Publicado en: 8 octubre, 2015

Chile. La evidente obscenidad de cada día

Por Daniel Pizarro / Politika

La necesidad es un lujo que se paga caro, un commodity que se transa en el mercado universal, mejor si a granel y en inmensas cantidades. Es de esa clase de sustantivos que no pueden ser contados, como el cobre o el vino, y que en las gramáticas tradicionales se llaman de materia, como el […]

La necesidad es un lujo que se paga caro, un commodity que se transa en el mercado universal, mejor si a granel y en inmensas cantidades. Es de esa clase de sustantivos que no pueden ser contados, como el cobre o el vino, y que en las gramáticas tradicionales se llaman de materia, como el agua, el aire, el amor o la pena, que pueden ser mucho o poco, demasiado o casi nada, pero nunca uno, ni cinco, ni quinientos, a no ser que los embutamos en unidades de medida como litros o metros cúbicos, y a veces ni incluso así, no caben, no se dejan medir y eso es como decir que no se dejan palpar, y así hasta podemos ponerlos en duda, En realidad nunca me has amado, Eso no es pena, Estás fingiendo como siempre, y así uno deja de creer en el otro, y todo es dudoso cuando no podemos cuantificar.

Pero las necesidades, nuestro commodity universal, pueden mediarse a través de departamentos, por ejemplo. Como lo ha hecho un C, pongamos, esta letra aún joven que se compró veinte departamentos en el centro de Santiago pensando en un futuro que no está lo suficientemente cubierto por los fondos de pensiones. Pues las necesidades del futuro, nunca se sabe. Y pudo hacerlo porque entiende de commodities, y entiende mucho mejor que la mayoría que el dinero es el mediador universal de todas las necesidades, y entiende que como tal el dinero representa oportunidades de negocio pues se hace eco de cada necesidad que mora sobre el planeta, y salta a cada llamado. Así de despierto y alerta está el dinero, real o virtual.

Y así. En paquetes de a cuatro la letra C compró veinte departamentos donde es posible meter muchas necesidades. Y una vez que los primeros comenzaron a darle flujo –como se dice– por los arriendos, que no son sino la corriente de las necesidades fluyendo hacia esta letra C, se acercó otra vez a su banco a pedir prestado para el próximo paquete de a cuatro, y así hasta llegar a los veinte.

Y como a esta letra del abecedario le vino bien el negocio, se independizó y puso su propia empresa inmobiliaria con la que ofrece estas ventas estructuradas que no rinden, eso sí, para quienes ganan menos de cinco millones al mes; de ahí para arriba el asunto pinta bonito y a uno se le abren en gloria y majestad las puertas de la clase de los rentistas, cuyo surco respecto de los arrendatarios cada día se infesta con más cocodrilos, agrandando el abismo entre quienes pueden ahorrar y hacerse de un patrimonio y la masa –de necesidades– que trabaja y jamás podrá ahorrar o pedir prestado como una letra C.

Hay que decir que el paquete estructurado para la tranquilidad futura contempla a lo más departamentos de dos habitaciones, pues está visto que hay un piso inflexible para el valor de los arriendos, dado por estas necesidades tercas de vivir bajo un techo, pero el valor de los mismos no aumenta de manera significativa si agregamos más habitaciones, porque la gente opta por amontonarse como los hámsteres antes que pagar más por una vivienda, y así, como es sabido, van apareciendo estos conventillos de altura que son estupendas alternativas de inversión, según se lee en el brochure que mandó a imprimir la letra C, pues garantizan flujos futuros en aquel período de la vida en que ya no contamos con los mismos ingresos de hoy. Algo así.

La letra C no ha conversado nunca con la letra E, pero ésta podría contarle que alguna vez compró un departamento en el centro de Santiago para vivir con su mujer y un hijo recién nacido, es decir que la E estaba convertida en una pelota de necesidades que podrían aumentar como bola de nieve si no se cuidaba; lo que la E podría contarle a la C es que sí, que se compró uno de esos departamentos originalmente pensados –habría que suponer– para que los trabajadores y sus familias pudieran vivir más cerca de los lugares de trabajo, contarle que existía un subsidio habitacional destinado a personas de menores ingresos como un estímulo para acceder a una primera vivienda propia, necesaria. Y podría seguir diciéndole que bueno, que cuando se mudó al edificio de unos trescientos departamentos donde quizás llegarían a vivir unas seiscientas u ochocientas personas, o tal vez un millar, que bueno, que al principio, cuando sólo había unos pocos residentes la vida era muy tranquila, pero las cosas empezaron a cambiar cuando uno tras otro fueron ocupándose los departamentos porque nadie pagaba los gastos comunes, nadie entendía que, aparte de un dividendo, había gastos propios de la mantención del edificio que eran de cargo de todos, no lo podían entender y no pagaban, y a muchos les dio por las mascotas, porque la vida se acompaña mejor con animales, y los perros y los gatos empezaron a cagar y a mear en los ascensores y no había fondos para limpiar la suciedad, pero tampoco había muchas ganas de pagar, porque quizás no era una necesidad apremiante, y si les cortaban la luz se prestaban electricidad por las ventanas, que para eso están los alargadores, y con alargadores hay corriente y con corriente eléctrica siempre hay fiestas, y como allí vivían muchos universitarios con horarios hechos a la medida de su entusiasmo las fiestas estaban a la orden del día, de lunes a domingo, unas diez o veinte fiestas por noche, en el 102, en el 305, en el 504, también en el 600 y en el 601 (que eran amigos), y otras en el 708 y en el 711, y también en los pisos de más arriba, en el noveno, sin falta en el décimo, entre el duodécimo y el décimo cuarto, saltándose el décimo quinto para ir desde el décimo sexto –donde habitaba la letra E– hasta el vigésimo, donde se termina el edificio, pero eventualmente también en la azotea –todos los fines de semana, en realidad–, donde estaba el quincho y desde la cual una vez alguien se precipitó hasta la calle, dicen que por accidente, pero nadie está seguro de nada.

De todo ello, entonces, podría hablarle una letra E a la otra letra, la C, metida en eso que se da en llamar el negocio inmobiliario; podría incluso contarle que finalmente salió huyendo del departamento y que aún le pesa en la conciencia el haberlo vendido a una mujer de provincia sin advertirle la clase de problemas con los que se podía encontrar, incluidos los cortes generalizados de gas como medida extrema para forzar el pago de los gastos comunes, el de las cuentas privadas y en general el de todos los gastos provenientes de necesidades o commodities para las letras C del mundo.

Pero ojo que a esta letra, la C famosa, se le abre el apetito con los problemas, porque lo que necesita un edificio en medio del caos, igual que un país en medio de lo mismo, es orden, y las cosas entran al orden cuando están en pocas manos, como los precios en el caso de los monopolios; y así se ve con mayor claridad aún que el centro de Santiago debe limpiarse de deudores que no saben convivir para dar paso, como está ocurriendo, a un grupo de inversionistas que piensan en flujos futuros y en una masa de arrendatarios que siempre serán arrendatarios, porque es su condición natural; y los propietarios nuevos, con cinco millones o más de ingresos mensuales, vendrán o vienen ya a poner orden en estos edificios complicados, y si no logran poner orden, piensa C –o ni siquiera lo piensa–, da lo mismo, porque él no vive en esos edificios ni viviría jamás, porque estas construcciones tirando para monstruosas fueron construidas como alternativas de inversión, y si en su origen no las pensaron de este modo, qué importa, quién dijo que en el origen estaba Dios, a quién se le pudo ocurrir algo así.

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