Chile / Cultura. Estamos llegando a Peulle

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Según el letrero de tránsito faltan diez kilómetros para llegar a Peulle y Moreno no encuentra los datos de Caja, o sea, la cantidad mensual de transacciones por Caja en Peulle, el dato que le pidió Saldías ya que estamos acercándonos al pueblo y necesita saberlo. O quizás no lo necesita, en el sentido de que podría no ser propiamente una necesidad, pero ya se lo pidió y con eso es suficiente, hay que encontrarlo. Moreno revisó las planillas impresas pero el dato estaba malo, o sea, malo según Saldías. Quizás el número se encuentra en las hojas que a Moreno se le resbalaron al piso de la Van mientras perseguía el dato o las que volaron hacia el maletero cuando Saldías abrió la ventana. Ahora las hojas están revueltas a sus pies, algunas también cayeron sobre los míos y otras más debajo de los asientos. Le ayudo a ordenarlas como puedo, se las entrego, Moreno no las mira porque ya se decidió a buscar en el notebook que tiene sobre los muslos. Abre y cierra carpetas en busca del archivo de transacciones, y como son tantas las sucursales y tantas las transacciones, hay que aplicar filtros en la planilla Excel, y él dice que va a encontrarlo, no sé a quién se lo dice, si a Saldías o a mí, o quizás a sí mismo. En todo caso Saldías preguntó lo que ya se dijo desde el asiento del copiloto y no piensa preguntarlo otra vez, y como Moreno va en la tercera y última corrida de asientos, a mi derecha, yo puedo ver a Saldías en diagonal y Moreno no puede verlo, no sabe cuál es la expresión de Saldías en estos momentos en que todavía no encuentra el dato, y yo sí: observa el camino con la rigidez y la indiferencia de costumbre, sin traslucir una sola línea de sus pensamientos. Pero es seguro que está esperando el dato. Entonces otro letrero de tránsito anuncia que faltan cinco kilómetros para llegar a Peulle.

-Dos mil quinientas veinticuatro –dice Moreno.
-No me cuadra.
-Dato confirmado.
-¿Seguro?
-Seguro, jefe.
-Van tres, Moreno.

Para decir esto último Saldías giró un poco el cuerpo, no lo suficiente como para que Moreno pudiera verlo, pero acompañó las palabras con tres dedos de la mano izquierda que a lo mejor se vieron desde su posición. Eso debería responderlo Moreno; no se lo pregunto. Lo veo zambullirse de nuevo en las hojas impresas al tiempo que abrir otras carpetas en el computador, porque Saldías le está pidiendo la venta consolidada de Seguros a unos tres kilómetros de Peulle, calculo yo.

Estamos llegando a Peulle, las lomas de alrededor son suaves, hay praderas amarillas, arbustos, los incendios no alcanzaron el pueblo pero sí lo merodearon, en lontananza se ven los esqueletos negros de los pinos, un cementerio forestal. Por eso Saldías pide el dato de los Seguros, me digo, y no le digo nada a Moreno. Lo veo revisando las planillas y me pregunto cuáles serán las consecuencias de una cuarta vez, un cuarto dedo, pues una cuarta vez, me parece entonces, podría ser el límite permitido en el umbral de tolerancia de Saldías, pero uno nunca sabe, y ésa debe ser la idea: que uno nunca sepa cuál es el límite, si Peulle o los pueblos anteriores. A todo esto Moreno me guiña un ojo como diciéndome que tiene la situación bajo control, que al final siempre consigue lo que le pide Saldías.

-Moreno, Seguros…
-Estamos a punto.
-A punto no me sirve.

Moreno se ríe, vuelve a guiñarme un ojo para recordarme que Saldías es buena onda, que igual es buena onda, digamos a pesar de todo, pues a Saldías le gusta el hueveo. Lo sé porque lo ha repetido varias veces durante el viaje como si yo pusiera en duda la buena onda de su jefe, como si no pudiera convencerme desde que partimos en Hueñuhue, ni me hubiese convencido en Ñiuquén ni tampoco Hual-Hual, ni en el pueblo de Chigüe ni menos en Montesanto. Pero lo cierto es que más bien me he preguntado, cada vez que entramos a un pueblo o a una ciudad pequeña, o como quieran llamar a estos poblados, a cuántas cuadras de la oficina tendré que estacionar la Van, visto que a mí no me preguntan por datos pero deben asignarme alguna responsabilidad concreta, aparte de ofrecer los saludos protocolares con los que me desenvuelvo bastante bien. Pues está visto que uno debe desempeñar alguna función práctica, digamos los que viajan en la tercera fila del vehículo, para eso nos han traído, cabe pensar, así es que me pregunto si habrá estacionamientos en la oficina, pues está visto que quienes viajan en las dos primeras filas no están dispuestos a caminar ni veinte metros. La idea es que la Van se detenga justo frente a la oficina y me entreguen las llaves para que busque un lugar en esas cuadras atestadas de autos, callejas de pueblo entre casas de adobe por donde uno imagina que lucirían mucho mejor las carretas y los caballos. Pero está visto que los pueblos se han repletado de autos y no hay dónde estacionar la Van. A Moreno no se lo permiten, por ser paticorto; su jefe lo expuso así: No alcanzas los pedales. Y el otro jefe completó: Comprémosle un triciclo. Y ahora Saldías dice:

-Estamos llegando a Peulle.
-Tranquilo, jefe.

