Chile. Habla “puntito”, el nieto de Ana González al que la DINA dejó huérfano a los dos años

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Conversamos con Luis Emilio Recabarren Mena, el único de los cinco parientes de la fundadora de la AFDD que regresó cuando los agentes se los llevaron.

“Perdí el poder de hablar durante un mes”. Con dos años y medio de vida Luis Emilio Recabarren Mena fue detenido por la Dirección de Inteligencia Nacional, la DINA, junto a su padre del mismo nombre, de 29 años; a su madre Nalvia Mena, de 20 años y quien para entonces tenía 3 meses de embarazo, y a su tío Manuel, de 22. Puntito, como lo apodaron por lo “puntudo” de nacer el 27 de octubre de 1973, en plena dictadura, fue el único que volvió a la casa de su abuela Ana González, fundadora de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD), quien además perdió a su esposo Manuel, de 50 años.

A los 11 años Puntito abandonó Chile de la mano de su abuela materna. “Tenía un terrible dolor de dejar el país pensando que mis padres iban a volver y no me iban a encontrar”, recuerda Luis Emilio. En el contexto de la muerte de Ana González, desde Estocolmo, donde se radicó y consolidó como bailarín profesional, conversó con Politika sobre el secuestro en manos de la DINA, la desaparición de cuatro familiares, su visión de Chile y su abuela.

¿Qué recuerdos tienes de cuando fuiste detenido junto a tus padres y tu tío, cuando tenías dos años y medio?

Después de muchos años pude sacar memorias y tengo imágenes donde estamos en una sala, mi madre me está consolando como un ángel, y veo una imagen de un hombre, que no puedo identificar si es mi tío o mi padre, que está en el suelo. Esa es una imagen que saqué por terapia de arte y me salió un dibujo que tengo del subconsciente, y esa memoria la he trabajado. Tengo memoria de que me pescó un hombre y me dejó a una cuadra de la casa de calle Cantares de Chile, y en pleno toque de queda una vecina me encontró llorando y me llevó donde mi abuela Ana González.

Luis y su madre. Foto: Luis Emilio Recabarren

¿Cómo fueron los días y años posteriores a ese episodio antes de tu salida del país a los 11 años?

Los primeros tiempos después de la desaparición de mis padres no podía hablar, perdí el poder de hablar durante un mes. Me quedaba dormido llorando, como niño; fue muy difícil ese tiempo, desde los 2 años y medio hasta los 11. Mis abuelas frecuentaban la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, la Vicaría de la Solidaridad allá en Plaza de Armas, ese era un lugar donde en las tardes siempre íbamos para encontrarnos, con mi abuela materna -que es la que me crió-, pero también me encontraba mucho con mi abuela paterna (Ana González). Y ahí jugábamos con los niños, que eran hijos de detenidos desaparecidos también, conocíamos otras madres. En los colegios no podíamos hablar, no podía casi mencionar que yo era Luis Emilio Recabarren, me preguntaban si yo tenía alguna parentela con él y yo decía que no por la represión; muchos profesores eran casi fascistas, entonces había así como un miedo de niños.

Era el tiempo de la dictadura, crecí entre manifestaciones, con la perspectiva de niño siempre, no alcanzaba ni a las caderas; pero con un sentimiento en común siempre con todas las manifestaciones de la Agrupación, iba siempre con mi abuela, y siempre eran manifestaciones en paz. Crecí en la agrupación, a veces las viejas ni me reconocen ahora de adulto, pero yo las conozco, a la Toyita, a la Viviana, la familia Vivanco -son muchas y yo me crecí con ellas-, la tía Pola.

El horror -ya que estamos en Halloween-  es sentir que uno como huérfano, aunque tenga a su abuela y su familia muy a su alrededor, no quiere estorbar, quiere comerse toda la comida, portarse bien porque uno está en tránsito. Incluso como niño, yo pensaba ‘no, yo me tengo que arrancar’, y encontrar mi destino solo. Esos eran los pensamientos de niño que tenía.

“Hasta que me muera yo los voy a buscar”

Padre de Luis. Foto: Gentileza Luis Emilio Recabarren

¿Qué reflexión haces ahora, que ya han pasado bastantes años, de lo que le ocurrió a tus padres? ¿Qué lectura de país de ese momento haces a partir de la historia de tu familia?

