Chile / Crónica Literaria. Trabajo en equipo

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Lo cierto es que aquí trabajan en equipo, cada día más, dicen, cada día mejor. Está visto que años atrás no era así, cuando había menos personal en el edificio y cada cual tenía su propia oficina o como mucho la compartía con otro, porque espacio sobraba; pero está visto que hoy el espacio escasea y es necesario optimizarlo, y no sólo eso: lo más importante, dicen, es el trabajo en equipo. Es la razón de que con el tiempo hayan retirado los muros divisorios, la tabiquería, todo lo accesorio para dejar únicamente la parte estructural del edificio, esa que resiste los terremotos. En las salas amplias dispusieron puestos modulares, que llaman box, separados por paneles o biombos, por lo mismo más flexibles y adaptables a los movimientos de personal, y luego esos paneles fueron reduciendo su altura, de manera que pasaron de un laberinto ciego donde cualquiera que entrase por primera vez podía extraviarse a uno donde la mirada podía sobrevolar las divisiones y reconocer cabezas, medios cuerpos, actitudes, y así no andar a tientas por los pasillos. Todo eso favoreció el trabajo en equipo, dicen, ya no andaba cada cual por su lado sino que podían encontrarse fácilmente, saber en qué estaba el otro, pedir algo sin problemas. En la siguiente etapa retiraron todos los paneles, despejaron las oficinas, colocaron los escritorios uno al lado del otro, en filas como en las salas de clases, con la diferencia de que los dejaron pegados y además pusieron otro escritorios enfrente, también pegados, y levantaron entre medio una separación de unos veinte o treinta centímetros de un material que parece vidrio esfumado o acaso sea una mica gruesa, lo ignoro, y cuyo fin es más bien estético o de orden, pues está visto que no alcanza a tapar la cara del que se sienta del lado contrario, al que ahora es posible observar durante toda la jornada, pues la idea como dicen es trabajar en equipo.

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A este lugar lo llaman el call center, pero yo entiendo que esas centrales telefónicas, si bien se parecen a esta sala, emplean paneles para dividir los puestos adyacentes, pues se trata de que las comunicaciones con los clientes se oigan limpias, fluidas, únicas como si fueran especiales. El hecho es que aquí no, pues esto no es un call center; se ha imitado más bien el modelo de las mesas de dinero, donde todos hablan fuerte, a los gritos, pues están cerrando negocios, como dicen, uno tras otro y sin detenerse. Aquí no cierran negocios al modo de las mesas de dinero, pero hablan de un puesto a otro y no sólo con los vecinos sino con los de la fila siguiente y también la subsiguiente, con los de atrás y también con los de más atrás, como en los tiempos del colegio, y por cierto que también son calificados semestralmente con una nota, como cuando uno era escolar, pues está visto que es necesario introducir instancias para evaluar de tanto en tanto el desempeño de cada cual, visto que aquí se trabaja en equipo y la idea es que nadie se suba por el chorro, según dicen.

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Todos han firmado un contrato de trabajo, por cierto. En los tiempos que corren eso es un privilegio, dicen, y hasta un lujo asiático. Así es que deberían pegarse con una piedra en el pecho cada mañana dando las gracias, se les hace saber aquí, de uno u otro modo. Este lugar anclado en el ayer es asaltado por el presente a través del trabajo en equipo y la ruptura de muros divisorios. Hay cláusulas escritas y otras tácitas. Entre las primeras está llegar a la hora estipulada en el contrato. Su incumplimiento, expuesto ahora a la vista de todos, es motivo de bromas entre el personal. A éste no le corresponde dar reprimendas; todos son iguales. Pero las bromas van subiendo de octanaje a medida que la conducta se reitera, hasta que uno se gana un estigma indeleble. Cada cual tiene su estigma, que es como su deuda con el mundo. Digo que también hay reglas no escritas, como trabajar más allá del término de la jornada aunque no se paguen las horas extra. Es muy mal visto retirarse cuando corresponde, dado que no basta con permanecer en este lugar nueve horas; otra cláusula implícita dice que siempre hay trabajo por hacer.

