Publicado en: 19 octubre, 2015

Chile: Equis

Por Daniel Pizarro / Politika

Hay un hombre volviendo con un bolso en el metro. Volviendo de lo mismo de siempre. En el bolso pesan sermones, rituales, fastidio. Su compañero de trabajo lo resume así: Puras mentiras. Como si vinieran de un circo donde está por verse quiénes son espectadores y quiénes los payasos. Y así se despiden en una […]

Hay un hombre volviendo con un bolso en el metro.
Volviendo de lo mismo de siempre.
En el bolso pesan sermones, rituales, fastidio.
Su compañero de trabajo lo resume así:
Puras mentiras.
Como si vinieran de un circo donde está por verse quiénes son espectadores y quiénes los payasos.
Y así se despiden en una estación. Cada cual con un bolso de mano.
Como espectadores payasos.
Todo está en los contratos del mundo firmados hace tiempo.
Dos hombres vuelven del trabajo.
Uno sale con los niños a la plaza. El otro se queda solo.
No imagina el primero lo que está ocurriendo con el segundo, mientras juega a la pelota con sus hijos. Por supuesto que no.
En la noche explota una bomba. Es la bomba de sueño, que barre al primero del mundo. Y deja un hueco que el día volverá a rellenar.

Este mismo hombre encuentra al despertar un mensaje en el teléfono. Es el otro hombre:

Se murió mi hija preciosa

Entonces este hombre, al otro hombre, no sabe qué decirle. Si llamarlo. O escribir. O aparecer por la iglesia donde será la misa. O escapar.
El mensaje es el día anterior, once diecisiete de la noche. Ya había explotado la bomba del sueño.
El hombre escribe.
Y luego llama.
Y más tarde aparece en la iglesia.
El otro está apegado a un muro exterior. La conversación es brevísima. El hombre que venía en el metro con su amigo y compañero sabe que se despidieron a las cinco de la tarde del día anterior; y ahora también sabe que la ex mujer llamó al otro hombre a las seis de la tarde y le dijo que su hija no despertaba.
Ahora sabe que el otro hombre tomó el auto y lo dejó botado en cualquier calle porque el tráfico no quería avanzar.
No sabe más, y no pregunta nada más.
Sabe de la niña.
Tenía quince años y estaba en silla de ruedas.
Había nacido con un daño cerebral. Los médicos le dieron horas de vida pero ella vivió quince años. Aunque no pudo caminar, habló. Dijo que quería ponerse de pie. Con rabia y con esperanza.
Habló. Este hombre la oyó varias veces al teléfono, dos días antes fue la última. Este hombre no entendió nada pero el otro lo comprendió todo.

Este hombre, el mismo, le había dicho al otro por teléfono:
Está descansando en el cielo.
¿Tú crees?, dijo el otro lleno de dudas.
El primero no creía en el cielo; pero el segundo sí.
Y el cura habló en la iglesia.
Dijo: que no hablaría de lo más obvio. Lo más obvio es que ella se encontraba mejor que todos los presentes en la iglesia. Sus piernas se movían libres pero no hablaría más de ello, sino de lo otro.
Lo otro es que cada día fue un regalo, gracias a los médicos y contra sus pronósticos. Pero, sobre todo, gracias al amor de los que estuvieron cerca.
En sus vestiduras sagradas el cura dijo que la niña vino al mundo para despertar el amor de quienes estaban alrededor, vino a removerlo con una cuchara, les revolvió el corazón y se los mantuvo despierto quince años, batiéndola.
No dijo el cura por qué soltó de pronto la cuchara. Por qué se detuvo un día equis del mes equis, a una hora equis. Eso sólo lo sabe el Señor.
Y si esto es una historia, tampoco nadie sabe cómo terminarla.
Únicamente el señor equis.

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