Chile. Cuando nunca has pasado hambre

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Cuando nunca has pasado hambre, como ministro, como Intendente, como Presidente, como Gobierno, como persona, dices que la protesta de los vecinos de El Bosque «no es la forma», porque el virus se combate con «buena onda», no con barricadas, no con piedras, no con cacerolas, no con gritos en la calle. Cuando las tripas no te suenan en la noche, cuando tu madre no se debe sacar la comida de la boca para alimentar a tus hermanos, a la exigencia de arroz, pan y tallarines les respondes con bombas. Una, dos, tres bombas disparadas por policías secundados por zorrillos y guanacos flamantes, de un blanco puro, nuevo, fresco sobre potentes y furiosas ruedas recién compradas.

Cuando nunca has pasado hambre, ni la has conocido de cerca, cuando perteneces a un gobierno formado por unas cuantas familias del barrio alto, eternamente pudientes, de un puñado de colegios, de una o dos universidades, no te preocupas a tiempo del abastecimiento de alimentos de la población, de la compra de canastas familiares; las protestas te pillan por sorpresa, porque pensaste que a los pobres empleados les iba a alcanzar con un bono de cincuenta lucas, con un ingreso de emergencia de sesenta lucas por persona. Pero sí tuviste bastante tiempo para preocuparte de comprar los nuevos carros lanza aguas que siempre servirán para reprimir, acallar, maltratar a los que exigen lo que creen justo. Porque esta es la respuesta de una clase.

Esa es la imagen país que hoy proyectamos por televisión para todo el mundo: el más preparado entre los picantes del barrio, el que le seguía los pasos a Corea del Sur y Nueva Zelanda, el país gobernado por la clase que nunca ha pasado hambre, usando su carro policial recién comprado -uno de entre los tantos que compró en más de seis mil millones este año- para reprimir a las decenas de familias que se atreven a salir a la calle, con la mascarilla puesta, para gritar al gobierno de los tiempos mejores que no les ha llegado nada de la ayuda prometida como la solución para pasar la cuarentena. Chile hoy es un grito de hambre que se proyecta en los edificios por la noche, que se acompaña con garabatos hacia el Presidente en los matinales, y que se combate desde el poder con vehículos blindados recién comprados por una casta política que carga con los aún frescos cuerpos de las decenas de muertos y mutilados del estallido, esos que quedaron silenciados por una pandemia.

Chile es hoy un grito de hambre que no sólo pone en evidencia la falta de comida en una despensa. Es un grito de honestidad que tritura la fantasiosa sociedad emergente que cree conducir el gobierno. El grito de hambre sale de las gargantas del tercio del país que se gana la vida en la informalidad, en las colas de ferias libres, cantando en las micros, trabajando a lo compadre, cobrando por el día. Sale de la garganta de viejas que se han acostumbrado a pasar hambre en el abandono de pensiones que te llevan a almorzar pan con té. De los adolescentes trabajadores que andan todo el día con unas cuantas sopaipillas en la guata. De las trabajadoras de casa particular que no tienen acceso al seguro de cesantía.

El grito de hambre sale de las gargantas de los miles que descubren que su sueldo mínimo sin las propinas de la jornada, sin las comisiones por venta, son sueldos de miseria que no sostienen hogar alguno. Es un grito de hambre y de deuda, que mientras ve al Presidente aplaudir sus leyes recién promulgadas, debe seguir pagando por el agua, la luz o el gas, y soñar con que su ficha de protección social no los ponga con puntaje de millonario para ver si esos cincuenta mil pesos pueden ser sesenta, en tanto se van acabando los propios ahorros del seguro de cesantía que se está gastando el integrante de la familia que tuvo la suerte de cotizar.

Cuando nunca has pasado hambre, ni has conocido ni de cerca esa realidad, como clase, llamas a la gente que protesta “a recapacitar”, como hizo el Intendente Guevara, y pides al gobierno que se querelle contra los hambrientos, como hizo la senadora Van Ryselberghe, que llama a “ser firmes”, sin la mínima empatía en torno a una situación tan humana. Cuando estás en las antípodas del hambre, cuando toda tu vida la hiciste con el refrigerador lleno y la billetera plena, no te alcanza a dar impotencia el descubrir que con el costo de una bomba lacrimógena lanzada en El Bosque o Villa Francia se podrían comprar quince kilos de arroz, u otros tantos de harina, para parar una docena de ollas.

Hoy Chile está pasando hambre y los que tenemos el almuerzo y la cena diaria lo entendemos como un privilegio en nuestras mesas. Los vecinos quieren cumplir la cuarentena. Pero no se puede sin comida. Sin ayuda real, concreta y justa. Y eso todos lo debemos entender. Hoy el gobierno da migajas, y ni siquiera cumple con lo prometido hace tanto tiempo a los municipios. Hoy se anuncian cajas de alimentos que no sabemos con precisión cómo llegarán a hogares a los que no les bastará, mientras no se tocan ni se piensan tocar los impuestos de los súper ricos, aquellos que están tan lejos como los aventajados del gobierno del significado verdadero de la palabra hambre. Es una cuestión de clase.

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