Chile la alegría no viene: sobre la alegría y la tristeza como afectos políticos

Solemos pensar que nuestras emociones y afectos son un emergente puramente individual –estrictamente orgánico– frente a los estímulos de la realidad. Sin desconocer esta dimensión, digamos que la afectividad humana es un fenómeno atravesado por lo que Lacan llamaría el campo del Otro (llámese el lazo social, el lenguaje, la cultura, la historia).

De allí que es pertinente preguntarse por los afectos en su dimensión política. Cabe pensar en un aspecto crucial del significante popular “Chile despertó”. En este grito del pueblo hay una traza que revela una dimensión transgeneracional. ¿Qué estaba dormido? ¿Cuánto de ese dormitar es heredero de traumas y melancolías arraigadas en nuestra historia? ¿Será que en Plaza Dignidad confluye lo común y lo distinto de a los menos tres generaciones?

Sostendré que el acontecimiento del “Chile despertó” es una suerte de acto radical y poderoso, que restituye la potencia deseante de la memoria. Si viajamos juntos a la génesis del malestar: “No son 30 pesos, son 30 años” nos encontraremos con una farsa política, una promesa alienante: “Chile la alegría ya viene” slogan de la campaña del No. La promesa de alegría devino en los años 90 en una suerte de mandato cultural de efectos paradójicos. Debíamos estar felices ya que recuperamos la democracia y la libertad. No obstante, no habíamos recuperado la democracia en un sentido radical, ni la libertad conquistada se basada en cimientos de equidad, verdad y justicia. En otras palabras, la justicia en la medida de lo posible y el mandato a la felicidad -bajo las coordenadas individualizadoras del neoliberalismo happycrático descrito por Eva Illouz y Edgar Cabanas- fueron la coartada de una melancolía social innombrada.

La sombra del neoliberalismo ha caído sobre el pueblo. La tristeza de los 90 es una tristeza solitaria, inadecuada, anónima, culposa, disonante, extraña… Una tristeza que chocaba contra la desmentida de lo traumático (no ha pasado nada, no hay duelos, debes ser feliz consumiendo y auto-realizándote). Esta coartada condujo a los afectos depresivos y tristes, en el sentido spinoziano, de disminuir la potencia de obrar de todo un pueblo atrapado por un vacío y un duelo imposible de vivir.

Hayamos sido o no, familiares directos de detenidos/desaparecidos (torturados, violados, fusilados, exiliados, etc.), el lazo social de Chile atestiguó la muerte –una muerte negada-.

LaCapra (2005) plantea que las personas traumatizadas por sucesos límites pueden resistirse a la elaboración por la “fidelidad al trauma”, el cual proviene del sentimiento melancólico de que, elaborando el pasado para poder participar nuevamente en la vida, uno traiciona a los que quedaron aniquilados o destruidos por el pasado traumático. “Chile la alegría ya viene”, era un significante violento y prematuro. Sólo podía inducir al triunfo maniaco hecho de espectáculo, comida chatarra y televisión basura.

El poder y sus tecnologías afectivas de gobierno neoliberal, domeñaron nuestro deseo hacia el individualismo consumista. El deseo operó con el tamiz del Mercado. Así, el poder emancipatorio y libertario del deseo de un pueblo, se domesticó con abundante psicología y comunicación de masas en cada esquina y en cada televisor de los hogares de Chile. Desde los años 80 en adelante, la propaganda ideológica del capitalismo, transformó el deseo en la carnada inconsciente de la dominación: el telón de fondo de la economía subjetiva que sostuvo a la materialidad de la maquinaria Chicago boys. “Sin democracia en un sentido fuerte, sin duelos dignificados, y arrojados al consumismo atomizado, se cercenaron los afectos del pueblo privado de ejercer su memoria”.

La violencia de la acción mortífera colectiva vivida en la dictadura de Pinochet, se acrecienta por la violencia de la denegación (desmentida), en donde lo que se borra como no habiendo tenido lugar, no tiene lugar donde escribirse para ser pensado y para articular el curso de las historias individuales con el curso de la historia colectiva (Puget y Kaës, 1991). En otras palabras, si la violencia estatal permanece sin reconocimiento y no es restituida en el orden que la produjo, le impide además al sujeto reconocer lo que corresponde a su propia violencia y queda atrapado en una cripta (Abraham y Torok, 2005; Tisseron, 1997). Se trata entonces, de un trauma imposible de nombrar, elaborar y transmitir a la siguiente generación.