Debe ser la tercera vez que Moreno me guiña un ojo, braceando como está entre las planillas, como si no sólo intentara convencerme de lo buena onda que es Saldías sino también de que es como un padre para él, uno putativo visto que el suyo murió, alguien preocupado de la persona que es Moreno, no sólo del empleado a la caza de datos. Un jefe integral, pongamos, que lo ha animado a seguir estudiando, visto que uno debería capacitarse en forma permanente, pues el aprendizaje es un proceso continuo, al decir de Saldías y su aprendiz, pues el primero es un ejemplo para el segundo. Aquí me pregunto, a menos de un kilómetro de Peulle, pasando junto a una parcela donde pastan unas vacas desnutridas, qué piensa Moreno de lo que rumorean en la Empresa, eso de que Saldías alcanzó la gerencia por meterse con otra gerente o por fichar en su mismo partido, una de las dos o las dos de la mano. Y algo parecido le corren al otro jefe, el salto de subgerente a gerente incluyó una acrobacia sexual, dicen, y por supuesto un partido político de ocasión, y ya estamos entrando a Peulle.

-Trescientos doce –dice Moreno.
-¿Trescientos doce?

Ya estamos en Peulle, deben quedar unas cuadras para llegar a la oficina y Moreno toma el smartphone y se comunica con la Central para confirmar el dato. Cuenta con la buena voluntad de un amigo, pero su amigo se encuentra en hora de colación y no piensa interrumpirla, y está visto que faltan pocas cuadras y la voluntad de su amigo entró en conflicto con la distancia a la oficina, y a todo esto Saldías comenta que no le cuadra, los clientes se están aprovechando del pánico, no se aprecian daños en las viviendas, los incendios ni siquiera rozaron Peulle, quizás los trescientos doce incluyan Seguros forestales, se dice introduciendo una reserva en sus dudas, pongamos dudando de sus propias dudas. Moreno respira, pero su jefe remata:

-No me cuadra, Moreno.

Pero aún no dice “van cuatro”. Como estamos a las puertas de la oficina hay que bajarse. El otro jefe le entrega las llaves a Saldías y éste me las pone en las manos:

-Estaciona, flaco.
Y después nos dice:
-Váyanse a pololear un rato.

Cuando los altos mandos de la Empresa cruzan la mampara de vidrio Moreno vuelve a guiñarme un ojo para hacerme entender que a su jefe le encantan las bromas; es la razón de que llegando a Hueñuhue nos haya visto tomados de las manos, y en Ñiuquén nos sorprendiera besándonos en la tercera corrida de asientos, y lo mismo en Hual-Hual; y en Chigüe nos vio yendo al río mientras ellos se reunían en la oficina; y cuál de los dos era la dama, quiso saber Saldías camino a Peulle, y cuál el varón, y también el otro jefe, porque les encanta el hueveo, me repite Moreno, y lo mejor es seguirles la corriente.

Como él es paticorto y le comprarán un triciclo, soy yo quien hace de valet parking en busca de un lugar en las calles. Y como yo hago de valet parking, le digo, tú debes hacer de otra cosa; a mí se me da la vida de diplomático, los saludos protocolares, y a ti otra vida, le digo. Moreno insiste en que los jefes lo pasan bien con nosotros, les gusta nuestra compañía. Lo cierto, de momento, es que no hay sitio donde estacionar la Van mientras seguimos pololeando después de coquetear en Hueñuhue y besuquearnos en Hual-Hual, pongamos. Hasta que a unas cinco cuadras acontece el milagro de un espacio junto a la vereda. Luego nos volvemos hablando de lo mismo hacia la oficina, Moreno defiende el dato de los Seguros aunque el traidor de su amigo no lo confirmara y yo levanto la vista hacia los pinos calcinados sobre el perfil de los cerros que rodean Peulle, y él por su parte me informa que este año se ha propuesto entregar la tesis de posgrado y con eso, entiendo yo, su vida cambiará para siempre, de una vez por todas.

Así vamos, devolviéndonos por las calles del pueblo en una tarde de sol. A cierta distancia están a los jefes conversando con el personal en la escalinata de la oficina. Apuntan hacia arriba, debo suponer que hacia los techos de zinc o policarbonato, vaya uno a saber. Desde la vereda no alcanzan a oírse sus palabras, debe ser un asunto doméstico, las canaletas o alguna filtración, pues en estos viajes la idea es mostrarse cercano y preocupado por cada detalle. A la distancia la sucursal quiebra la línea de las casas como un cubo moderno y horrible. Debe ser el orgullo entero de Peulle, me digo, y cuando ya podemos escuchar lo que dicen no es necesario tener oídos, visto que Saldías espera a Moreno con cuatro dedos en alto y el pulgar escondido en la palma, el número cuatro en toda su expresión, digamos, y luego con la otra mano traza en el aire la señal de una cruz, no la cruz de Cristo que dibujan los curas sino más bien una equis que podría representar la nulidad de sus datos, quizás el descarte total de sus servicios. Pero uno nunca sabe cómo sopesar sus gestos.

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