Chile: Andrés Zaldívar, la “Pimpinela Escarlata” del mega empresariado

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La novela escrita a comienzos del siglo veinte por la baronesa  Emma Orczy de Orcz, titulada “La Pimpinela Escarlata”, narra la historia de Sir Percy Blakeney, un aristócrata conocido en la sociedad británica georgiana como interesado más en sus ropas, fiestas y amoríos  que en cualquier otra cosa. Pero, él llevaba una vida doble, pues ante los ojos de la sociedad era simplemente un “sir”, mas, en la clandestinidad actuaba como «la Pimpinela Escarlata», un audaz salvador de aristócratas durante el  Reinado del Terror luego de haberse producido la Revolución Francesa.

Al parecer, en el país más alejado geográficamente de los grandes centros donde se desarrollaron hitos históricos, Chile, los enriquecidos propietarios de mega empresas transnacionales cuentan también con un defensor que simula emular al personaje de la novela comentada. Una especie de  chef acostumbrado a cocinar acuerdos, leyes y contubernios en beneficio y defensa del gran capital. De ello trata esta nota. Vamos entonces al asunto.

Al inefable político perenne, Andrés Zaldívar, una vez más se le ha escapado de su continente la hilacha clasista y antidemocrática cuando advirtió que “es riesgoso llegar a tener un ‘gobierno de la muchedumbre’ tras la crisis (…) en Chile puede pasar y tenemos que cuidarnos”. En esa línea, agregó que era fundamental para salir de la mentada crisis entregarle un respaldo claro a la Presidenta Bachelet, y evitar así (Zaldívar dixit) la oclocracia, es decir, “el gobierno de la muchedumbre”.

Démosle un par de vueltas a esta declaración, comenzando –como es lógico- por refrescar la memoria respecto del personaje que la emitió. ¿Quién es, realmente, Andrés Zaldívar Larraín? O tal vez la pregunta debería ser: ¿quién fue, en el pasado cercano, Andrés Zaldívar?

Este personaje ha vivido más de medio siglo de la política, y gran parte de ese tiempo lo ha hecho mamando la ubre del Estado. Muy joven aún (lo que certifica su verdadera capacidad) fue ministro del presidente Eduardo Frei Montalva (1964-1970), y en su calidad de titular en la cartera de Hacienda fue el responsable absoluto y directo de la enorme “corrida bancaria” producida en el país luego que el día 23 de septiembre de 1973, mediante una cadena de radio y televisión,  subrayara “el efecto del resultado de la elección presidencial en la economía cuyo signo dominante es y seguirá siendo el pánico (económico y financiero) por la incertidumbre”.

Pese a que la Unidad Popular denunció esa intervención como una maniobra destinada a alentar la ruptura institucional, Chile se vio sometido a un feroz retiro de dinero desde las cuentas bancarias por parte de los usuarios…  la economía del país comenzó a tambalear desde antes de la asunción de Allende al gobierno, y todo ello, como ya se sabe, debido a las acciones efectuadas por personajes como Andrés Zaldívar, que cumplían a cabalidad las instrucciones emanadas desde la Casa Blanca en Washington, donde habitaban dos detestables personajes: Richard Nixon y Henry Kissinger.

El ‘chico’ Zaldívar nunca detuvo su accionar político favorable al gran empresariado predador de nuestros recursos naturales  y, como obvia consecuencia, contrario al interés nacional y a las verdaderas necesidades de la población. Así como respecto de Patricio Aylwin no ha habida jamás un entuerto ni un contubernio político en el cual el ex Presidente no hubiese estado involucrado desde 1969 a la fecha, tampoco ha habido un negociado favorable al desquiciamiento ambiental favorable a la gran empresa transnacional en la que el señor Zaldívar Larraín no haya estado metido (a nombre propio o de algunos de sus familiares).

Ello ocurrió con la lamentable “Ley de Pesca” durante el gobierno, precisamente, de Patricio Aylwin. En ese entonces, Anacleto Angelini se opuso férreamente a modificar la mentada ley, acusando al gobierno de “querer hacer una reforma agraria, pero en el mar”. De inmediato, la familia Zaldívar (específicamente Adolfo –quien falleció el año 2013- y Andrés) salió en abierta defensa de Angelini y sus empresas, desplegando una intensa campaña comunicacional desde el senado y a través –cómo no- de los medios de prensa que, bien sabemos, siempre han pertenecido al sector más derechista del país.

Tiempo después, ya en el año 2012, Pablo Longueira repuso un proyecto de Ley de Pesca (había sido colocado en la discusión parlamentaria por Juan Andrés Fontaine) que otorgaba a siete familias los derechos –heredables- sobre el mar chileno. Una de esas familias era la de Anacleto Angelini y sus múltiples empresas, en algunas de las cuales los Zaldívar tenían intereses económicos.

Pese a las críticas, los hermanos Zaldívar no se inhabilitaron y participaron en la votación de la referida ley, lo que provocó la molestia de otros connotados personajes, como Marcel Claude, quien acusó a los hermanos Zaldívar de representar –en el poder legislativo- los intereses de grandes empresas en contra de los pescadores artesanales. Los dardos de Claude iban dirigidos a Anacleto Angelini, cuyas empresas controlaban el 80% de la pesca total en el norte del país, y se contaba además con la participación de los hermanos Zaldívar, quienes poseían títulos accionarios en EPERVA, una de las empresas del grupo Angelini.

