Publicado en: 28 febrero, 2018

Chile. El país que nos construyeron

Por Arturo Alejandro Muñoz

Las hermanas Lana y Lily Wachowski al realizar la trilogía “The matrix” no pensaban específicamente en que el sistema neoliberal pudiera convertirse en ‘civilización’… pero… está ocurriendo, y Chile es un triste ejemplo de ello

Si ha decidido leer esta nota le sugiero dejar de lado, asaz y efectivamente, los manidos conceptos de “izquierda y derecha”, pues las líneas siguientes pretenden horadar más profundo en la realidad, hasta topar con la epidermis de aquello que llamamos idiosincrasia.

Más allá de las entendibles razones históricas que señalan la ocurrencia de invasiones violentas efectuadas por europeos en América, desde el siglo XV hasta avanzado el siglo XX, Chile fue uno de los pocos territorios a los cuales la corona hispánica hubo de enviar soldados y funcionarios reales para avanzar en la conquista y colonización, ya que la ausencia de metales preciosos desincentivaba el interés de aventureros por acercarse a nuestro territorio.

En la mayoría de los otros lugares de nuestro continente, fueron los colonos quienes construyeron países y establecieron reglas del juego. Acá, en cambio, ello quedó a cargo de los ejércitos del rey quienes militarizaron estas tierras y establecieron normas y valores propias de la soldadesca y no de la civilidad.

Llos rufianes y aventureros civiles fueron reemplazados por los rufianes y agiotistas vestidos con uniformes, y por aquellos ‘nobles’ que portaban esplendorosas cartas de presentación firmadas por su majestad el rey. Como dato anexo: los actuales ‘milicogate’ y ‘pacogate’ no constituyen novedad histórica, pues ya en aquellos lejanos años de la conquista y la colonia, los oficiales de los ejércitos hispánicos en Chile se robaban el ‘real situado’ sin que nadie les juzgase, pues ellos, los ladrones, eran “la ley”… ¿simple coincidencia con la actualidad? Juzgue usted.

En resumen, nuestro país fue “ordenado” militarmente por esos ejércitos  y no por civiles, aunque tales ‘ordenadores’ resultaron tanto o más ladrones, asesinos y desquiciados que los civiles iletrados y desarrapados que llegaron desde Europa en procura de fortuna, y que en muchos casos, huían de sus patrias escabulléndole el cuerpo al garrote de la justicia.

En términos estrictos, esos soldados y sus familiares, transformaron la “Capitanía General de Chile” en una hacienda privada donde, además de estar constituida esta por tierras robadas a sus ocupantes originarios, contó con leyes impuestas por el patrón de turno, divinidad que se auto asignaba un lugar tan sólo medio peldaño más abajo del dios vaticano.

Y así continuó ‘construyéndose’ Chile, sin una participación mayoritaria y efectiva de la sociedad civil.

Hubo interregnos en este proceso, breves, enjundiosos, pero aislados y rápidamente combatidos por los dueños de la férula. Balmaceda y Allende sirven como ejemplo de lo dicho, pues cuando el pueblo (la gente, la civilidad) quiso ‘construir’ país desde la democracia, fue violentamente atacado.

“El sistema no se toca”; es la máxima imperante. Y tal sistema, hijo del militarismo real hispánico que arrasó con naciones originarias y robó tierras a destajo, lo aplican también los poderosos de hoy, de siempre. No era una falacia aquella frase pronunciada a finales del siglo diecinueve por un enriquecido terrateniente, comerciante y minero: Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo; lo demás es masa influenciable y vendible; ella no pesa ni como opinión ni como prestigio“. Eso sostuvo Eduardo Matte Pérezbisabuelo de Eliodoro Matte Larraín. Este último fue presidente del directorio de la Compañía Manufacturera de Papeles y Cartones (CMPC), involucrado directamente en la escandalosa “colusión del confort“.