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Como aquí se trabaja en equipo, uno se entera sin proponérselo de la vida privada de los demás y llega a conocer ámbitos, facetas de la personalidad de los compañeros en los que uno jamás habría indagado. Alcanzan los oídos sin aviso y la verdad es que así se condimenta el trabajo en equipo. Está el caso de X, por ejemplo, que preguntó cuánto cuesta separarse de su mujer. No los costos judiciales sino la cantidad mensual de dinero para no infligirse un trauma financiero. Después dijo: “Con dos millones la tendría calladita”, y nadie entendió si quería el divorcio o estar con su mujer. Uno también sabe que el Señor Cabeza de Papa, como lo llama X, está en un juicio por pensión alimenticia, y uno sabe que Pilo vive con su ex pero no puede separarse porque ella no tiene a dónde ir y él no está dispuesto a mantenerla a distancia, menos si piensa llevarse a la niña, y ahora todos saben que ella está saliendo con otro hombre pero llega a dormir con Pilo, y hasta las mujeres de la oficina hicieron una ronda para aconsejarlo en público. Todos lo saben. Y X ha dicho al Señor Cabeza de Papa: “Eres gordo, eres chico, pelado, pobre, cuma. ¡¿Cómo lo hacís, hueón?!” Y está visto que al Señor Cabeza de Papa no le faltan las mujeres, y si no son las de este edificio, a las que escucha, consuela, da consejos y recoge del suelo si una desilusión amorosa las tiene deprimidas, son las del otro lado de la calle, en el local donde se gasta la línea de crédito y adonde se empeña en llevar a todos los que trabajan en equipo como si se tratara de una labor de evangelización, un afán bastante oneroso; uno se pregunta qué cielo podría ganarse el Señor Cabeza de Papa, pobre y feo como es. Pero ya, ahí está, todos acuden con él después de la oficina, una vez cumplido el sobrehorario tácito, en el día de pago, es decir la fecha Fifa, como dicen. Todo es caro para sus bolsillos, pero lo pagan: entrada, consumo, como llaman a los tragos, y tragos sin alcohol para las mujeres, no uno sino dos o tres, y lo que sigue más tarde. A diferencia del edificio donde trabajan en equipo, este sitio se ha vuelto laberíntico con el tiempo o acaso ellos van descubriendo poco a poco sus recovecos, o tal vez han puesto cada vez más paneles divisorios y tabiques para multiplicar la privacidad y los ingresos, pues está visto que el acto sexual, en lo que toca a esta cultura, demanda reserva y aquí se trata de optimizar los espacios en un sentido opuesto al del otro edificio; ninguno desea trabajar en equipo a no ser que le entre algún capricho pasajero. Esta debe ser la fiesta del Señor Cabeza de Papa, su fundo, aquí puede olvidarse de la pensión alimenticia y la deuda crónica y hacer valer los estigmas como títulos de dominio, y por eso debe ser que se pasea empelota entre los cubículos transgrediendo las reglas tácitas de este lugar donde hay que respetar la intimidad, y si intimidad es una palabra excesiva, al menos podría hablarse de privacidad, así revolea la camisa a poto pelado, gritando y aplaudiendo el desempeño de cada cual, sea cual sea su calificación, y cuando salen juntos y caminan por las calles vacías, tres o cuatro de la mañana, X se huele la ropa y anuncia que van a matarlo, N hace lo mismo, Pilo de la Tierra es indiferente a todo y los demás quieren saber cómo lo hizo con la negra culona, y si era tan hedionda como parecía, y si le vació la Coca-Cola entre las piernas para quitarle el olor a terminal pesquero, esas cosas hablan, pensando cada cual que al otro día hay trabajo, y a todo esto y sin que nadie se lo haya preguntado M empieza de nuevo con lo de China y la importación de neumáticos, que si resulta, que si los chinos compran su idea, porque los chinos, les hace saber M, están ávidos de negocios, compran y venden cualquier cosa, hay una revolución allá, locura total, si le resulta se va, compadre, te lo juro, dice, mañana mismo me voy. Pobre pecador ingenuo, dice el Señor Cabeza de Papa, y todos empiezan a reírse de M, en su cara.

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