¿Es, hoy por hoy, Plaza Dignidad (replicada en múltiples plazas de todo el país) un lugar donde se abre la cripta y la historia vuelve a pensarse? ¿Es una oportunidad de simbolizar el trabajo intergeneracional para salir de la melancolía y soñar despiertos con un porvenir? ¿Quizá el significante “No era depresión, era capitalismo” tiene una precisión que anuda el campo político con el clínico, revelando la dimensión socio-histórica de los afectos?

Para pensar este anudamiento clínico-político sugiero traer un tercer redondel: el nudo de la ética. En particular la filosofía práctica de Spinoza, concebida como el arte de vivir.

Si la metafísica de Spinoza enseña que las afecciones al cuerpo son también afecciones al alma, y viceversa, la aprehensión de las categorías y sentido de la ética spinoziana refleja también una modificación, una mutación del dualismo cartesiano del cuerpo y del alma.

En esta clave de lectura, la dictadura de Pinochet y la desmentida de los 90 en la transición política neoliberal son una borradura del desgarro del cuerpo/alma del pueblo de Chile.

Gilles Deleuze, en su interpretación de Spinoza, realiza una pregunta “¿Qué quiere decir Spinoza cuando nos invita a tomar al cuerpo como modelo? (…) Se trata de mostrar que el cuerpo supera al conocimiento que de él se tiene, y que el pensamiento supera en la misma medida la conciencia que se tiene de él” (Deleuze, 2004, p. 28). El modelo corporal no implica desvalorización alguna del pensamiento con relación a la extensión, sino algo mucho más importante, una desvalorización de la conciencia con relación al pensamiento; un descubrimiento del inconsciente, de un inconsciente de pensamiento, no menos profundo que lo desconocido del cuerpo (Deleuze, 2004, p. 1980). Con miramientos a este pensamiento inconsciente ¿Será que “Chile Despertó” es tanto un grito de demandas políticas como un modo en que el cuerpo de Chile sacude su propio malestar de afectos tristes? ¿Será que la revuelta popular es una fiesta –en el sentido de restituir la potencia del cuerpo y de los afectos en el obrar-?

Para Spinoza, según la doctrina religiosa dominante, por caso, “la teología política de la iglesia neoliberal de Chile”, los actos y conductas deben corresponderse con el obrar de acuerdo a preceptos y mandamientos originados en una fundamentación trascendental de la ética. Como su metafísica implica una mutación hacia lo inmanente, un volver sobre lo que existe, es decir, sobre lo que es, entonces no hay espacio para pensar una fundamentación trascendental. De allí que la revuelta es en sí misma una profanación.

El pueblo puede quemar a Baquedano, el pueblo puede destituir a Pinochet y Guzmán, el pueblo puede dejar de consumir y comenzar a consumar, el pueblo puede gritar su propio imaginario, el pueblo puede llorar a sus propios muertos.

Por ello, en la lectura spinoziana de la ética, no hay Bien y Mal, sino bueno y malo. Esta consideración de lo bueno y malo está en relación con la potenciación y su contrario, siendo lo bueno aquello que potencia y lo malo su reverso. “Todos los fenómenos que agrupamos bajo la categoría del Mal, las enfermedades, la muerte, son de este tipo, mal encuentro, indigestión, envenenamiento, intoxicación, descomposición de la relación” (Deleuze, 2004, p. 33). No habría un orden trascendental que manifiesta cómo debe obrarse, sino que los cuerpos, al entablar ciertas relaciones con otros cuerpos, se potencian o se despotencian. Ahí está el nudo central de su ética, en cuanto los cuerpos no están predestinados a obrar de cierta forma, sino que expresan una voluntad de poder relacionarse y ser afectados por otros cuerpos en la perspectiva de potenciarse, o su contrario.

Esta apreciación conduce a Spinoza a una desvalorización de las afecciones tristes que no deben ser confundidas con nuestra definición coloquial. No se trata de huir de la intimidad y la belleza de un llanto, no se trata de negar la potencia del trabajo de un duelo. Muy por el contrario, si a Spinoza se lo reconoce como el filósofo de la alegría, opuesto a la tristeza es por su propia definición de ambas: “entenderé por alegría: una pasión por la que el alma pasa a una mayor perfección. Por tristeza, en cambio, una pasión por la cual el alma pasa a una menor perfección. Además, llamo al afecto de la alegría, referido a la vez al alma y al cuerpo, “placer” o “regocijo”, y al de la tristeza, “dolor” o “melancolía”” (Spinoza, 1980, p. 133).

No habría un orden fundamentado trascendentalmente (autoridad) que fijara el bien y el mal, sino que en la inmanencia los cuerpos asumen relaciones donde unos afectan a los otros haciendo de ellos más o menos perfectos, potenciándolos o despotenciándolos. Aquí perfección tampoco responde a nuestro modelo coloquial de orden obsesivo. De hecho la revuelta popular, en su propio Caos, aumenta la perfección del pueblo: como aumento de la alegría y la potencia de obrar en su vínculo íntimo con la vida.