Y llegó el momento de los ‘Chicago Boys’. Apoyados en las bayonetas impusieron las ideas de Milton Friedmann, economista que nunca pudo conseguir apoyo en el Congreso estadounidense  para aplicarlas en su  propia tierra. En Chile sí las aplicaron, aunque con un agregado: el salvajismo, ya que la receta instaurada en nuestro país sobrepasó los límites de la moral y la decencia al dejar establecido a fuego que el sistema neoliberal, para mantenerse en el tiempo, requería de corrupción, elusión de impuestos, tráfico de influencias y otras ‘maravillas’ similares, las que eran judicialmente aceptadas sólo si resultaban cometidas por empresarios, políticos y alta oficialidad de las fuerzas armadas y de la policía.

¿Nota usted alguna diferencia de fondo con lo acaecido hace algunos siglos? Por ello, quien suscribe estas líneas ha expresado en varias otras nota que en Chile el neoliberalismo –a paso veloz- está dejando de ser un “sistema”, pues tiende a convertirse en una “civilización”, lo que viene a ratificar ese comentario mencionado una y otra vez por muchos expertos en el tema: el neoliberalismo llegó para quedarse, y habrán de transcurrir muchas décadas para que abandone la escena. No se detiene allí este asunto, pues si ya estamos frente a una “civilización neoliberal” significa que el sistema se administra (se maneja, actúa) solo, por su cuenta y riesgo, y no requiere de políticos ‘iluminados’ ni atrevidos,  ni tampoco de osados díscolos. Para nada.

Así entonces, da casi lo mismo quien dirija el país desde el palacio presidencial, pues quienes realmente tienen las riendas son los de siempre… y actúan también como siempre. Si duda de ello, la solución es simple. Eche un vistazo crítico, sin anteojeras ideológicas ni partidistas, al quehacer del ejecutivo y del legislativo en las últimas tres décadas, y procure encontrar diferencias sustanciales, de fondo, que hayan apuntado a cambiar en parte el sistema de marras. Muy por el contrario, todas las medidas adoptadas por los distintos gobiernos desde el retorno de la democracia tuvieron por fin último el fortalecimiento del sistema.

Lo esencial de este, sin duda alguna, es el consumismo y el individualismo. La nueva “civilización” así lo exige, y ello se nota incluso en las formas de diversión que la sociedad neoliberal ha adquirido, poniendo énfasis –para cualquier interesado en el tema ello resulta primordial- en el contenido y propósito del mentado ‘divertimento’.

Gracias a unos escasos “interregnos” habidos en nuestra historia política, los chilenos lograron disfrutar de espacios culturales, artísticos y festivos que llegaron a brillar a gran altura. Incluso las noches de fines de semana tenían sabores, objetivos y colores distintos.

La vieja bohemia –desconocida por las nuevas generaciones- era activa aparte integrante de una realidad de esfuerzos, luchas, ambiciones, esperanzas, goce, amistad, intercambios intelectuales y culturales… es decir, era parte de la vida misma y de sus hedonismos. Pero, ello no le servía al sistema, o a la pseudo ‘civilización’, pues tales aristas emanaban de personas informadas, con sentido de crítica reflexiva, y lo que el sistema requería era gente no pensante, no opinante, obnubilada, desinteresada de las maromas y mentiras de las clases sociales dueñas del país.

Entonces, toque de queda primero, prohibiciones moralizantes después, una vez terminada la época de las bayonetas, el sistema –que ya había cerrado tempranamente puertas a la bohemia- abrió ancho campo al ‘carrete’. Este es un escapismo de acabo de mundo (como lo llama el académico y columnista Luis Casado), una copia desabrida de las bacanales romanas de la época de la caída del imperio, una fiesta sin (ni ton ni son) en la que su clientela procura cada noche mejorar sus marcas de consumo alcohólico y dependencia de drogas.

En el ‘carrete’ actual, la cuestión es “perderse” en el jolgorio sin dejar espacios, neuronas ni minutos para reflexionar sobre su propia existencia y, menos aún, respecto del país, su gente y su futuro. Es vivir en una alienación que no logra distinguir claramente -ni diferenciarlo-, el mundo real del mundo imaginario procreado por una especie de matrix del sistema.

Esta pseudo ‘civilización’ es la continuación mejorada y adobada del país que se nos ha construido sin que hubiésemos sido, alguna vez, consultados.

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