Publicado en: 2 diciembre, 2018

Chile. El humor es algo muy serio

Por Luis Casado, Politika

Hernán Vidal (Santiago de Chile, 1943) cursó estudios de Arquitectura en la Universidad de Chile y desde 1958 trabajó como dibujante e ilustrador en diarios y revistas chilenas como El Mercurio, La Voz, Ercilla, La Bicicleta, además de en El Jueves (España) o Paparazzi (Suecia). También es fundador de las revistas de historietas Rakatán, La […]

Hernán Vidal (Santiago de Chile, 1943) cursó estudios de Arquitectura en la Universidad de Chile y desde 1958 trabajó como dibujante e ilustrador en diarios y revistas chilenas como El Mercurio, La Voz, Ercilla, La Bicicleta, además de en El Jueves (España) o Paparazzi (Suecia). También es fundador de las revistas de historietas Rakatán, La Chiva, La Firme, El Humanoide, Benjamín o Cuprito. Entre sus trabajos publicados están “Nones” (1988), “Peucomán” (1995), “El Pequeño Corrupto Ilustrado” (2003), “Chao no más” (2006), “Supercifuentes” (2008) y “¡Ay Tierra!” (2010).

Los años de mi niñez en la Villa de San Fernando de Tinguiririca estuvieron marcados por la lectura compulsiva de toneladas de revistas historietas que, con la regularidad de un metrónomo, llegaban todos los miércoles al único puesto de venta de periódicos, semanarios, tebeos y otras publicaciones.

En la calle Manuel Rodríguez, yendo hacia la estación de ferrocarriles, vereda norte, había algunos comerciantes palestinos que practicaban un castellano pedregoso, con un acento y formas sintácticas que valían el desvío. Cuando la generosidad de mi padre me había permitido juntar 50 o 60 revistas ya leídas tres o cuatro veces, y escapadas a la voracidad lectora-destructora de mis hermanos, iba yo a negociar con esos palestinos el trueque de mi montón de revistas por otro de igual espesor.

Mi interlocutor revisaba mi mercancía, desconfiado como puede serlo alguien escapado con vida de cien guerras, invasiones y masacres, y con una experiencia comercial que remonta al aprovisionamiento de Babilonia. Previsor, yo había planchado, literalmente planchado, todas y cada una de mis revistas. Si no lo sabías, las ajadas coberturas recobran lustre y color, acercándose al reluciente estado en que yo las había recibido de manos de mi viejo. De ese modo recuperaba otro montón de revistas no leídas, alimentando así, gratuitamente, un vicio que no abandono hasta ahora.

La revistas eran de variada proveniencia, casi siempre los EEUU, vía México que imprimía y distribuía las versiones castellanas. También Buenos Aires y la lejana Barcelona, por lo que recuerdo. Había desde luego una rica producción nacional que contaba –entre otros títulos– Barrabases, Condorito, El Peneca y Mampato.

Años más tarde, ya adolescente, fue en “connaisseur” (ahora les llaman ‘expertos’) que recibí en plena mandíbula el impacto telúrico de Mafalda y de La Chiva. Esta última publicación, un heroico empeño de un puñado de creadores geniales, me hizo reír a gritos llevándome a cometer el trágico error de prestarlas a mis numerosos amigos y compañeros de la universidad. No recuperé ninguna.

Ahí supe de la existencia de Alberto Vivanco, de José Palomo y de Hernán Vidal (Hervi). De sus sabrosos personajes, de la elevación de la “cultura” chilensis al rango de trend topic como dirían ahora, y a la universalización de expresiones que aun hoy forman parte de nuestro patrimonio.

La patria ha sido injusta con ellos. Suele suceder. A eso le llaman el “pago de Chile”, una forma de remunerar talentos, esfuerzos y sacrificios que inauguró Bernardo Riquelme, exiliado en el Perú después de contribuir poderosamente a la independencia de Chile.

Ahora bien, la tacañería, el chaqueteo, la mezquindad y la ignorancia, no por universales alcanzan a todas las naciones con la misma intensidad. Mistral y Neruda supieron de la generosidad y de la inteligencia colectivas lejos de Pelotillehue, antes de ver sus connacionales correr a socorrer sus victorias.

Hoy le tocó a Hernán Vidal ser objeto del reconocimiento y los honores que su propio país le niega: le adjudicaron el Premio Iberoamericano de Humor Gráfico Quevedos.

Para apreciar la envergadura de la distinción no hay que mirar el monto del premio como hace alguna prensa vernácula acostumbrada a los ridículos y miserables “premios nacionales”, sino preguntarse quién recibió este premio antes que Hernán Vidal.

Hasta ahora les ha sido otorgado a Antonio Mingote (1998), Joaquín Salvador Lavado: Quino (2000), Jose María González Castrillo: Chumy Chúmez (2002), Andrés Rábago: El Roto (2004), Eduardo Ferro (2006), Ziraldo Alves Pinto (2008), Máximo San Juan (2010) y Antonio Fraguas Forges (2014).

Figurar en ese areópago de grandes creadores deja una huella más profunda en la Historia que la dotación del premio. Esta última igual sirve para equilibrar años de austeridad más sufrida que buscada, y para hacerle frente a la volatilidad de los mercados. Por algún tiempo Hernán Vidal podrá escapar al sufrimiento reflejado en los personajes de La Chiva, que siempre reclamaban con razón: “¡¿Hasta cuando nos deterioran los insumos per cápita?!”

Honor a Hernán Vidal. Un lector apasionado y agradecido.

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