Cuando salimos de Chile, y yo tenía 11 años, me pescó una persona en la Aduana y me dijo ‘tú no eres bienvenido’. Y mi abuela no alcanzó a escuchar eso, que se lo dijo una adulta a un niño de 11 años. Ese tipo de comentarios refleja mucho lo que estaba pasando y Chile todavía es así. Está polarizado y se justifican todos estos crímenes que han ocurrido. La sociedad funciona así. Uno para poder justificar los crímenes y las injusticias se crea una barrera para no tener empatía con su propio hermano compatriota. Los nazis lo hicieron a otro pueblo, de “otra religión” -me refiero al pueblo judío-; en Chile este fascismo lo que hizo fue demonizar a una madre embarazada de tres meses y medio, y conmigo con dos años y medio, mi padre tenía 29 años, mi madre  21… entonces se quiere demonizar una idea para justificar un crimen y eso está todavía vigente. En las crisis que han existido en el mundo y que siguen existiendo, se usan estos métodos.

Chile para mí es una paradoja porque lo que me causó es un infierno perpetuo, un luto perpetuo, un trauma que yo solo lo he tenido con mi familia; al igual que miles de familiares de detenidos desaparecidos que están en Chile. Ese trauma, la política chilena lo vendió. Con ese pacto de silencio entre la Concertación y los militares, los fascistas. Nuestras viejas están muriendo y todavía la justicia no ha llegado a ejercerse concretamente. No hay otra explicación. Dicen ‘no, todavía no podemos encontrar a los criminales, los violadores, los torturadores’, pero la gente sabe exactamente. Yo creo que hay un tipo de statu quo donde se están defendiendo, ocultando las verdades. Pero la variable es el tiempo. Ahora mi abuela muere, yo tengo hijos, esto es una lucha de generaciones. No va a haber un día en que yo pare, hasta que me muera yo los voy a buscar de una u otra manera, y no es una forma de venganza, sino que una forma de justicia. Es lo que se tiene que hacer, lo correcto es lo correcto, es un estado cívico de ley.

A pesar de este escenario que me describes, ¿tienes la esperanza o la convicción de que tú o las próximas generaciones de tu familia sabrán finalmente toda la verdad sobre lo que pasó con sus seres queridos?

La esperanza es lo último que deja al humano. Te puedo contar una anécdota. Por ejemplo, cuando nosotros salimos de Chile, a los 11 años, tenía un terrible dolor de dejar el país pensando que mis padres iban a volver y no me iban a encontrar, y se podían perder. Ese era el pensamiento de niño que tenía. Estaba contento de conocer otro país, de andar en avión, pero después tenía una tristeza de dejar el país porque no iba a tener la posibilidad de saber dónde estaban, quién se los llevó. Cuando Karla Rubilar (N.del.R: cuando era presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados en 2008), responsable entonces de Derechos Humanos, dice que mis padres estaban en Argentina -yo le cuento esto a la gente en Suecia y me dicen ‘¡y ella es responsable de Derechos Humanos!’ Sí, les digo, así es mi país bananero-, me llaman a las 2 de la mañana y yo medio despierto me demoro cinco segundos en entender y me puse feliz. Claro, era mi fantasía de que mis padres estaban vivos, ¡por fin los iba a encontrar! Pero después de estos cinco segundos volví a la pesadilla eterna que he tenido toda mi vida y me di cuenta que solo era una manipulación de las cúpulas de los partidos estos de derecha, que son fascistas, los podemos identificar así con los criterios europeos que existen.

Estoy ciento por ciento seguro que algún día vamos a saber completamente la verdad de lo que pasó con nuestros padres. Creo en el karma, creo en el amor, y todas esas cosas son energías que dejan pensar y luchar por una vida. Y estos criminales, de una u otra forma, van a fallar, porque el odio carcome, y en esa falla se va a saber quién fue.

Foto: Gentileza Luis Emilio Recabarren

¿Por qué decides quedarte en Estocolmo, lejos de Chile?

