Chile: «Izquierdistas de orilla» en la Nueva Mayoría

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Es el momento de exigir respeto. Son demasiados los años de estoico aguante y de humillaciones variopintas. Llegó el minuto de poner freno a tanto desprecio emanado de las castas legislativas y gobernantes que no han trepidado en insultar a diario la inteligencia de la gente, ni han mostrado tampoco un ápice de interés (menos aún de voluntad) en dar término definitivo a sus propias iniquidades.

Del sector derechista se ha recibido lo que él siempre ha entregado. Maestra inigualable en el oscuro arte de la expoliación del país y el enriquecimiento ilícito, ha sabido poner en práctica un desarrollo macroeconómico que beneficia los bolsillos de tan sólo el cinco o el siete por ciento de la sociedad chilena. El resto del pueblo debe contentarse con las hilachas que cuelgan como flecos sobrantes del cuerpo principal… y sonreír satisfecho cual si ello fuese un privilegio inmerecido, pero real a causa de la ‘bondad’ de los mandantes.

En lo referente a la política y al gobierno, esa derecha ha actuado de la misma forma que acostumbra utilizar el marido golpeador. Después de haberle propinado una golpiza a la mujer, promete el ‘nunca más’. Pero, bien se sabe que volverá a las andadas apenas se le presente la oportunidad de imponer su soberbia. Para el ‘golpeador’, su acción desquiciada siempre tiene explicación. “Hay que poner orden en esta casa”-… “debe quedar claro quién manda aquí y quién es el jefe”.

Así, la derecha apostó a degollar la democracia, jugó sus bazas al golpe de estado y después puso sus fichas en la ruleta de la tortura, el exilio y el asesinato. Pasada esa época, impuso  férreos resguardos a una democracia moldeada según sus intereses, e invitó a los adversarios a su mesa para que se integraran al juego de la cohabitación, pero a un juego que contaba con reglas administradas e impuestas por la derecha misma. Y el adversario, ansioso de dinero y estatus, cenó gustoso el platillo de la traición.

Entonces, con este somero análisis llegamos a las trincheras de la izquierda llamada ‘oficial’. Porque, claro, el enemigo no es traidor… es enemigo. El traidor siempre se encuentra en las filas propias, preferentemente entre quienes escabullen la lucha y se refugian en la oscuridad para regresar muy campantes, una vez que otros han dado pelea y sudor, exigiendo ocupar los cargos y privilegios que antaño perdieron. Los antiguos líderes reaparecieron en época del plebiscito del ‘sí y del no’, preguntando: “¿me perdí la batalla?”, a sabiendas que se habían perdido la guerra, aunque aducían que su aporte lo entregaron desde ignotos sitios y organizaciones, suponiendo además que ello sería mérito suficiente para que se les recibiera no sólo con aplausos sino, además, con agradecimientos y admiración.

“Si hubiésemos mostrado la cara nos habrían asesinado”, explicitan. Poderoso argumento, sin duda, pero fueron millones los chilenos que optaron por dar la pelea en esa época dura y riesgosa. Personalmente, me siento orgulloso de haberla vivido en lucha constante como consecuencia de mi apego a una ideología que, más allá de lo político, hoy la veo refulgir como el respeto a los sufrimientos de un país que quería liberarse de las opresiones, y cuya respuesta obtenida fue la persecución, la cesantía, la cárcel, la tortura y la muerte en muchos casos.

Qué fácil y cómodo resulta actuar en política en estos tiempos; lamentablemente, muchos de aquellos viejos líderes insisten en definirse como izquierdistas usufructuando de recuerdos y luchas que jamás vivieron ni dieron, lo que en rigor no constituye siquiera un pecado venial, pero tienen la osadía de criticar ácidamente (y traicionar) a quienes –durante largos diecisiete años- se jugaron la estabilidad económica, la seguridad de sus familias y hasta sus propias vidas por una sociedad más justa y por el derecho de esos otros a vivir en paz y en democracia.

Muchos chilenos que arriesgaron el pellejo luchando cara a cara y calle a calle contra el totalitarismo, ingresaron en su momento a la nueva coalición que iba a dirigir los destinos del país. Concertación, se llamaba. A poco andar, se percataron que los efluvios de la traición hacían estragos en las filas dirigenciales, pues el antiguo enemigo se había constituido en socio, y peor aún, en patrón, en mandante. Comenzó entonces la diáspora izquierdista, y poco a poco se fue delineando una especie de archipiélago político conformado por decenas de pequeñas islas, cada una con pretensiones de liderazgo pero acompañada de base exigua en lo numérico.

Al frente, a cargo de las riendas de los partidos que formaban parte del bloque mayor, estaban los viejos estandartes dirigenciales, esos que buscaron en el silencio e inmovilismo la protección de sus intereses particulares, y que regresaron a la arena política mostrando una postura ideológica que borraron con el primer billete que el antiguo adversario les ofreció.

Ellos son los llamados “izquierdistas de orilla”; sus principales dirigentes provienen de las riberas del capitalismo europeo, de las márgenes socialdemócratas de Italia, España, Alemania y Francia, así como del estornudo final de la perestroika y la glasnot impulsadas por Gorbachov y la mafia rusa. Es lo que el río bota y deposita en sus márgenes en calidad de basura y porquerías.

Para estos ‘izquierdistas de orilla’ (‘renovados’, les llamó el adversario de otrora), la corruptela, el amiguismo, el familisterio, el clientelismo, la traición y el aprovechamiento de información privilegiada no constituyen delitos, pues según ellos (y en esto tienen razón) el sistema neoliberal no puede funcionar -ni permanecer en el tiempo- sin la presencia activa de esas características. A esas cuestiones representan muchos de los actuales dirigentes de la Nueva Mayoría, mismos que la derecha insiste en tildarlos de ‘izquierdistas’, pues de esa forma se mantiene a gran parte de  la población con el convencimiento de que el bloque gobiernista es una coalición de…¡izquierda! No lo es, lo sabemos, pues más bien se inscribe en las filas de la centro derecha, prima hermana de la derecha dura, aquella que le invitó a cenar en palacio y le dio migajas desprendidas de la corrupción y los negociados.

Así son, sin duda, los ‘izquierdistas de orilla’, renovados a la fe neoliberal y fantoches de su  capacidad de traición al pueblo, a sus ideales y a sus propias tiendas. Por ello, es el momento de exigir respeto y poner freno definitivo a tanto desprecio contra el pueblo emanado de las castas legislativas. De todas, y con justificada razón  de aquellas que dicen defenderlo.

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