Chile. Cómo y por qué el Pequeño Pinochet se Mantiene en el Poder

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Piñera solo, soberbio y golpeado, se aferra a su superioridad de clase para pasar lo que él considera es solo una tormenta. La misma actitud le permitió tener en su cuenta corriente más de 2 mil millones de dólares de fortuna personal y al mismo tiempo obtener el cargo de presidente con la votación más alta desde 1990, hace tan solo 2 años. Pero parafraseando lo que paso con Napoleón III ,apodado el Pequeño Napoleón (a diferencia del Gran Napoleón), el “Pequeño Pinochet”, solitario en el Palacio de la Moneda no tiene más que fuerza que la que le da su carácter de clase.

Los partidos, incluidos los de derecha, se alejan de él. No quieren aparecer al lado de alguien a quién la calle ya apodó “dictador”, sin importar su legitimidad democrática. Para muchos lo inexplicable es que a pesar de la debilidad en la que se encuentra, los partidos se alejan pero a la vez le dan aire para que continúe en el poder. El miedo que recorre los sectores privilegiados de la sociedad chilena también afecta a la clase política que, asustada por una renuncia y un posible desborde electoral, temen enfrentar un escenario de vacío de poder.

Con calculadora en mano una derecha que veía sonriente la posibilidad de una segundo período encabezado por el pinochetista populista y buena gente de Joaquin Lavín, hoy saca cuentas negativas. La polarización de la sociedad generada por el “Pequeño Pinochet” tiene un efecto devastador en cuanto a la pérdida de votos en los sectores conservadores. Ya antes de la explosión sectores populares que venían sufriendo un empeoramiento de sus condiciones de vida con sueldos estancados y masivas alzas de los costos de vida, agudizados en el gobierno de Bachelet, votaron por Piñera esperando un mejoramiento, “los tiempos mejores”. Pero nunca llegaron. Hoy, la derecha obligada a salir a defender su gobierno, se saca la careta y, aún con contradicciones, asume una defensa de los privilegios económicos de la clase a la que representa. Tal actitud resta votos y encierra a los partidos de derecha en sus reductos más duros.

La ex concertación de partidos, alianza de partidos rota en sucesivos períodos electorales, mira la rebelión desde sus cómodos puestos de poder. Los políticos profesionales que construyeron su legitimidad en su supuesta la lucha contra Pinochet, viven desde antes de la rebelión popular un proceso de crisis moral. Acusaciones de vinculaciones al narcotráfico, relaciones carnales con las grandes empresas, masivo acceso de familiares a los altos puestos de gobiernos cruzan de forma transversal a los distintos partidos, desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Socialista. Frente a este nuevo escenario, los partidos miran con terror la posibilidad de perder sus espacios de privilegio en el Parlamento, por un eventual llamado a nuevas elecciones. El temor es perder buena parte de su influencia, pasando a ser su supervivencia la principal preocupación. La polarización del escenario hace imposible su permanencia o neutralidad. En repetidas ocasiones el Pequeño Pinochet ha convocado a los partidos de la exconcertación a reuniones para validar su rol de presidente electo y estos partidos han visto en esta convocatorias la posibilidad de ser mediadores de las soluciones, de ser como en los 80 , los articuladores de una salida negociada. En conjunto con la derecha y frente a la evidente falta de legitimidad del gobierno, acordó utilizar a los Municipios como los espacios de contención y articulación social. Los llamados a Cabildos Municipales son parte de las estrategias que emergen desde este sector.

Finalmente, al margen de estos dos bloques, de forma rápida y relativamente sorpresiva emergió en este contexto de rebelión popular, una nueva alianza electoral conformada por el Partido Comunista (PC) y el Frente Amplio (FA) (conglomerado diverso que agrupa desde partidos liberales a agrupaciones sociales que se definen de izquierda). Esta nueva alianza rápidamente conformó a su alero un referente social con la pretensión de conducir y convocar la lucha en las calles, Unidad Social. Si bien este sector no carga con la pesada imagen de corrupción y compromiso con las élites de los dos bloques anteriores, la movilización popular de forma más intuitiva que consciente, no ha permitido que el liderazgo de la lucha social pase por sus rostros visibles. Es más, cada vez que asoma alguna bandera de este colectivo automáticamente es rechazada por los protestantes. La apuesta de este sector ha sido parlamentarizar el conflicto, usando la presión social de la calles para la agilización de diversos proyectos de ley que hace tan solo 4 semanas no tenían ninguna viabilidad parlamentaria. Sin embargo, el precio del apoyo a estas acción parlamentaria ha sido el no quitarle el piso al gobierno del Pequeño Pinochet. Desde este bloque se es consciente que un eventual escenario electoral traería un aumento significativo de votos para los distintos partidos de este bloque. Incluso, la posibilidad de asumir el gobierno es casi una certeza. Por eso mismo, la actitud del bloque Partido Comunista y Frente Amplio, y su casi nulo apoyo al #fuerapiñera, probablemente solo obedece a dar seguridades de gobernabilidad a los grandes empresarios chilenos y extranjeros, ante la eventualidad de un futuro gobierno. Sin embargo, a medida que pasan las semanas y la calle sigue con fuerza exigiendo cambios profundos, el liderazgo inicial empieza a demostrar grietas. La apuesta por conformar en los barrios Asambleas Constituyentes, si bien ha sido una estrategia capaz de articular grandes sectores que no necesariamente están en las calles, esta cae en el vacío frente al nulo efecto que estas instancias tienen en la realidad. Sigue la represión , siguen los muertos y heridos, sigue el abuso. Y sobre todo, Piñera sigue sin escuchar a nadie. La tensión entre la dirigencia del PC y FA, y los amplios sectores activos de la sociedad chilena se basa en la permanencia de Pequeño Pinochet.

En resumen, por distintas razones, el conjunto de fuerzas políticas institucionales tienen un interés en que la caída del dictador no se haga efectiva. Por lo menos no antes de cumplir los 2 años de mandato presidencial. Esto porque la Constitución pinochetista señala que si el Presidente en ejercicio renuncia antes de cumplir 2 años de su mandato un gobierno de transición debiera llamar en breve a nuevas elecciones generales. Pero, si la renuncia sucede cuando quedan menos de 2 años de mandato es el Parlamento en Pleno quien elige al nuevo mandatario por el período que resta. El plazo sería 11 de marzo 2020.

Pero todos estos cáculos podrían irse al carajo. Las calles siguen llenas de juventud que lejos de bajar los brazos suma a nuevos sectores, y cada día queda más claro que amplios sectores de pueblo desde sus casas y plazas no están dispuesto a perdonar a los asesinos. La rebeldía abandona su figura de saqueo y quema y se transforma en convicción de que la lucha, los muertos y los sacrificios tienen que servir para cambiarlo todo.

Lentamente, se abre una nueva brecha en la sociedad chilena, una que va mucho más allá de lo electoral, y de resumir la democracia a participar en elecciones cada 4 años. Una brecha que vuelve a hablar de poder popular, de control de la realidad por los propios habitantes de este país, una que ya no confía en las élites intelectuales vengan de donde vengan.

Los secundarios, los niños de Chile, los que no tenían futuro, le enseñaron a los mayores que el futuro se hace a mano y sin permiso.

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