Chile. El problema del Estado: El Estado mercancía (II)

Publicidad

Pareciese entonces que efectivamente el capitalismo pudiese moverse por inercia ajeno a la producción de valor. Sin embargo, la lucha de clases, el plan de las grandes potencias imperialistas para destruir Estados y sociedades llevándolos a la condición de mini Estados con carácter de enclaves -ahí están las crisis de migración mundial desde el campo a la ciudad, desde los países arrasados por la guerra hacia las sociedades «desarrolladas» de Europa y EE.UU-, las furiosas y cada vez más frecuentes crisis económicas, la aparente fatiga del sistema capitalista para hacer crecer la producción de masas de medios de producción, lejos de representar un capitalismo monopolista en decadencia, representa por un lado, la agudización contradictoria de los propios mecanismos de ajustes del sistema para refrenar las tendencias y la configuración mundial de condiciones históricas objetivas para el socialismo, engendradas por el despliegue y contradicción de las mismas leyes de desarrollo capitalista. En este sentido, el aumento de la masa mundial de explotados asalariados y el recrudecimiento de la lucha de clases, no hablan de un sistema capitalista monopolista en decadencia, sino de un sistema capitalista que se sostiene gracias a la ley del valor pero que se desestabiliza gracias a sus contradicciones internas, tejiendo las condiciones históricas opuestas para su propio camino de destrucción. Es que no puede ser de otra forma, la crisis de productividad mundial se debe al aumento histórico sin precedente de la masa de explotados asalariados responsables a su vez no sólo del aumento de la masa de plusvalía sino del incremento de la masa de capital, tendencia histórica que no es posible disociarla del agravamiento de la lucha de clases. Estos procesos profundamente imbricados torna en un absurdo la idea de que el sistema pueda funcionar sin producir valor, engrosando el consumo de una gran clase parasitaria de trabajadores ligada a los servicios y las funciones del Estado ajenos a la valorización del capital global en su conjunto.

Al distinguir entre proceso de trabajo y proceso de valorización, algunos podrían deducir que en cuanto proceso de trabajo, las funciones del Estado son neutras, derivándose de ello la posibilidad de disputar en la dimensión política la conducción del Estado. Esto funcionaría muy bien si estuviésemos hablando del Estado como un ente puramente jurídico, abstracto, ahistórico. Sin embargo, cuando hablamos del proceso de valorización del capital, estamos hablando de un proceso histórico especifico sustancial al capitalismo, por lo que el Estado que surge en dicho proceso de valorización no puede ser otro sino el Estado capitalista burgués, el producto en cuanto forma y contenido del dominio de una clase sobre otra. Esta lucha de clases no es posible si no existe valorización del capital; a su vez, las condiciones histórico y políticas que separan al proceso de trabajo y al proceso de valorización no es posible configurarla sin la preeminencia del Estado con un claro contenido de clases. Dicho esto, la distancia entre lo público y lo privado desaparece, la dicotomía entre el deber y el placer se esfuman, los negocios y la entretención todo se convierte en Mercancía. El hada que les convierte se llama proceso de valorización del capital y en él, aparece como mercancía el propio Estado. Con este eje vectorial, toda acción político estatal se inscribe como mecanismo de valorización del capital, con todas las contradicciones que esto supone. Cuando sostenemos que el Estado se presenta como una Mercancía, abordamos de lleno la aparente contradicción entre violencia y ley del valor. Es el Estado el que expresa como condición fundamental del capital, el ejercicio de la violencia, la coacción y coerción, condiciones básicas a su vez para la propiedad privada capitalista. El Estado es una Mercancía y en tanto mercancía revela una relación social enajenante y alienante para quienes venden su fuerza de trabajo en cualquier órbita o momento del proceso social de producción en su conjunto. Las imbricaciones entre el proceso de valorización del capital y el Estado alcanzan también a su relación con la renta de la tierra. Como entidad que expresa los intereses de las distintas fracciones dominantes de la burguesía local, el Estado intenta apropiarse de una renta diferencial a partir del mercado mundial de materias primas y recursos naturales, logrando así obtener ganancias extraordinarias por sobre la ganancia media o normal, alimentando de paso, la formación de capital ficticio. Pero, en tanto materialización de la violencia político-ideológico a nivel local o regional, el Estado asegura las condiciones históricas para la preeminencia de la propiedad privada sobre los medios de producción en general y de la posesión y goce de los recursos naturales y materias primas en particular configurando la base para la renta absoluta. Y, hay otros procesos concomitantes también como por ejemplo el crecimiento abultado de la deuda pública que la economía política burguesa no sabe explicar y recrimina, pero al mismo tiempo la burguesía la estimula y favorece.