Aun más, en el Registro de Accionistas entregado a la Bolsa de Comercio el año 2001, aparecen diecisiete (17) miembros de la familia Zaldívar (entre hijas, sobrinos y hermanos del senador) formando un verdadero clan que, en esencia, controlaba el 1,1% de la propiedad de EPERVA.

La Revista ‘Punto Final’ (Edición 535), sobre estos asuntos, publicó: “La relación de los hermanos Zaldívar con Angelini es antigua, y no se refiere sólo a Andrés Zaldívar, presidente del Senado. Adolfo, presidente de la DC, senador de Aysén y operador político de la industria salmonera de la región, se inició laboralmente como auxiliar administrativo en las oficinas de Angelini. Otro hermano, Felipe, fue durante treinta años gerente general de Eperva, del consorcio Angelini, la pesquera más grande del país que controla el 90% de las capturas para harina de pescado en el norte”.

Pese a todo lo dicho, Andrés Zaldívar no se inhabilitó a la hora de votar la Ley de Pesca en el Senado. El aroma del dólar –para él- fue más fuerte que el incienso que se usa en  la iglesia a la que asiste dominicalmente, o que la dignidad de un parlamentario.

En aquel momento, el diputado de la IC, Sergio Aguiló,  ya había opinado críticamente respecto del actuar que el senador tuvo en la cámara alta: “Andrés Zaldívar faltó gravemente a la probidad cuando aprobó -y no se abstuvo como lo hicieron dos senadores de derecha- la llamada ‘Ley Longueira’ o Ley de Pesca, que entregó derechos perpetuos del mar chileno a las siete familias más ricas del país, teniendo graves conflictos de interés, al contar con familiares dueños de empresas pesqueras. El senador Zaldívar hoy miente descaradamente para seguir defendiendo sus intereses”.

¿Usted cree que don Andrés detuvo finalmente su traqueteo bolichero amparado en los cargos públicos que ha ostentado? Amento decirle que no, que continúa tozudamente tratando de llevar toda el agua posible al molino se los mega empresarios (y a su propio embalse, claro está).

Meses más tarde, salió al paso de la Democracia –la verdadera, no la postiza- causando nueva polémica al justificar -a pesar de las críticas de los partidos del pacto Nueva Mayoría excluidos y de figuras del mundo social como la presidenta de la CUT, Bárbara Figueroa- el arreglo en el Senado sobre la Reforma Tributaria, al señalar que “en los acuerdos, muchas veces en este tipo de soluciones se requiere una cierta manera de hacer las cosas que no puede hacerse de cara a la opinión pública“. Es que así le ha gustado actuar siempre a este muchachín corto de estatura pero un peso pesado en cuanto a  inmoralidad política.

Bien, pues, definido el personaje, y ya conocida su aura bolichera y anti pueblo, veamos entonces qué quiso realmente decir en esta ocasión al manifestar que Chile podía llegar a tener un “gobierno de la muchedumbre”. No se requieren muchas luces para colegir el significado de tamaña afirmación. Zaldívar no desea que la soberanía radique en el pueblo, prefiere el gobierno de la plutocracia en la que él y su familia ocupan destacado lugar.  Sus flechas envenenadas apuntan a la Asamblea Constituyente, y señala además, sin lugar a equívoco, que no apoya una nueva Constitución Política del Estado si esta fluye desde las bases populares organizadas, como colegios profesionales, federaciones y confederaciones sindicales, asociaciones de pobladores, representantes de las etnias originarias, federaciones estudiantiles, etc.

Este hombre, que lleva más de medio siglo enquistado en el aparato público del país, gobernando y legislando para la gran empresa y no para la sociedad civil chilena, se niega no solo a jubilar (tiene 79 años de edad) sino, también, a aceptar que la rueda de la Historia gira hoy hacia cambios en serio, hacia un horizonte que en esencia es el mismo que él ha combatido subrepticiamente, disfrazado de cristiano (seguidor de las enseñanzas del carpintero de Galilea) y de demócrata (vale decir, defensor de la justicia social, la solidaridad y el bienestar de Chile y su gente), pervive cómodamente en la fauna política de Pelotillehue.

Señor Zaldívar, ya es hora del retiro… dinero le sobra. No nos haga repetir la frase que Cicerón le lanzó a Catilina en el senado romano, “quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” (¿Hasta cuándo abusas de nuestra paciencia (en  este caso) Andrés Zaldívar?).  Dedíquese a escribir sus memorias; pasee… disfrute los años que le quedan de vida… venga a Coltauco a visitar a sus primos Achurra Larraín en alguno de los fundos que ellos tienen por estas zonas. Hágalo, será feliz y le quitará al país un enorme fardo. Si quiere, podemos reunirnos acá en la tierra del “agua de renacuajos”, y tomarnos un café mientras conversamos de todo lo ya escrito en esta nota… o de lo que usted desee.

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