Chile: La palabra escrita, ¿forma parte de la cultura en el neoliberalismo?

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“¡¡Muera la inteligencia, viva la muerte!!”, gritó el general Millán-Astray, en una ya histórica confrontación con  Miguel de Unamuno en la Universidad de Salamanca al momento de iniciarse la guerra civil española, el año 1936. Ese “mueran los intelectuales” con que despidieron a Unamuno con gritos y silbatinas los franquistas, es lo que algunos ‘ninjas’ del neoliberalismo rampante chileno quisieran poner en práctica.

Unamuno, viejo sabio y profeta, les respondió: “venceréis porque tenéis la fuerza… pero no convenceréis”. Y así ha ocurrido.

Quienes pertenecen a una de las generaciones ‘de antes” seguramente son también hijos de una educación tradicional, academicista y bibliográfica, lo cual les convierte en personas dueñas de un cerebro atestado de datos, números, frases y eventos que hoy, siendo brutalmente sincero, para las generaciones de la post guerra fría constituyen más bien lastre que beneficio.

En algún momento del normal tránsito de la Historia reciente hubo un giro en las formas de educación que, a su vez, abrieron espacios a nuevas estructuras de culturización, las que comenzaron a transitar por las líneas virtuales de la cibernética hasta asfixiar a la vieja manera de aprender. A partir de allí, el destino del libro –parafraseando a García Márquez- fue la crónica de una muerte anunciada. ¿Fue así, en realidad?

En honor a la verdad desnuda, ¿ha muerto la palabra escrita? ¿Murió el libro? Apuesto mis fichas a  la –todavía- buena salud de la novela, del cuento, del poema, del escrito que pretende ser ayuda memoria. Las múltiples Ferias existentes en América Latina corroboran y avalan mi sentir. Guadalajara, Buenos Aires, Santiago… ¿las mejores? Tal vez no, pero sí las más visitadas.

Sin embargo, los editorialistas, los libreros, ergo, los que de verdad ganan dinero con los libros (cuestión que les resulta ajena y distante a los mismos escritores), terminada la Feria del Libro de Buenos Aires, hicieron piel las palabras de  Fernando Darío Roperto, quien expuso lo siguiente:

“Al finalizar la apertura de la escritora de «El fantasma de las invasiones inglesas» y «Las viudas de los jueves», Martín Gremmelspacher, el presidente de la Fundación El Libro, habló sobre el difícil momento que está atravesando toda la industria editorial. “A la caída de las ventas del 2016 se suma la del 2017 del cinco al diez por ciento, dependiendo del tipo de editorial. La producción editorial, a su vez, cayó un 20 por ciento según datos del registro del ISBN. Lo que acumulado implica una caída de no menos del 30 por ciento en los dos últimos años” El presidente de la Fundación El libro reclamó una vez más, como lo viene haciendo en cada inauguración, la exención del IVA al papel”.

La triste y dura verdad es posible que asista a los sentires y dolores de esos editorialistas. En mi caso  particular puedo informar que la vieja y muy querida editorial virtual “Libros Tauro” (de Argentina) dejó de existir, de un momento a otro, sin haber entregado las causas del deceso. Muerte súbita… algo que ya es rutina en el deceso de editoriales.

Soy –y siempre he sido (desde mi temprana juventud)- un hombre de ideas izquierdistas, amante de los libros, cliente sempiterno –por ejemplo- de las ediciones publicadas y puestas a la venta por la desparecida Editorial ‘Quimantú’  en los años inolvidables del gobierno de Salvador Allende y de la Unidad Popular, cuando la cultura –la de verdad- estaba fácilmente al alcance de todas las clases sociales, de TODAS, sin ambages ni restricciones.

En esos años muchos chilenos apostábamos a favor de la administración estatal de la cultura. Hoy, creo que ello ya no es favorable para el desarrollo y entronización de las artes, la literatura y la cultura en general en todas las capas de la sociedad civil chilena. Con los gobiernos del inefable duopolio binominal que ha administrado Chile desde 1990 a la fecha, queda claro que tener al Estado como patrocinador, mecenas y difusor exclusivo del arte es un arma de doble filo que coquetea muy de cerca con el amiguismo y la censura (la cual es,  por cierto, favorable a todas luces al mantenimiento del exacerbado neoliberalismo salvaje).

Ninguna editorial chilena se ha atrevido a publicar escritos emanados de plumas diversas que hablan de la presencia clandestina y audaz –es sólo un ejemplo (basado en la realidad, por cierto)- de Ernesto ‘Ché’ Guevara en Chile el año 1967, meses antes de su fracasada incursión revolucionaria en Bolivia. Ni menos aún de lo relatado por otras plumas (también ignotas por causa del editorialismo cobarde y entreguista)  respecto de la experiencia vivida por algunos alumnos universitarios chilenos en Brasil, en Sao Paulo , en la USP de esa ciudad (Universidad de Sao Paulo específicamente) el año 1969, con Carlos Marighela, el gran revolucionario brasileño del MR-5 (Movimiento Revolucionario 5 de Octubre) que tuvo en jaque al gobierno totalitario de los Castelo Branco, Costa e Silva  y otros militares de esa nación.

Es un hecho cierto e innegable que la Historia no gusta ni conviene a los derechistas latinoamericanos porque los condena. Tampoco les gusta ni les conviene la existencia de una literatura libre, soberana, pues ella –si fuese leída por las mayorías de una sociedad- mostraría la real situación de un país sometido al arbitrio del los dueños del capital y de sus yanaconas, los parlamentarios y políticos de la derecha económica transnacional cipaya de Washington y del FMI.

Por ello, entonces, a la verdadera democracia le resulta extremadamente necesario defender a ultranza las publicaciones efectuadas por la prensa independiente y por las  redes sociales., ya que ellas hablan –sin tapujos ni mezquinos intereses-  de la realidad de un país que el establishment mantiene en el olvido y en la desesperanza.

Ese antiguo grito fascista, ‘muera la inteligencia, mueran los intelectuales’, es el verdadero sentir de quienes –siendo absolutamente minoritarios en la sociedad civil chilena (sólo el 26%)- creen ser poseedores de las decisiones históricas.  Sería conveniente que ellos recordaran –ya que de Historia estamos hablando- la frase lenguajeada por Cicerón en el Senado romano, pocos años antes del nacimiento de Cristo: “Quosque tándem abutere Catilina patientia nostra”…cambie usted  el ‘Catilina` por…Piñera:  (“¿Hasta cuándo, Catilina (Piñera) abusas de nuestra paciencia?).

El libro, la Historia, la novela, el ensayo, el cuento, el poema, el guión….enemigos declarados del totalitarismo economicista que apaña este gobierno del especulador financiero piñerista, quien los ataca y trata vanamente de borrarlos.

Arturo Alejandro Muñoz

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