Chile. 2018: El año que perdimos el timón

Por Paul Walder, Politika

El vuelco político, impulsado por el confuso malestar social, que este 2019 emergerá en toda su expresión en Latinoamérica desde Brasil con aquella deforme construcción que es Bolsonaro, ya tiene su siembra por nuestras latitudes. Ante un sistema político basado en el liberalismo corrupto, ante un modelo económico que gira en un circuito cerrado, el […]

El vuelco político, impulsado por el confuso malestar social, que este 2019 emergerá en toda su expresión en Latinoamérica desde Brasil con aquella deforme construcción que es Bolsonaro, ya tiene su siembra por nuestras latitudes. Ante un sistema político basado en el liberalismo corrupto, ante un modelo económico que gira en un circuito cerrado, el auge de la extrema derecha es un fenómeno ya instalado. Allí están los aplausos y la desembozada admiración no sólo de la derecha militarizada chilena sino de gran parte de ella al presidente de Brasil y su ideario, basado, por cierto, en la huella de Pinochet.

El 2018 podría quedar inscrito como el punto de inflexión hacia un nuevo estado de cosas. Es lo que puede expresar la observación periodística, aquella inmersa en el devenir periódico, respecto de un proceso más largo que tiene sus orígenes en la instalación del modelo global de libre mercado. Durante el 2018 emergieron, con características de consolidación, nuevas y masivas manifestaciones de rechazo a la institucionalidad política y económica, en tanto en no pocos Estados, partidos y coaliciones de rasgos anti liberales ya son gobierno. Los casos son bien conocidos para el atento lector de prensa, que este año ha podido observar levantamientos ciudadanos en un país clave para el proyecto de unidad europea como es Francia y el afianzamiento de gobiernos de confusas ideologías, con certeros rasgos fascistas, en otros lugares no sólo europeos. A la Hungría de Viktor Orban, a la Italia de Matteo Salvini, a la Polonia de Jaroslaw Kaczynski, junto a otras fuerzas radicales en países centroeuropeos, se le suma a partir del 1 de enero en Brasil, el excapitán Jair Bolsonaro Brasil.

No son pocos los analistas que hallan la fuente del actual malestar ciudadano en el modelo de mercado, cuyos anuncios y promesas de un crecimiento económico infinito llevaría a la creación de un nivel de riqueza inédito en la historia de la humanidad. Aun cuando es posible que así sea, y de hecho aquellos fundamentalistas del mercado refuerzan esta teoría con la imagen del consumo de masas, la infraestructura, la tecnología y el acceso al crédito, la realidad ha escorado este modelo hacia una de las más evidentes contradicciones del capitalismo. Si ha habido creación de riqueza, se ha concentrado en muy pocas manos. Tanto, que hoy hablar de aquel 1% de la población que se apropia del 82% de la riqueza global (Oxfam) es ya parte, cruel e injusta pero real, del estado actual y natural para las élites, de la economía.

Esta apropiación de la riqueza es también la presencia de las grandes corporaciones en todas las actividades económicas y financieras. Ya sea a través de inversiones directas en la economía real o, como es aun más frecuente, mediante las finanzas, con créditos profusos. Una red global de inversiones que en pocas décadas ha cambiado al mundo para mal. Es posible que haya habido generación de riqueza, claramente focalizada, pero principalmente apropiación por desposesión (David Harvey). En cada transacción comercial mundial, desde el PIB de un país por sus exportaciones a la venta de un kilo de manzanas en un humilde almacén de barrio, está la mano cada día más pesada de los entes financieros. El resultado en la vida cotidiana de miles de millones de consumidores es un encarecimiento del costo de la vida, la pérdida del ya mermado poder adquisitivo y el fin de una visión de futuro como imagen de bienestar. En esta escena, que el anuncio del alza del precio de los combustibles, como ha sucedido en Francia, sea la chispa que detonó las actuales protestas, es una reacción que tarde o temprano tenía que aparecer.

Hay otros efectos de la globalización que transitan indebidamente por otros carriles. El proceso de calentamiento global, cuyas causas sin duda están relacionadas con las emisiones de gases a la atmósfera, seguirá en este curso con sus consecuencias en el clima. Alzas inéditas de la temperatura global, con incendios voraces, tempestades de furia, huracanes e inundaciones están a la orden del día, provocando pérdidas humanas y de sus asentamientos. La Cumbre del Clima (COP24) reunida en diciembre en Polonia no logró avanzar en las metas mínimas de reducción de las emisiones para evitar futuras alzas catastróficas de la temperatura planetaria.

