Publicado en: 23 agosto, 2018

Chile. En política no es bueno lo que cuenta el viento

Por Arturo Alejandro Muñoz

Hay algo en el ambiente que llama a la alerta temprana. En la atmósfera política ha comenzado a construir su nido el mismo bicho que ovó sus iras hace más de medio siglo.

Lo que usted leerá a continuación no cuenta con datos duros, resultados de encuestas ni estudios sociológicos específicos. Las líneas siguientes obedecen a una mera intuición del suscrito, el que ha vivido en cuerpo presente varias etapas de la historia política de nuestro país, desde el fracaso de la misión Klein-Saks con Carlos Ibáñez del Campo, pasando por eventos como la intromisión (con fórceps) del ’cura’ de Catapilco, el “Naranjazo” curicano que sacó de carrera al candidato derechista en la elección de 1964, la revolución en libertad, de Frei Montalva y, por supuesto, los mil días de la Unidad Popular y los 17 años de dictadura cívico-militar.

Hay algo en el ambiente que llama a la alerta temprana, y a muchas personas les parecerá haberlo experimentado hace algún tiempo. En la atmósfera política ha comenzado a construir su nido el mismo bicho que ovó sus iras hace más de medio siglo. Lo hizo en pleno gobierno democristiano de Eduardo Frei Montalva.  ¿O ya olvidamos la intentona golpista del sempiterno general sedicioso, Roberto Viaux Marambio?

Es dable asegurar que la “gran división” experimentada por Chile comenzó precisamente en esa época, durante un gobierno tibiamente modernizador que pretendió avanzar por una línea política separada de las dos grandes vías que operaban en plena guerra fría: derecha e izquierda, vale decir, ni capitalismo ni socialismo. En un abrir y cerrar de ojos, aquella tienda proveniente de la juventud del partido Conservador y de la Falange española  se fracturó dando origen al MAPU (Movimiento de Acción Popular Unitaria) y posteriormente a la IC (Izquierda Cristiana), quienes fueron a engrosas las filas de la Unidad Popular, conglomerado que llevaría a Salvador Allende –y a la izquierda socialista- a La Moneda en septiembre de 1970.

En esos avatares resurgió el fascismo que la derecha había semi ocultado desde finales de los años 30 y que mantenía bajo siete llaves a la espera de la oportunidad perfecta para reavivarlo, por cierto, pensando siempre en la posibilidad de golpear el tablero y acceder a la toma del poder mediante las armas, cuestión que le aseguraba el silencio y ahogo de cualquier tipo de oposición. Tanto la beata y conservadora  agrupación llamada FIDUCIA como la nacionalista-fascista Patria y Libertad, salieron a escena dispuestas a convertir Chile en una especie de paraíso capitalista y vaticano. Obviamente, lo lograron;  el golpe de estado de 1973 y los 17 años de dictadura lo confirman.

Una vez retornado el régimen democrático y conocida la saga de asesinatos, torturas, persecuciones y detenciones arbitrarias cometidas por agentes del estado –esto hay que decirlo sin ambages ni dudas- no hubo justicia, en absoluto la hubo. Por el contrario, aquellos que aplaudieron los crímenes, continuaron aguijoneando a la sociedad civil con una defensa a ultranza de los victimarios.

La herida quedó abierta…y supuró…hasta hoy, momento en el que los viejos odios, y las desbocadas iras, vuelven a imponer sus términos en esta inacabada transición que amenaza recoger las antiguas vicisitudes que en su momento alimentaron el quiebre de la sociedad chilena. Pero, esta vez, la culpabilidad de una posible fractura social recaerá tan sólo en uno de los actores, no en todos, sino exclusivamente en uno, la derecha. Y con mayor exactitud –como bien dijo un querido profesor- en la derecha de la derecha dura.

Parece insólita esta afirmación última, pero existe un referente, al menos en Chile. Los predadores del pasado están esforzándose no sólo en regresar con toda su argamasa de clasismo, violencia y locura, sino también ataviados de un racismo que es inmanente a sus equívocas pretensiones de superioridad racial, intelectual y económica. Esa punta de lanza que hoy muestra la derecha dura, está conformada por noveles vástagos del fascismo de antaño, aquel que bandereaba el grupo ‘Patria y Libertad’ y que hoy, en un claro intento por obnubilar a la gente, pretenden disfrazarse de insignes defensores de la democracia y de la patria.

Y la ‘otra’ derecha, la que supuestamente hoy gobierna, calla, acepta y, quizás, acata.  ¿Por qué? ¿No le basta a los representados por la UDI, RN, Evóplis y el resto de los colgajos pertinentes, con todo lo que ya tienen? ¿Qué más desea –que ya no tenga- ese sector de la política chilena?

La derecha es propietaria –casi sin oposición- de la prensa, la salud, la educación, la economía, la banca, el comercio nacional e internacional, la legislatura, el agro, la tarea fabril, los bosques, el mar, las pesqueras, los minerales, las sanitarias, las carreteras, el transporte,  los puertos, los clubes deportivos profesionales,  las fuerzas armadas, la justicia, la policía, la previsión social, el tribunal constitucional, las iglesias, los cementerios, los bosques, las islas, los glaciares, los ríos y lagos… ¡pero, no está satisfecha! ¡Quiere más! ¡Quiere el poder absoluto, total!, y ojalá sin la existencia de las más  mínima oposición, la cual –de haberla o de asomar la nariz- sería sancionada “al viejo estilo”.

Por ello es posible sospechar que el susurro del viento trae malas nuevas en política. Los de antes han vuelto a las andadas… y esta vez –aunque parezca imposible- tienen mayores probabilidades de éxito que antaño, pues cuenta a su favor el hecho que la mayoría de la gente no está interesada en la cosa pública y además sindica a los políticos como responsables del desorden en la economía y en el aumento de la delincuencia, asuntos que la derecha se ha encargado de pontificar urbi et orbi a través de los medios de información que posee (vale decir, casi todos), y que conforman lo que hemos llamado “la prensa canalla”, misma que insiste en hacer comulgar a los chilenos con una afirmación que constituye la más soberana de las mentiras, cuando se privilegian declaraciones de connotados ex pinochetistas y ex altos funcionarios del régimen cívico-militar asegurando ser (y haber sido) demócratas sin fronteras, cuestión que se derrumba al primer envión ya que ellos mismos propiciaron el golpe de estado y luego, muy orondos, trabajaron de plácemes para una de las más feroces y sanguinarias dictaduras habidas en nuestro subcontinente.

Bien, pues… esas mismas personas –además de sus vástagos políticos- están de regreso. Pero, a diferencia del ayer, esta vez encuentran un terreno más que propicio para sus planes, ya que la izquierda, la vieja izquierda, está convertida en un archipiélago de referentes y grupos, destazada –fíjese usted querido lector cuán doloroso es esto- por muchos de los mismos náufragos que el pueblo rescató luego del golpe y la persecución.

Por ello, en política no es bueno lo que hoy cuenta el viento.

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