Estuve en Chile de los 17 a los 18 años más o menos. Traté de volver, hallé el país terriblemente polarizado, cada día me recordaba -mucho más que si estuviera en Suecia- la desaparición de mis padres por unos ideales de una sociedad mejor, y cuando yo sentía que un 50% del país era terriblemente… yo me preguntaba, ¿valió la pena?, ¿por este sistema neoliberalista que impusieron en Chile, con todas sus injusticias? Veía cómo se comportaba la gente, en los buses por ejemplo una mujer embarazada vendiendo heladitos Panda y el micrero ni le paraba a esa mujer embarazada. Son valores que no los podía absorber, que son de otro mundo. Aquí en Suecia no es Bilz y Pap, se trabaja mucho, hay un esfuerzo de todos, responsabilidades, pero hay valores universales de los Derechos Humanos; hay clasismo también, como en todos los países, pero yo sentía que Chile era una sociedad hecha tira, sus formas de valores, y eso me hirió mucho, sentía una gran pena. El sistema educacional, el sistema de medicina, hay tantas cosas que te podría hablar, y esa es la infraestructura del país. Después llegamos a las cosas morales, éticas, y es un shock cuando uno crece afuera y llega a Chile. Claro, uno siempre lleva el calor chileno, el alma, el huevear, el pasarlo bien, pero hay cosas que después uno como adulto valoriza mucho. Además, yo me eduqué y trabajé mucho alrededor del mundo, y después me eduqué de nuevo e hice familia y ahí se te hace un poco más difícil pescar las maletas y viajar.

Cuando Pinochet cayó en Londres hubo un movimiento internacional -hay un millón de chilenos que salieron del país en el exilio-, un movimiento solidario tremendo y eso es una era de los ’70 que queda en los chilenos que estamos afuera, un tipo de común denominador que tenemos, solidario, y eso yo sé que también está en Chile. Por eso te digo que es un país tan polarizado, donde hay un anhelo de una sociedad mejor, con igualdad, con derechos. El sueño que tenía Chile era ser un país como Suecia, tener un sistema con bienestar, con empresas pero con valores, que trata de disminuir la pobreza, el anabalfabetismo, todo eso que Allende trabajaba.

La abuela Ana, una matriarca

¿Cómo recuerdas a tu abuela Ana? ¿Cuáles eran las cosas que la hacían una mujer tan especial?

Era una mujer excepcional. Ella te miraba y te conocía toda tu alma. Si andabas escondiendo algo, si llevabas un peso, ella te miraba y lo sabía al tiro. Es una mujer que celebraba la vida en forma de rescatar cada momento en que estábamos juntos, y nos enseñó a ver esas cosas de la vida, la felicidad. Era una matriarca total. Una mujer muy contenta, te hacía reír, tenía un carisma muy especial. Te daban ganas de darle un abrazo, un beso, por la forma de ser. Una mujer sin ‘juegos’; hay muchas personas por ejemplo que andan molestos con algo, y ella te lo decía al tiro, no escondía nada, jajaja, y esas cosas me las enseñó y las trato de cristalizar en mi familia, en mis niños, en mis amigos, decir las cosas como son, los sentimientos. Apreciar la vida, el amor por la vida, el cantar, el bailar, la música, todas esas cosas. Una mujer muy feliz y a la vez con una tristeza, pero no que te dejaba bajoneado. Ella decía ‘yo quiero llorar a mares’, pero nosotros siempre lloramos en silencio, en las últimas horas de la noche; uno no pasa el luto de decir este es el final, tenemos un entierro, porque eso es lo peor de la desaparición, es un luto perpetuo.

Una de las razones por las que me hice bailarín fue por mi abuela, ella me matriculó, me hizo levantar los ojos y explorar mi potencial como bailarín, que tenía el arte en mí, y después llegué a Suecia y entré a la Escuela Real de Ballet, al Municipal de Suecia.

¿Qué crees que fue lo que mantuvo en pie y con esa alegría y ese amor por la vida a Ana, aun cuando tuvo que enfrentar la desaparición de cinco de sus seres queridos?

