Chile. Disneyworld

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Vengo pensando en Pablo desde hace tiempo, en cómo su problema podría ser el síntoma de su vida, y desde luego nada es conclusivo. Sufre una artrosis de la columna vertebral, lo han operado tres veces para corregir una discopatía o tal vez algo más complicado que le comprime las raíces nerviosas. Ninguna de las cirugías ha tenido el resultado que se esperaba y ya no vale la pena intentar una cuarta, para qué, dice él, si esto ya no tiene solución, hay que convivir con el dolor crónico y aliviarse con analgésicos.

Las noches de Pablo son el otro problema, derivado del primero. Porque su columna no resiste mucho tiempo en la misma posición, el dolor lo despierta cada quince o veinte minutos y Pablo se reacomoda, si estaba de un lado se vuelve del otro, o se pone de espaldas o bocabajo, y así toda la noche, siete u ocho horas hasta que suena el despertador.

Cuando uno conoce esta parte de su vida imagina que su cara de búho y sus ojos aguados donde nunca cuaja bien el descanso guardan relación con el insomnio crónico; uno piensa que su aspecto también es un síntoma y no el resultado de una herencia genética. Uno cree entender muchas cosas cuando lo ve llegar a la oficina, con el pelo gris asomando por las solapas levantadas del abrigo, y ponerse de inmediato unos audífonos que le tapan las orejas.

En la oficina hay estigmas, marcas que no puedes quitarte jamás aunque hagas los mejores esfuerzos. Son como la impronta del rostro materno en el recién nacido. Pablo carga con la indiferencia, la flojera y la incapacidad, y esa tríada se combina o se turna para explicar cada una de sus actitudes, cada uno de los resultados en el trabajo.

Así es que cuando Pablo habla –sobre todo ante los jefes–, hablan sus estigmas. Y aquí Pablo está diciendo, en esto que han llamado un desayuno escucha, donde lo relevante no es la palabra “desayuno” sino la palabra “escucha”, que podría acoplarse a un almuerzo, una onces, un tecito, una reunión o lo que sea, digo que Pablo está contando lo que le ocurre por las noches, es decir su problema, la discopatía incurable, y está tratando de relacionarlo con las exigencias del trabajo, con la presión tácita que se ejerce para permanecer más allá del horario de salida y la rigidez en el control del horario de entrada, y habiéndolo escuchado, el jefe que preside el desayuno mira al resto y en vez de responderle en forma directa habla de su propia experiencia, que es como darle una cachetada a la experiencia de Pablo, diciendo algo como yo, al menos, lo estoy pasando súper bien aquí, hay un montón de cosas interesantes que hacer, súper entretenidas, el día se me pasa volando, no me doy ni cuenta de los horarios, y si a alguien no le gusta tiene todo el derecho de buscar otro lugar, las puertas están abiertas.

Fisionómicamente, el jefe que le responde de esa manera es el opuesto de Pablo. Parece uno de esos gnomos de yeso que se colocan como adornos en los patios o tal vez para la buena suerte, o vaya uno a saber con qué propósito. Es como si sus aspectos representaran el aparataje corporal del auge y la decadencia, el blindaje esférico y la desprotección alargada, las formas del que viene de abajo y va hacia arriba como paradigma de la movilidad social y el que alguna vez estuvo más alto pero se estancó y ahora decae lenta pero inexorablemente. El contraste entre uno que supo leer los tiempos y aprovechar sus jugos y otro tardo de oído, confiado en que una posición de familia no sólo lo sostendría sino que seguiría prestándole estatus, prestigio, respeto, los privilegios de antes. Pero los tiempos han cambiado.


Como aquí no hay una historia, es aventurado hablar de causas y consecuencias. Lo cierto es que después del desayuno escucha Pablo se hizo eco de lo que otros han dicho –cada vez en mayor número, gracias al endeudamiento–, eso de que todos, al menos una vez en la vida, deberían visitarDisneyworld, y en este punto seguramente estuvo de acuerdo con el gnomo, pues trayectorias como la de Pablo y su jefe podrían cruzarse en uno de los pocos reductos, si no el único, donde la magia aún sigue a buen recaudo, así como las reservas africanas conservan todavía algo de la vida salvaje, pongamos.

Entonces con cincuenta años y a pesar de su columna, Pablo partió aDisneyworld con su mujer y los tres niños, en pleno verano del hemisferio norte. Y, entonces, yo quiero imaginarlo en ese lugar adonde uno debería ir al menos una vez en la vida. Quiero asirme de sus palabras y recorrer esos espacios abiertos, con cerca de cuarenta grados a la sombra, donde no hay ninguna sombra para cobijarse pues fueron diseñados para rehuir de ellos, espacios para ser deshabitados, pongamos, y refugiarse en las tiendas que se ven alrededor y donde uno está obligado a consumir si desea permanecer adentro. Yo me cuelgo de sus palabras y también me duele su espalda, y miro hacia adelante y veo a sus tres hijos, de menor a mayor y en proyección de obesidad creciente, estudiando un mapa para orientarse en este parque temático, y no sé qué pensar de ellos, y luego veo a su mujer y tampoco sé muy bien qué pensar de ella, se me ocurre que lo apoya pero no le permite flaquear jamás, pues el acuerdo establece que Pablo soporte hasta el final su problema, que es su síntoma y su manera de vivir.

Transportado a Disneyworld, yo sigo pensando. Colgado de Pablo y el racimo de palabras que se trajo de vuelta a la oficina. Ha subido a una montaña rusa, pero no a cualquiera. Todo está oscuro como en el espacio exterior. Las estrellas sirven como puntos de referencia sólo a los expertos, no a Pablo. Por lo menos sentado no le duele la espalda, por un rato. Parece que los niños van en el carro de adelante. Parece que su mujer va a su lado (ella le toma la mano en la noche ficticia). Tampoco se ven los rieles, ni un atisbo de camino. Esto es el espacio exterior, insiste en inglés una voz ubicua. En cualquier momento –se lo han advertido– vendrá una caída vertiginosa, y a cada segundo Pablo la espera temiendo por su espalda. Yo quiero imaginar la caída, como si con ella pudiera obtener la imagen completa del mundo. Pero eso, lo sé, es imposible.

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