Chile. La desconfianza como triturador del resumidero

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Con fraternal saludo a todos los que luchan, amigos, sus familias y posibles lectores. A todos un feliz año.

Mucho se habla de la diada confianza/desconfianza. En los medios políticos del duopolio ha llegado a ser una especie de comodín, o un bolsillo de payaso donde todo cabe y/o todo se puede meter.

Desconozco cuan “globalizado” puede estar tal concepto, o si se trata solo de una “emanación original” de la actual contingencia política nacional. Desgraciadamente, S&P no inventó aún un desconfianzómetro, que sería una nueva herramienta útil a la hora de manipular sus rankings.

El hecho es que, cuando se trata de explicar el descalabro de la gestión política: la crisis del modelo neoliberal, el incumplimiento de un programa enarbolado evidentemente con fines populistas), el endeudamiento fiscal progresivo, el empantanamiento de las reformas, la corrupción empresarial/política (compra/venta de conciencias y la defraudación del patrimonio de todos con boletas ideológicamente falsas), la degradación Institucional, (iglesia, Fuerzas Armadas, SII, Sename), Partidos Políticos etc., –que aparecerían para cualquier gestión como un cuadro casi “Apocalíptico”–, no se les ocurre nada mejor que traer a escena aquel dueto ambiguo pero funcional de la confianza/desconfianza como el capote del torero para burlar al toro.

“Tenemos que recuperar la confianza de la gente”, como si el problema de fondo fuera una suerte de juego de casino, donde se gana se pierde y/o se recuperan “fichas” de confianza/desconfianza y posiblemente hasta creen que esta forma “ enajenada” de pensar fuese el desiderátum para redimir todos sus pecados (algo parecido a la confesión, en los sacramentos cristianos, solo que desgraciadamente el espíritu santo no se ocupa de pecados políticos).

Así, para arreglar el barullo, –prosiguen–, debería bastar una comisión (Engel), o la parodia judicial/mediática de hacer desfilar a los inculpados por los juzgados, (con todo el histrionismo mediático y posterior cuasi impunidad que conocemos), y –por este expediente– se auto convencen que recuperarán la “confianza de la gente”.

Pensar con este tipo de silogismo circular, se explica solo, Primero: por la imposibilidad política de hacerse un “harakiri autocrítico”, cosa inconcebible en estos espíritus que en algún momento la vida puso ante una opción trascendental y –en los hechos– tomaron la opción pragmática de auto-desflorarse políticamente con la ruptura de sus parámetros éticos.

Segundo: devela la total desconexión –consubstancial al modelo neoliberal–, en las alturas donde la clase empresarial y sus epígonos políticos confabulan sus estrategias de “gobernabilidad” (léase: dispositivos de represión).

Tercero: la completa ignorancia de la dinámica permanente de cambios del Chile profundo que opera en las cocinas del pueblo. Lo que configura el desfase permanente de categorías y lenguajes que se expresa en el atraso y la extemporaneidad que, a precandidatos como Lagos por ejemplo, le permite hablar del mundo de “Bilz y Pap”.

Cuarto: la convicción de que todo el resto de los chilenos somos algo oligofrénicos (o dicho de otra manera, “pasados por la cola del pavo”) porque bastaría con una comisión Engel (que no se implementa) y el desfile judicial para conservar el puñadito clientelar (quizás un 20%) que vuelva a ungirlos como legisladores y aún presidentes, renovados y re-pintados por fuera con una delgada cutícula de cinismo protector indeleble. En tanto el casi 80% de los chilenos mira desde la vereda de enfrente, embotados aún con la droga del hastío neoliberal paralizante, pero en el umbral de un cambio de actitud.

Tal es la contradicción inmanente de un modelo que –para funcionar– debe expropiar todo poder que venga de abajo, toda injerencia popular, toda participación que supone una democracia real y, –como consecuencia–, es ínsito a su esencia encasquetarse en las alturas donde el aire enrarecido les contagia de una especie de “puna neoliberal” cuyo costo es la desconexión total de la dinámica permanente de cambio y emancipación.

Es por eso que hoy, –buscando la consabida alternancia–, desempolvan dos de las más avezados y rampantes operadores del neoliberalismo imperial –los Lagos y Piñera que ya conocemos–, con la idea de aferrarse al poder y jugarse por la defensa de los vestigios del modelo.

Afortunadamente el gran triunfo de Valparaíso nos muestra el camino de la unidad. Ojalá –en el congreso en curso– el movimiento autonomista imponga el espíritu de humildad y madurez que hasta aquí impera en ese movimiento, renunciando a timbres, pragmatismos y hegemonías o la fascinación por el espejismo electoral como único camino con la ilusión de hacer de la política una carrera de ascenso individual que hasta aquí ha sido la tónica de los intentos fracasados del pasados.

Aquella nueva actitud es ya un primer gran salto de madurez, condición previa del hombre nuevo que preconizaba el Che (que algo sabía de estas cosas) para asumir una tarea de tal envergadura.

Porque, por esas contingencias de la historia, corresponde y es deber ineludible para las actuales generaciones rescatar nuestro país de 43 años de abusos, corrupción y barbarie.

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