Chile: El Oasis de Ilusiones

"Donde tuertos y ciegos pueden ver lo que la corruptela política esconde"

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Si no experimentamos un Chile cognitivamente diferente al de épocas precedentes, no lograremos erradicar los fantasmas de un pasado hacendal y oligárquico, ni menos lograr una equidad social que represente la voluntad de todas y todos los chilenos


 

La libertad solo reside en los estados en los que el pueblo tiene el poder supremo. Cicerón

 

Todos los que gozamos de una memoria sana y sin mojigaterías políticas recordaremos aquel martes 8 de octubre del presente 2019, cuando un presumido Sebastián Piñera articulaba dificultosamente las palabras que harían realidad todos sus sueños de inmortalidad, trascendencia y fama internacional, me refiero a su gloriosa entrada al podio de los grandes demagogos del siglo XXI, donde este singular personaje de apariencia arlequina pero de talante falaz, afirmaba con un jocoso aire de certidumbre narcisista que: “En medio de esta América Latina, Chile es un verdadero oasis”, declaración que, paradójicamente días más tarde, lo sumiría en un elegíaco destino digno de haber sido narrado en las trilogías trágicas de Esquilo o en algún infausto pasaje de la prosa de Sade. Sin embargo, y en contraposición a lo que todos piensan, aquella vez el rey criollo de los lapsus linguae, no se equivocaba del todo, pues como bien nos enseña el psicoanálisis ‘el inconsciente siempre hace consciente la realidad del sujeto parlante’… Y es que es innegable que para nuestro verborreico presidente y toda su vilipendiosa manga de idiocrátas, Chile es realmente un oasis latinoamericano, un oasis del cohecho, de la impunidad, del desfalco (pregúntele a carabineros), de la evasión y por sobre todo, un oasis orgiástico del mercado, donde los ladrones de cuello y corbata, esos que no se arrugan en robar ya sea con la mano izquierda o con la derecha, se destacan por ser la filigrana corrupta más cara del mundo. De hecho, y para seguir con las reminiscencias, es saludable recordar que esta ominosa filigrana, la misma que se llenó la boca pregonando el haber ‘democratizado’ a Chile post ‘transición’, fue la que alimentó y dio fuerza a un poderoso neoliberalismo que, inteligentemente, hay que reconocerlo, ha reformulado la racionalidad interna del Estado, conminándolo a operar bajo una razón matematizante y mercantilizadora que ha destruido las viejas prácticas democráticas, legislando únicamente por y para el mercado y no para la soberanía popular. Y cómo no, si, tenemos el lujo de ser gobernados por uno de los hombres ‘ranking Forbes’ con mayor patrimonio económico sobre la faz de la tierra. Por lo que es claro que todo lo que se legisle será en favor de sus intereses, de lo contrario, él es el que pierde ¿Qué paradoja no? Un oasis que refleja desigualdades desde el mismísimo prisma gubernamental…

Ahora bien, volviendo a la raíz del problema, una de las consecuencias inmediatas de este tipo de racionalidad mercantilizante es la dramática alteración semántica que transforma al gobierno en gobernanza, lo que directamente implica que el Estado opera bajo el imperativo categórico de construir a las personas bajo el molde administrativo de una empresa; es decir, gestiona, más no gobierna.

En pocas palabras, Chile es el sumidero neoliberal más exitoso de toda Latinoamérica, aquí cuando se trata de mercado, como diría Feyerabend, todo vale; esto lo podemos comprobar empíricamente al analizar cómo nuestra gobernanza gestiona la crisis social implementando medidas económicas de corte neoliberal a una problemática coyuntural que demanda urgentes reformas educacionales, sociales y culturales. Precisamente esta es la particular racionalidad que ha triunfado en Chile: en este singular oasis neoliberal, toda conducta y emoción se mide en términos económicos de crédito, rentabilidad y consumo, solo basta observar cómo el pueblo chileno, pese a la evidente fragilidad económica y social del país, se desmoviliza para canalizar el estrés psicosocial de este histórico año comprando regalos navideños en los malls, o a través de la vorágine maratónica de ofertas provenientes del comercio electrónico, bondad inmaculada del cibercapitalismo. En base a toda esta compleja situación ‘psicopolítica’ digámoslo así, es clave preguntarse ¿Cómo enfrentamos el devenir social cuando la cognición con la que pensamos diariamente es parte del problema? Si todo el entramado social, incluyendo las prácticas deliberativas claramente sometidas a veto, se encuentran supeditadas a la rúbrica de este peculiar modelo económico y productivo ¿Podremos lograr cambios sustanciales?

Si bien son preguntas que requieren un tratamiento quirúrgico de pulso firme y directo, podemos partir despejando incógnitas con la premisa realista basada en la refutación de todo optimismo ideológico con respecto a la resolución de la contingencia nacional, lo cual es sumamente esencial a la hora de seguir luchando por lograr una profunda transformación política a nivel país; recordemos que el malestar social generalizado fue la fuerza emancipadora que nos catapultó a las instancias de cambio constitucional que hoy históricamente acontecen en nuestro país. Lo otro que debemos hacer todos los chilenos es volver a bañarnos, no en el oasis de la corruptela política, sino que en los caudalosos ríos de la cultura, pues tal y como la historia de las sociedades lo demuestra, en tiempos de paz, el arte y la cultura pierden su rumbo, se empantanan y finalmente se secan, sin embargo, es en tiempos de crisis y desconcierto social donde se re-politiza la soberanía civil, dando paso al desbordante renacer de la cultura en sus manifestaciones artísticas más variopintas. Ejemplo de ello, es la fuerte ciudadanización de la política, representada por eclécticos grupos sociales de abierto rango etario, sexual y económico, los cuales van desde sindicatos de trabajadores y gremios estudiantiles a poderosos movimientos de acción popular como la marea feminista, el movimiento No + AFP, o los incisivos órganos de resistencia territorial mapuche. Todos estos grupos sociales, de legítima naturaleza auto-constituyente, han jugado un rol fundamental a la hora de visibilizar y contrarrestar el ingente abanico de desigualdades sociales, políticas y económicas que, como pueblo mestizo sin identidad ni memoria, hemos debido soportar desde la formación señorial-occidental del Estado Nación Chileno. Ahora bien, para atenuar esta punzante desigualdad estructural de matriz imperial-neoliberal, y comenzar a forjar un Chile nuevo de raíz, libre de conservadurismos y vejaciones sociales, debemos plantearnos por lo menos dos objetivos tangibles a concretar, en la medida de lo posible, antes del ‘tecnocrático’ plebiscito de entrada. Lo primero que debemos conseguir por ahora, es ipso facto una plaza constituyente en la que mujeres y pueblos originarios garanticen su representación efectiva a través de cuotas y reglas de paridad que obliguen a los partidos políticos a legislar en igualdad de condiciones, contribuyendo así a una vida política unida, saludable y democrática, libre de prejuicios y atávicas discriminaciones propias de un inveterado pasado colonial. Por último, lo que el pueblo como órgano auto-constituyente debe lograr, es cambiar el sentido común del país, pues no sacamos absolutamente nada en plebiscitar una constitución nacional y vinculante si no deconstruimos nuestra forma de ser y estar en el mundo. Si no experimentamos un Chile cognitivamente diferente al de épocas precedentes, no lograremos erradicar los fantasmas de un pasado hacendal y oligárquico, ni menos lograr una equidad social que represente la voluntad de todas y todos los chilenos. ¡Salus populi suprema lex est

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