Chile. La izquierda fragmentada: los otros y nosotros

Habría que partir por sacarse de la cabeza las formas de organización que fueron creadas en otros tiempos y condiciones e idear colectivamente nuevas articulaciones que cumplan con optimizar las luchas del pueblo y ponerlas al servicio de una estrategia de poder que se construya desde abajo y hacia el lado

Se nos va a pasar la vida esperando que otros, no se sabe bien quiénes, hagan lo que creemos que es necesario para cambiar lo que hay que cambiar.

Llegados a este punto, no se sabe si el problema es el cascabel o es el gato.

Luego de decenios de observar cómo se corrompe el sistema político, cómo la carcoma de la sinvergüenzura corroe casi todas las instituciones, mientras lo más sanguinario de la ultraderecha administra todo el poder y el país sucumbe víctima de la más abyecta y egoísta de las culturas, no hay quién levante una idea capaz de decir algo más que Hay que hacer algo.

¿Pero, quién lanza la primea piedra, más bien la primera idea?

La ultraderecha y sus socios de la ExConcertación han sabido leer muy bien la psicología de la derrota de la izquierda y han administrado ese conocimiento con precisa vocación de poder.

Los más útiles para la estrategia de la ultraderecha han sido los rastrojos flotantes de esa izquierda antigua y traicionera que fueron llevados al dominio facho en donde se han sentido muy cómodos, cayendo voluntariamente en el garlito de querer ser como ellos asumiendo que ya no es posible otra opción y que, después de todo, el neoliberalismo no es tan malo.

No les ha ido mal.

Quienes no han dado pie con bola es esa gente de izquierda trabada en interpretaciones y extrapolaciones de teorías y experiencias, cada cual más alejada de lo real y, peor aún, de lo que la gente quiere. Para algunos bienintencionados las teorías han devenido en religiones inmodificables a las que hay que seguir al pie de la letra, y, por cierto, las experiencias liberadoras de otros pueblos son ejemplos que hay copiar sin mucho más.

Muchos otros aborrecen las elecciones como si fueran la suma esencia de la maldad de la derecha, que posibilita y justifica el dominio, la explotación y todo lo demás.

Para un grupo pequeño bastaría irse a la montaña y esperar a que el orden caiga luego de una guerra prolongada.

Y en el extremo opuesto residen los que sueñan con fundar un partido nuevo, que, ahora sí, haga las cosas de otra manera, que supere lo viejo y malo de la política, que corrija lo que está mal e ilumine con el fresco verbo de lo diferente.

Alejado de estos desvaríos estériles, el pueblo hace esfuerzos por organizarse en la calle, el barrio, la villa, combatiendo a mano limpia la peste del narcotráfico, la delincuencia, la pobreza, el abandono y la represión del Estado.

Lejos de las traiciones, las teorías mesiánicas, el cansancio y los esfuerzos por ser como ellos, pero diferentes, late el pueblo que, en tanto espera, hace intentos pequeñitos y cotidianos.

Pero no es todo.

Hay innumerables ex de casi todo que no han dicho hasta ahora esta boca es mía.

Muchos vienen desde los heroicos tiempos de la Unidad Popular y/o cruzaron la dictadura haciendo todos los días algo para su fin. Casi todos supieron lo que fue la tortura, la persecución, la cárcel y/o el exilio y la mayoría conserva firmes sus facultades y lealtades.

Hablamos también de quienes estuvieron en las primeras líneas en los tiempos grises y vergonzosos de la posdictadura: dirigentes sociales, estudiantiles, sindicales, artistas, intelectuales, políticos que cumplieron sus responsabilidades durante el tiempo de las traiciones y mentiras, vendido como la transición democrática. Desconcertados, atrapados entre las expectativas creadas por la ficción concertacionista y el no saber levantar una opción, se cansaron y finalmente se quedaron en casa.

Otros, innumerables, son los dirigentes estudiantiles que sembraron las primeras experiencias rebeldes y que fueron criticados porque así no era la forma.

Se perfilaban como dirigentes populares con futuro y que en estos tiempos de incertidumbres podrían hacer un aporte inestimable a la reconstitución de una izquierda con sentido de lo real y lo estratégico.

Hace falta retomar la iniciativa y generar instancias en las que ese enorme potencial del pueblo se exprese y esa gran experiencia acumulada sirva para aclarar el hacer y el decir y el plantear nuevas dudas.

Habría que partir por sacarse de la cabeza las formas de organización que fueron creadas en otros tiempos y condiciones e idear colectivamente nuevas articulaciones que cumplan con optimizar las luchas del pueblo y ponerlas al servicio de una estrategia de poder que se construya desde abajo y hacia el lado.

No sin antes, por cierto, asumir que los otros siempre seremos nosotros mismos.

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