiento institucional contempla lo que pasa asombrado, estupefacto, y mientras toda la sociedad se tambalea lo único de lo que no se habla, lo que se silencia, es de la posibilidad de una revolución.

El papel de estos señores es deslumbrante. Constantemente tratan de separar lo social de lo político, la lucha reivindicativa de su inevitable significación política. Al tratar de imponer el fin de la movilización en nombre de un cambio de Constitución, bloquea la agitación social mediante el juego parlamentario. Quien deja todos los poderes concentrados en manos del Estado se somete a un chantaje eterno: salvar al Estado burgués es salvar el Orden, reforzar al Estado es reforzar al que detenta el poder. Haciendo de la calle, de las empresas, de las escuelas y universidades los lugares de la vida política, el movimiento nacido en Octubre lleva de frente a la politización que conduce no a un cambio constitucional, sino a la transformación de la naturaleza misma del poder y, por consiguiente, a una revolución.

La violencia que aparece bruscamente, la institucionalidad dominante la considera “anormal”, y la explica a través de una sociedad “normal”, una sociedad ahora un poco agrietada, que algunas reformas harán desaparecer. Sin embargo, basta con reunir todas las reivindicaciones que están en la calle para descubrir el soplo que solo una revolución puede satisfacer.

De lo dicho se desprende que hay dos maneras de definir la situación actual. La primera es descriptiva, se basa en las voces y discursos de los diferentes partidos, en comparar los ingresos y reivindicaciones de las diferentes clases. La segunda es estratégica, busca su orientación no en lo que es la sociedad apaciguada, sino en las descargas que producen crisis y revoluciones, define las clases a partir de sus conflictos decisivos, la estadística de las clases sociales encuentra su clave en la lucha de clases.

Lo que está en la encrucijada de la historia de nuestro país son dos concepciones enfrentadas: por un lado, el pensamiento gradualista y reformista, por otro, el pensamiento revolucionario. La burguesía y los reformistas llaman a la pacificación del país y a condenar la violencia. Su concepción del pueblo es el de “perro que ladra no muerde”. Llaman al pueblo a moverse dentro de los marcos de la democracia burguesa y a que los sectores populares no vayan más allá de lo que los capitalistas le permiten. Advierten que si pasan del ladrido al mordisco entonces ahí está el ejército, las fuerzas especiales de carabineros y la PDI, dispuestas, como lo han demostrado estos días, a matar, mutilar, apalear y violar.

Si hay algo que la burguesía así como el pensamiento gradualista jamás le perdonarán a Marx es el haber escrito, en El Capital, que: “La violencia es la partera de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”. El oprimido, el trabajador, el poblador, condenado por décadas a ser un animal de carga se humaniza con la violencia, es en el proceso de la lucha que los oprimidos se producen a sí mismo. La clase existe en la medida en que lucha. Este es el punto central del pensamiento revolucionario, hoy revitalizado por el levantamiento popular en Chile, levantamiento que está siendo demoledor para las visiones reformistas. Las clases sociales como sujetos activos solo existen en la medida en que luchan. Por el contrario, podemos conocer inmediatamente al pensamiento gradualista cuando plantea la famosa letanía cobarde y arrastrada de que “no existen condiciones”.

Este es el verdadero problema. Solo en la rebelión está la posibilidad de emancipación y esta concepción es toda una corriente histórica que cruza los dos últimos siglos. La burguesía (y el reformismo) no quieren ver esta realidad, de ahí su doble moral. Para la clase dominante “Lo que es, lo ve como en un sueño. Lo que ya no es, se vuelve para ella realidad” como escribió el poeta alemán Goethe.

Podríamos parafrasear a Franz Fanon, otro personaje que jamás perdonarán los capitalistas, diciendo que la burguesía solo cede con el cuchillo en la garganta. Frase brutal, pero profundamente justa y claramente revolucionaria utilizada por Fanon en el marco de la insurrección argelina contra el colonialismo francés: “Cuando en 1956, -escribe Fanon en su obra “Los condenados de la tierra”- después de la capitulación de Guy Mollet frente a los colonos de Argelia, el Frente de Liberación Nacional, en un célebre folleto, advertía que el colonialismo no cede, sino con el cuchillo al cuello, ningún argelino consideró realmente que esos términos eran demasiado violentos. El folleto no hacía, sino expresar lo que todos los argelinos resentían en lo más profundo de sí mismos: el colonialismo no es una máquina de pensar, no es un cuerpo dotado de razón. Es la violencia en estado de naturaleza y no puede inclinarse, sino ante una violencia mayor.”

La revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo, asesinada por la socialdemocracia, escribió al respecto: “La reforma legislativa y la revolución no son métodos diferentes de desarrollo histórico que puedan elegirse a voluntad del escaparate de la historia, así como uno opta por salchichas frías o calientes. La reforma legislativa y la revolución son diferentes factores del desarrollo de la sociedad de clases. Se condicionan y complementan mutuamente y a la vez se excluyen recíprocamente, como los polos Norte y Sur, como la burguesía y el proletariado.

Es por ello que quienes se pronuncian a favor del método de la reforma legislativa en lugar de la conquista del poder político y la revolución social en oposición a estas, en realidad no optan por una vía más tranquila, calma y lenta hacia el mismo objetivo, sino por un objetivo diferente. En lugar de tomar partido por la instauración de una nueva sociedad, lo hacen por la modificación superficial de la vieja sociedad. Su programa no es ya la realización del socialismo, sino la reforma del capitalismo; no es la supresión del trabajo asalariado, sino la reducción de la explotación, es decir, la supresión de los abusos del capitalismo en lugar de la supresión del propio capitalismo.”

La mistificación es obvia. Sabemos que el Estado imperante no es la “sociedad”. Es el representante de la sociedad capitalista. Es un Estado clasista. Las llamadas reformas sociales solo pueden ir en beneficio del capital.

Los que hoy desde todos los bandos institucionales se lanzan furiosos contra la violencia, lo único que hacen es ponerse del lado de los opresores y condenar lo que ha sido siempre el pivote y la fuerza motriz de la historia de la humanidad. Desde la primera aparición de las sociedades de clases, con la lucha de clases como contenido esencial de su historia, la conquista del poder político ha sido siempre el objetivo de las clases en ascenso. Este es el punto de partida y el final de todo período histórico.

No existe una crisis política en Chile porque se enfrentan opiniones o divergen concepciones del mundo, sino porque la violencia popular ha trastornado los equilibrios establecidos, las verdades admitidas y pone totalmente en tela de juicio al sistema capitalista.

Hoy, con más fuerza que nunca, debemos poner en el centro la actualidad de la revolución.

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