Chile. Ágata y los detritos

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“Sé que muero a cada segundo mientras vivo
envejecemos,
irremediablemente envejezco
en este paseo de medianoche.”

Carlos Mellado

Hace veinte años nos regalaron una de esas llamadas “plantas de interior”, aunque las plantas jamás han sido sujetos de vivir entre cuatro paredes ni bajo techo, salvo ciertos musgos que se aferran a la vida en cavernas húmedas donde apenas llegan débiles reflejos de luz que suelen inquietar a los murciélagos; y quizá extrañas especies arbóreas que medran en las profundidades del mar, conviviendo con enormes pulpos y monstruos abisales. Pero esta especie de la que hablo, un ficus o una chiflera –no estoy seguro-, medró como pudo en las siete moradas en que procuramos establecer un hogar perdurable. (Como esos nombres no me dicen nada, bautizo mi planta como Ágata, y así me referiré a ella en lo que sigue…) A partir de las dos casas anteriores, Marisol quiso deshacerse de Ágata, o en último caso, llevarla a la morada familiar de Concón, donde mi suegra cuida con esmero sus vegetales primorosos, aunque los colmillos aciagos del reuma le muerdan a diario sus manos diligentes.

Pero yo me opuse al destierro de Ágata, aduciendo la fidelidad de sus verdes hojas, la lealtad a tanta mudanza, incluyendo un embargo ultrajante, en el que la receptora judicial no la consideró entre bienes preciados o susceptibles de remate provechoso.

Además, Ágata jamás me ha infligido ofensa alguna ni provocado el más mínimo disgusto. Paciente y callada como ninguna, cada vez que toco sus hojas con las yemas de mis dedos, percibo un levísimo estremecimiento vegetal y una especie de susurro, quizá imperceptible bajo los ruidos cotidianos. Es posible que ella posea un alma, verde y lustrosa, esencia que volará a otras plantas después de su acabamiento o irá derecho a ese Paraíso que pintaba Fray Luis de León como el lugar más ameno de la Naturaleza.

Mis argumentos no fueron muy sólidos, pero algo inexplicable propició la misericordia de Marisol, quien pospuso la defenestración de Ágata, sin fecha precisa de caducidad… Y yo, en silencio y con singular recato, la fui regando día a día; en ocasiones aporqué la tierra del macetero y agregué abonos circunstanciales; también podé algunos de sus pequeños y nudosos troncos, buscando orientar el esmirriado follaje hacia zonas más iluminadas, recogiendo efímeros rayos de sol en nuestra ventana del norte, donde el jacarandá cuela, magnánimo, destellos de luz solar que parecen vivificar a Ágata en los breves días del verano.

Hoy, ella reside, por prescripción de la autoridad doméstica, en el pasillo central de los departamentos, con orientación sudeste. Si allí no recibe el sol, a lo menos hay luz suficiente para su fotosíntesis, y ha medrado, a pesar de cierto abandono que se respira en un espacio estrecho donde muchos deambulan y nadie se detiene, menos a mirarla o a dirigirle una palabra amable… Yo a veces limpio con un paño húmedo sus pequeñas hojas lanceoladas, y en verano acostumbro a lanzarle agua con un adminículo que la propaga en minúsculas partículas, lo que parece aliviar de la canícula de enero y febrero sus múltiples rostros verde oscuros.

Durante estos días finales de esta primavera tórrida, he observado que ella asoma frágiles tallos y hojas ávidas por entre los intersticios metálicos que hacen de falsas ventanas, entre el pasillo o caja de escaleras que separan los pisos del inmueble, en procura devota del padre Sol.

Ayer tomé una drástica decisión y con ayuda de un vecino, la ubiqué en el jardín común, apoyando su larga contextura en la pared oriental; de nuevo sentí que sus hojas me saludaban, en leve vibración o guiño vegetal, convenciéndome de que ello no es fruto de mi fiebre literaria, pues sé, a ciencia cierta, que algo nos une, a Ágata y a mí, de manera irremediable.

Es lo que ahora voy a revelarte, preciado lector, con la condición de que no divulgues detalles que solo comparto con amigos discretos.

Desde hará veinte años a la fecha –no puedo precisarlo-, establecí un pacto de intercambio e integración íntimo con Ágata, de manera secreta, sin que nadie en casa se percatara de nuestros ritos de unión.

Así, una mañana de sábado, cuando después del baño corto las uñas de mis manos y de mis pies, expurgando durezas y mínimas suciedades acumuladas en recovecos corporales casi invisibles, reuní los restos de aquella higiene semanal, como quien conservara reliquias santificadas, y las deposité bajo una leve capa de tierra, en el macetero que sirve de hogar a las raíces de mi querida Ágata… Sin pensarlo mucho, repetí el rito, semana a semana, agregando a veces algunos cuescos de aceituna, hojas secas y vainas de semillas que recojo en mi paseo de domingo al supermercado. La idea original fue contribuir con un simple abono, para fortalecer esa tierra que apenas conocía la luz del sol, pero luego advertí el móvil de un sentido más hondo, el de hacer mío, en parte, aquel espacio de tierra vegetal, con la metáfora inequívoca de mis detritos como hojas diminutas desprendidas del cuerpo que buscaran la consunción definitiva o la difusa eternidad.

Hace dos semanas, por la noche, mientras dormía en sueño profundo, se me desprendió un diente de la mandíbula inferior… A punto estuve de tragármelo, pero alcancé a devolverlo a tiempo. Lo cogí entre los dedos, lo lavé y luego procedí a enterrarlo en el macetero de ella, un poco más profundo que los otros desechos.

Anoche me ocurrió lo mismo, esta vez con el segundo molar superior izquierdo, de gran tamaño; parecía la muela de un burro, o quizá la impresión nocturna hacía que yo la viese descomunal… Con un cuchillo extraje la tierra en orificio vertical que llegó hasta las primeras raíces de Ágata, hasta sus mismísimas entrañas, me atrevería a decir, y deposité el hueso amarillento y estragado en su espacio íntimo. Pensé por un instante, en el extravío de una paráfrasis literaria, imaginando una suerte de cópula vegetal.

Volví al lecho, pero no pude conciliar el sueño. Pensé en la resurrección de los muertos, tal como se nos ha prometido, en cuerpo y alma, según el Credo que nos obligaban a rezar, todas las mañanas, en el colegio Don Bosco: “…creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna, amén.”

Entonces, me pregunté, atemorizado y expectante: ¿abandonarán la tierra del macetero de Ágata mis uñas cortadas, el diente y el molar sepultados, para integrarse a un cuerpo nuevo, incorruptible y glorioso? ¿Y qué pasaría si yo optara por la cremación?

Puede que la eternidad sea solo eso, una mezcla accidental de detritos orgánicos y minerales, sujeta a extrañas fusiones y cambios, como ese “polvo de estrellas” que nos constituye, según Saint Éxupery y los nuevos físicos del big-bang, o una combinación genial de un poeta cósmico que compone versos inefables del universo, reuniendo las más disímiles partículas, tal si fuesen sílabas o palabras volanderas que alguien olvidó o tuvo la extraña manía de esconderlas, como yo, en el lecho húmedo y terrestre de Ágata.

 

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