Por su parte, el poder (incluso aunque opere con la mascarada de la happycracia neoliberal) domeña con pasiones tristes, que cercenan la potencia de obrar de los cuerpos/almas del pueblo. De allí que toda organización colectiva o revuelta popular es una fiesta (alegre) por restituir dicha potencia.

En Chile no estamos simplemente frente a antagonismos de ideas políticas, sino vivenciando como esta potencia vital popular se confronta al bloque mortífero del poder implicando a los cuerpos. Como ha señalado el filósofo chileno Rodrigo Karmy (2021): “No solo la policía, también los militares declaran abiertamente querer intervenir. Y aquellas que el 8M escribieron -nos matan- son calificados de “anti-chilenos”. Quizás, los militares tengan razón. En su propio país, ese que tienen comunidades propias, hospitales propios, pensiones propias, cobre propio, el resto aparece hoy y ha aparecido siempre como un enemigo externo: si el país es la hacienda, el enemigo es aquél que se subleva contra ella, tal como lo hace hoy.»

En otras palabras, se trata de una lucha donde la vida –como potencia- revela los límites y perversiones de las instituciones mortíferas (Constitución, carabineros, etc.) que protegen al orden trascendente de la hacienda oligárquica, en descuido radical de los cuerpos/almas (vida) del pueblo.

En definitiva, el movimiento social en las calles, como revuelta, como campo popular, como fenómeno político, como fractura y acontecimiento tiene un valor inmanente: la fiesta poderosa del despertar de un pueblo.

Ello tiene efectos destituyentes en la institucionalidad, y más aún, tiene efectos potenciadores en la cultura y la subjetividad (lazo social). Algunos de estos efectos son evidentes y otros sutiles, unos de corto y otros de largo plazo.

Ahora bien, la relación entre el campo popular y el institucional (política, Estado, Constitución, etc.) sabemos que no es sencilla, ni tiene una traducción directa (hay una brecha estructural). Entre la vida inmanente y la institución trascendente hay relaciones (im)posibles.

Mencionemos algunas de ellas: hay aspectos de la revuelta que son in-institucionalizables, hay otros que resguardan su vitalidad justamente en la periferia del Estado, hay otros que se encuentran dispersos proliferando rizomáticamente, hay otros que no han tenido estrategia articulatoria de grandes mayorías (comunidad en la heterogeneidad) y han privilegiado el purismo revolucionario o el narcisismo de las pequeñas diferencias que también disminuye su potencia de obrar, etc.

Por último, la más grave razón por la que la institucionalidad (vía proceso constituyente) puede no llegar a ser leal al campo popular vitalista, es el robo agencial de las cúpulas oligárquicas (partido neoliberal bajo la facción ex concertación y derecha) que utilizan el poder para auto reproducirse mortíferamente mediante artimañas por todxs conocidas: sistema electoral D’Hondt y regla de quorum de los 2/3, entre otras.

Aun así, el proceso constituyente, cooptado por las cúpulas, está inserto en una fisura histórica que no se cerrará fácilmente. Aunque el proceso constituyente fracase en el seno de sus trampas oligárquicas y mortíferas, la pregunta por el deseo ha restituido la potencia del pueblo. Esto no morirá, ya que las pulsiones de vida son fuertes en la fiesta del pueblo –que hoy danza en dolorosa alegría con sus ancestrxs y sus hermanxs muertos en plaza dignidad-

Chile la alegría no viene, pero podemos producirla en nuestro despertar y en nuestro trabajo… día a día, en cada obra.

Referencias bibliográficas:

Abraham, N. y M. Torok (2005): La corteza y el núcleo, Buenos Aires, Amorrortu Editores.

Deleuze, G. y Guattari, F. (2004). El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia. Barcelona: Paidós.

LaCapra, D. (2005): Escribir la historia, escribir el trauma, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión.

Karmy, R. (2021) en https://lavozdelosquesobran.cl/nos-matan/

Puget, J. y R. Kaës (1991): “Prefacios”, en Janine Puget y René Kaës, comp., Violencia de estado y psicoanálisis, Buenos Aires, Bibliotecas Universitarias, pp. 9-14.

Tisseron, S. (1997): “Introducción: El psicoanálisis ante la prueba de las generaciones”, en S. Tisseron et al., (comps.), El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Clínica del fantasma, Buenos Aires, Amorrortu Editores, pp. 11-33.

Spinoza, B. (1980). Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Orbis.

 

 

Nota enviada por Sergio Medina Viveros: https://sergiomedinaviveros.blogspot.com
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