Chile. Crónicas marcianas

Publicidad

Cuando pienso en volver a la normalidad, siento estupor. Es esperable que el gobierno y la elite político-empresarial estén poniendo todas sus fichas en el desgaste del estallido de descontento, como siempre, soltando unas migajas para las palomas. Y yo siento estupor, digo, de ver cómo vivía hace sólo dos semanas en la resignada cotidianeidad, abrumado en la ignorancia de saber que éramos tantos y que estábamos dispuestos y decididos a cambiar la forma en que vivíamos, porque la soportamos muy mal.

Quiero sentarme otra vez en los pastos de la plaza Ñuñoa y conversar con alienígenas veinte o treinta años menores que yo, y conocer lo que piensan, y oír que están ahí porque sienten que la sociedad los trata como a un insumo para el lucro, poco menos que basura humana, y que no están dispuestos a endeudarse a veinte años con un banco para estudiar en cualquier universidad privada que les vende un futuro a crédito.

Y quiero, también, ir entre millones de extraterrestres por la Alameda y hablar entre desconocidos que con una chispa de conciencia se han vuelto hermanos en un No múltiple, radical, contra este sistema que ahora, hipócrita, se tapa la cara de vergüenza como si no se conociera muy bien a sí mismo…

El mundo del sálvese quien pueda está esperando al acecho a la vuelta de la esquina; en él hemos vivido tantos años que ya la costumbre nos hizo perder la memoria… hasta ahora. La calle, las energías liberadas, la explosión de creatividad, la urgencia de hablar sobre lo que a todos nos incumbe, la necesidad de recobrar o inventar la felicidad colectiva y no vivir más sus sucedáneos en los envases del olvido y el desahogo… Todo, todo eso es un Sí desesperado que busca su cauce… Siento estupor de volver a la normalidad.

También podría gustarte

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More