Chile. La promesa vertical

Publicidad

Vamos a hablar de un fantasma urbano. Uno que se pasea por la ciudad. Aunque para ser más exactos no es “pasear” lo que hace, sino más bien dar vueltas por ciertos lugares que lo convocan una y otra vez en una ronda impenitente. Se dirige a ellos como en un sueño sin comprender la razón de la llamada, rasgando la niebla densa del tiempo y el espacio. Va de la abundancia a la miseria, de la pobreza a la riqueza. Así son los fantasmas, desconocen las fronteras.

Es imposible determinar cuánto más durará esa peregrinación a ninguna parte que los seres vivos llaman “penar”, tal vez con justa razón. Es posible que algún día acontezca su segunda muerte, quizás la definitiva, el día en que todo lo conocido desaparezca: estos lugares, la ciudad, el planeta entero abrasado por la inevitable dilatación del Sol. ¿A dónde irá a parar cuando el Universo colapse sobre sí mismo? ¿A los brazos de Dios, por fin?

Estamos hablando de un fantasma que pena entre la miseria y la opulencia. Es llamado por estos valles angostos donde no hace muchos años no había más que piedras, espinos, pastos que reverdecían en primavera y conejos por montones. Una vez su padre lo llevó a conocer la nieve. Es muy raro que nieve por estos lados, por eso los ojos no se acostumbran a esa sábana blanca que lo cubre todo. Es como mudarse de paisaje o de país. Uno se siente extraviado, parece el anticipo de una vida fantasmal.

Ese día su padre estaba lejos, con los zapatos enterrados en la nieve. Con su capucha y su impermeable azul petróleo se veía como un árbol grueso y sin hojas. Lo miraba a la distancia, y ahora que él es un fantasma hecho y derecho cree adivinar lo que su padre pensaba en esos momentos. Que un día se iría y lo dejaría solo, así como su padre lo había dejado a él, así como el fantasma dejó a sus propios hijos. La historia es una cadena que siempre se corta. Tal vez el fantasma penaba buscando a su padre, queriendo encadenar el tiempo de arriba abajo.

Quizás fuera así. El fantasma penaba entre dos mundos, despojado de voluntad. Los valles donde conoció la nieve en pocos años se poblaron con casas donde predominaban el lujo, la ostentación y el exceso, adonde la riqueza afluyó a torrentes como el agua inquieta de las quebradas, y el fantasma siguió penando por ahí.

Así se adhirió a un hombre que trabajaba con las manos. Con ellas aliviaba los dolores musculares, ayudaba a combatir la rigidez causada por enfermedades degenerativas y parálisis, con sus dedos descontracturaba, deshacía nudos en el tejido fibroso, relajaba las tensiones. Era conocido en muchas casas. Entraba y salía de ellas como un fantasma. Era tratado como un sirviente, nunca como un especialista que cobraba por sus servicios. Los hijos de esas familias no lo saludaban. Era invisible a sus ojos. A veces se perdía en unos pasillos laberínticos que conducían a salones más grandes que toda su casa. Ya no se sorprendía.

Se demoraban en pagarle, regateaban los precios de sus servicios, con el olvido lo obligaban a cobrar una y otra vez las deudas poniéndolo en situaciones muy incómodas. Lo miraban con una benevolencia humillante, porque los montos eran irrisorios para esas familias. En cambio para él podían representar el sueldo de un mes. Así y todo ellos podían gastarse millones en el cumpleaños de un hijo, podían contratar una función privada de algún cantante de moda, de preferencia uno romántico, pues el romanticismo era la nota de esos valles.

Nunca le preguntaron dónde vivía, y si se los hubiera dicho no habrían sabido poner un dedo en el mapa. No les importaba lo que había más abajo en la misma ciudad. Eso que latía como una pesadilla distante. Vivían como si no existiera nada más que esos lugares donde una vez un padre llevó a su hijo a conocer la nieve.

El hombre que vivía de sus manos atravesaba la ciudad para llegar hasta ahí. Su casa estaba muy lejos, era una vivienda de subsidio habitacional. El fantasma también penaba por su barrio. Iba de la abundancia a la pobreza, ya se dijo. Penaba incluso dentro de la casa, sigilosamente, como si hubiera perdido algo allí. El hombre vivía con su mujer y los hijos en una casa más estrecha que cualquiera de los salones por donde el fantasma se paseaba a otras horas.

Ese conjunto habitacional había sido diseñado por un arquitecto muy reconocido. Era a los arquitectos lo que los cantantes románticos de moda eran a sus pares, pongamos. Lo habían premiado por su visión. Esa visión que era como el alma de las casas de subsidio donde habitaba el hombre. Porque estas viviendas estaban diseñadas para ampliarse. Eran “expandibles”, se decía. Era su alma. No podían crecer hacia los costados pues se encontraban apretadas entre otras casas iguales, expandibles, pero sí hacia lo alto como una promesa.

Eso era entonces la casa del hombre que deshacía los nudos de la musculatura: una promesa vertical. Todo había quedado en sus manos, el tamaño de su casa dependería de su suerte. O de su esfuerzo, podrían pensar otros.

Por su parte, el fantasma seguía penando de arriba abajo convocado por esos lugares como imágenes que obsesionan, llamado por el recuerdo de su padre como un árbol azul enterrado en la nieve.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More