Llegado a este nivel conviene comprender al “Estado-Mercancía” desde los procesos de enajenación y alienación. A través de sus investigaciones, Marx sostiene una diferenciación entre enajenación y alienación. En cuanto proceso de trabajo material, la enajenación consiste en la separación del trabajador respecto de la propiedad de los medios de producción, o dicho de otro modo, en el divorcio entre el trabajador y las condiciones histórica en que realiza el proceso general de producción. Marx, lo define así, “¿En qué consiste entonces la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo, arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo, fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo”. En consecuencia,  “El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas.”. De aquí emerge, la raíz para comprender la alienación. En cuanto proceso de valorización, la alienación consiste en la creación de una falsa conciencia que permite atribuir el mundo de las mercancías por ellos creados así como los tiempos de trabajo y la propia personalidad del trabajador, como justa, natural y legítima propiedad y parte constitutiva del empresario o burgués. En el proceso de valorización del capital que engendra a su vez la alienación, ocupa un rol fundamental y determinante el entramado de componentes que configuran la hegemonía, partiendo por el más clásico proveedor de falsa conciencia, el Estado. En este sentido, el Estado burgués en tanto sostén primario de la propiedad privada y del fetichismo del dinero, se convierte en la institución por excelencia que cristaliza la alienación, que impide la capacidad de reconocimiento del sujeto, obligando a este a pensar por fuera, por encima  del proceso productivo, los elementos mentales y de conciencia. Mario Monge lo explica del siguiente modo, “No puede haber reapropiación del ser genérico humano si no hay reapropiación del objeto por el sujeto, pero esta reapropiación es imposible sin la perspectiva estratégica de la realización del ser social del hombre, la revolución socialista y la expropiación de los expropiadores. Que no puede identificarse con una “fase” estatal, sino con la supresión del Estado, la propiedad (posesiva o no posesiva) y las clases sociales (Lenin, El estado y la revolución). De otra manera entraríamos en una contradicción de la concepción de Marx del hombre: humanizar la naturaleza y naturalizar la humanidad.

Por lo tanto, el problema del Estado no puede ser disociado del proceso general de producción capitalista. El problema reside en el acceso a la infinitud de mercancías producida por el sistema capitalista basado en la valorización del mundo de las mercancías por medio de la explotación a la fuerza de trabajo. Luego existen tres formas para acceder a ese mágico mundo de las mercancías:

  1. La apropiación privada mediante el consumo facilitado por el capital financiero a través de un profundo entramado de endeudamiento: se accede fácilmente al mundo mágico de las mercancías siempre que se haya adquirido ciudadanía mercantil. Para tal efecto el trabajador debe mostrar “buen comportamiento”, es decir ser dócil a los designios de los dueños del capital. Empero, cuando se pierde la ciudadanía mercantil y se interrumpe el acceso al maravilloso mundo de las mercancías, se produce tensión social, resentimiento, en algunos casos forzando los mecanismos de autocontención (me refiero a las conductas ascetas de ecologistas, veganos, hippies, etc). En este paisaje, la delincuencia aparece como un mecanismo espurio e ilegal de acceso a las mercancías, pero válida y legítima desde la individualidad trastocada por la enajenación social producida por el mismo capitalismo. La disociación social producida por el capital enfrenta entre sí a los poseedores de ciudadanía mercantil y los que la perdieron o no la tienen. El “enojo” de los ciudadanos frente a la barbarie de la delincuencia es un campo fértil para los discursos cuasi fascistoides. Los ciudadanos, que ven el mundo desde el consumo individual, esperan que “alguien” –un individuo, una institución, un “otro”- les proteja, les sustituya en el ejercicio de la autoridad y el castigo, cerrando las puertas ilegales de acceso a las mercancías mediante la delincuencia.
  2. La apropiación regulada y suministrada por el Estado Social de Derecho se trata de reglar y garantizar el acceso a la riqueza mediante un entramado de “derechos sociales” que empodera constitucionalmente a los diversos sectores de la sociedad. Aquí la ciudadanía mercantil no se consigue directamente sino por medio del Estado, por lo que la ciudadanía jurídica y pública (que no tiene necesariamente un carácter político) antecede a la ciudadanía del mercado.  Es en este cosmos que podemos inscribir al ciudadanismo.
  3. La revolución social: Imposibilitadas ambas componentes de acceso al mundo de las mercancías (Mercado y Estado), la sociedad realiza la revolución como ejercicio en que se soberaniza a sí misma, liberándose de las ataduras propias de la sociedad de clases, la sociedad autogobernada por sí y para sí misma,  termina con la separación respecto de lo político, por lo que la ciudadanía adquiere un carácter esencialmente político. A la vez que se le pone fin a la enajenación social producida por la propiedad privada del capital, la mercancía se convierte en disfrute del trabajo social sin mediar otra regulación más que las necesidades colectivas auto impuestas por la misma sociedad.

Es extraño, pero en las variantes I y II, se pretende que el Estado realice un ejercicio que choca frontalmente con el proceso de valorización del capital, un Estado-Ente, que se sitúa por sobre las clases sociales, que es capaz de regular el conflicto de clases. Bajo esta concepción el Estado es un espacio político dotado de cierta autonomía relativa o que el Estado debe ser valorado más allá de su carácter de clases a saber, en la dimensión orgánica y material de su funcionalidad. El Estado sería un terreno en disputa entre las distintas clases sociales. Y esto sería así porque el Estado sería un conjunto de recursos y bases materiales e ideológicas que le son propias y que no dependen de dominación política clasista alguna. Por consiguiente el Estado ve como su origen de clases va quedando atrás para, a medida que se fortalece su aparato burocrático, adquiriendo cada vez con mayor fuerza un carácter mediador en el conflicto social.

La conclusión a la que llegamos es diametralmente opuesta a la de nuestros teóricos post marxistas y “políticos” pos modernos: la burguesía y su Estado se han radicalizado, han profundizado y densificado el entramado institucional estatal para la ampliación del capital. Lejos de crearse un poder dual burgués para estatal, el Estado burgués se ha sofisticado y ha adquirido nuevas e inestimables funciones y contenidos para la clase burguesa y el imperialismo. La única salida posible es la revolución socialista.

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More