La fuerza que tuvo yo creo que la tenía de la familia Recabarren, de los bisnietos que han estado alrededor de ella en Chile, de sus amigas, de sus compañeros. Su energía, su bencina, era su entorno Recabarren y tanta gente cariñosa que la rodeaba, y también sus seres queridos desaparecidos. Yo creo que eso la hacía fuerte, pero también hay que pensar que tenemos la misma estructura de cómo afrontar las crisis, los problemas; a veces damos una imagen muy fuerte o muy alegre y después en el silencio, en la soledad, intentamos buscar la fuerza de nuevo para seguir día a día. Yo creo que es algo que hacemos todos los parientes de detenidos desaparecidos. No hay otra opción que no sea luchar por la vida.

Ana González. Foto: Gentileza Luis Emilio Recabarren

Cuando bailaba viajé por diferentes partes del mundo, incluso viajé a Israel, viví ahí y conocí a la fundadora de la compañía de danza en Israel, quien era sobreviviente de Auschwitz, y ella era igual que mi abuela, igualita, ¡una sonrisa, un vigor de vida! Mucha gente que ha vivido el genocidio, las generaciones de israelitas, entienden que tienen que jugársela, porque no hay otra opción que celebrar la vida. O sea, yo tenía ese mismo anhelo de que si han desaparecido mis padres, si han muerto por ideales, yo también tengo que tratar de ser lo máximo posible. Claro, no es fácil esa lucha. Yo creo que quienes pasaron por lo mismo que pasó mi abuela, quieren recibir energía de los niños, de los parientes, de los amigos. Yo creo que en un mundo tan cruel, para estar sobreviviendo tenemos que involucrarnos con un círculo muy positivo y apreciar la vida.

¿Cómo observas a nuestro país hoy? En una entrevista en El País de España, Ana González sostuvo que “Chile está como lo pensó Pinochet”. ¿Compartes esa visión?

Opino como decía mi abuela. Se trata de cómo uno puede insertar un sistema neoliberalista a una sociedad donde ha existido una democracia por 50 años; la empatía que había se derroca. Se hace como Pinochet quiso y la derecha quiso. La derecha lo hace de manera global, está pasando en Europa. La derecha dice que ellos no tienen la misma inteligencia, la misma capacidad; nosotros, de la clase alta, somos los que tenemos otras condiciones, otros valores. En el sistema neoliberalista se quiere un mercado libre, sin regulaciones, donde se vendan todos los intereses del Estado, y eso lo lograron en Chile. ¿Y cómo lo lograron? Con una estrategia donde se apunta a la empatía y a la solidaridad y se dice “eso no es bueno, porque no es bueno para mi bolsillo, me afecta”.

Luis Emilio Recabarren

Entonces el populismo que Donald Trump usa -y por eso ganó las elecciones en Estados Unidos después de la crisis más grande desde los ’30- ahora también lo practican en Brasil, en Francia y también está pasando en Alemania, en Finlandia, e incluso en Suecia. Tú puedes legitimar una doctrina de shock si tienes una crisis, para meter el sistema neoliberalista. Y en Chile lo hicieron identificando y apuntando a un grupo de idealistas que querían una mejor sociedad, igualdad, una que afecta a las familias más poderosas. Y ahora lo justifican diciendo que tienen la economía más fuerte de Latinoamérica, lo que es relativo, de acuerdo al promedio con el que se mida la riqueza, por educación, por ascenso social. Entonces pensando en el sistema que tiene Chile, claro que ganaron. El estrés de la gente no les permite reflexionar sobre valores, éticas, morales. Somos ricos en lo cultural, en música, danza, pero ha habido un lavado de cerebro colectivo. Es mi experiencia de Chile, la que puedo comparar con diferentes países. Las llagas de la dictadura yo creo que son muy grandes en Chile. Se puede comparar con España después de Franco, donde también quisieron meter debajo de la alfombra los problemas. Y aún hoy -yo viajo a España, tengo amigos allá- el fascismo está latiendo. Las secuelas se demoran en desaparecer. Y el odio no para. El conflicto de Israel y Palestina, por ejemplo. Es un círculo vicioso. Estaba la gente que quería un diálogo, pero ellos no tenían la voz, no eran el mainstream.

Y yo no me veo solamente como chileno. La nacionalidad es donde uno tiene a sus seres queridos. No me identifico con valores nacionalistas. Sí con valores humanos, éticos, donde se defiende al ser humano, a su libertad.

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