Este es un fenómeno, que por su menor periodicidad a escala local, no genera todavía una reacción directa de la población mundial, toda, sin excepción, potencialmente afectada. Pero es un asunto de tiempo. Protestas como la de Quintero Puchuncaví, por mencionar sólo la más difundida por los medios nacionales, expresan un drama que se extiende por todos los territorios.

La relación directa entre capitalismo global y medio ambiente, que es el núcleo de la reacción del caso chileno citado, es crucial. Es por ello que decimos que transita aún indebidamente por otros carriles, como si el capitalismo que provoca los desastres ambientales fuera parte de la naturaleza y no una forma de vida humana. La extracción y quema de combustibles fósiles y la explotación sin límite ni conciencia de futuro de otros recursos naturales, junto con la depredación de los mares y la extinción de miles de especies, tiene sus claros responsables. Todos los Estados y gobiernos han privilegiado, y lo seguirán haciendo, a las corporaciones industriales y financieras en desmedro de la población crecientemente afectada. Nuevamente podemos volver al ejemplo de Quintero Puchuncaví, con un gobierno que se limitó a repartir mascarillas de papel para aliviar a una población asfixiada por los gases tóxicos de empresas de generación de energía.

Pese a ser el calentamiento global el mayor problema y riesgo que hoy enfrenta no sólo la humanidad sino todo el planeta con todas sus otras especies, la gran fractura social está sobre la globalización económica y sus efectos en la vida cotidiana. Aquí se inscribe el punto de inflexión 2018 del actual estado de las cosas. Una perturbación que deriva en indignación contra el statu quo pero a la vez es incapaz de hallar una propuesta con continuidad de futuro. Rechazo al multilateralismo y la la corrupta democracia liberal por la salida de emergencia, que es la invitación a un populismo nacionalista con todos, o casi todos, los ingredientes de los fascismos del siglo pasado. En el camino, quedan todos aquellos valores alcanzados por la modernidad, aquellos sobre igualdad de derechos, inclusión de género, etnias y culturas. En la tumultuosa salida no solo se atropellan los valores de la Ilustración y la democracia, sino también el socialismo, hoy sin duda empantanado entre la corrupción y los mercados, además de anclado en relatos del siglo pasado. En la Historia del Siglo XX, Hobsbawn cierra el volumen con la siguiente sentencia: “Un futuro de tinieblas”.

Si revisamos los discursos de los nuevos líderes antiglobalización, que inician su ascenso a partir de Donald Trump (America First es proteccionismo, xenofobia, y ahora una bien confusa revisión a las políticas imperiales con el retiro de las tropas de Siria y Afganistán), podemos hallar elementos propios de los fascismos. Porque el fascismo, como ideología básicamente basada en la oposición a la Ilustración, una Anti Ilustración, no está apoyada en la racionalidad sino en creencias surgidas de otras fuentes. Al nacionalismo, al racismo, a la concepción autoritaria de la sociedad, le agregamos un nuevo credo, el rechazo al calentamiento global como causa del cambio climático. Un compendio de ideas que instala un nuevo conservadurismo, en este último caso, para defender un modelo de crecimiento basado en la extracción de recursos naturales y en especial en la energía generada desde fuentes fósiles. Fanatismo de mercados y ecocidio, como ya han denominado la ceguera conservadora ante la crisis ambiental.

El vuelco político, impulsado por el confuso malestar social, que este 2019 emergerá en toda su expresión en Latinoamérica desde Brasil con aquella deforme construcción que es Bolsonaro, ya tiene su siembra por nuestras latitudes. Ante un sistema político basado en el liberalismo corrupto, ante un modelo económico que gira en un circuito cerrado, el auge de la extrema derecha es un fenómeno ya instalado. Allí están los aplausos y la desembozada admiración no sólo de la derecha militarizada chilena sino de gran parte de ella al presidente de Brasil y su ideario, basado, por cierto, en la huella de Pinochet.

Una regresión, otra vez fomentada por las élites, cuyas consecuencias serán de extremo riesgo y gravedad no solo para estas latitudes sino para nuestra civilización.

 

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