Chile 2015: El escenario alternativo

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Nunca diré cuánto lloré la muerte de Armen Kouyoumdjian, uno de los hombres más inteligentes que haya conocido, analista lúcido, erudito sin par. En abril del 2008 escribió esta nota, obra de ficción política. La traduje del inglés a marcha forzada. En ella, Armen prevé el destino del modelo del modelo, o sea Chile, que se iría al carajo con bombos y platillos en una explosión telúrica que no dejaría mono con cabeza. Armen situó la erupción en el 2015. Se equivocó solo en 4 años. El resto… es cuestión de forma. Mektoub, hubiese dicho Armen, Mektoub… palabra que en árabe quiere decir «estaba escrito…»

Luis Casado

A fines del 2006 un ambicioso economista chileno basado en una universidad extranjera, pero desesperado por influir en los asuntos públicos locales, escribió una nota de futurología.

Creo que el título era “Chile 2025”. En esa nota él describía cómo el país, haciéndole honor a su blasfematorio himno nacional, se habría transformado en esa fecha en una copia del Jardín del Edén gracias a las políticas económicas de quienes manejan la manija. Al mismo tiempo, todos los países vecinos se habrían hundido en la anarquía económica y social

Guardé la nota en mi ordenador para escribir más tarde una nota refutando punto por punto lo que precede. Desafortunadamente, a poco andar perdí mi querido Apple iMac después de ocho años de leales servicios y con él el texto del académico chupa-calcetas. Desde entonces he estado tentado de volver al tema pero como había olvidado casi por completo el contenido de la nota original que me motivó, me decidí a forjar mi propio escenario acercándolo en una decena de años.

Lo que sigue puede parecerle ficción a unos cuantos, y en realidad lo es si consideramos que se trata de una mirada hacia un futuro incierto. Ya puedo ver (¡e incluso nombrar!) a aquellos que dirán: “eso no puede ocurrir aquí” (que es lo que decíamos nosotros en el muy estable Líbano de mi juventud cuando todos los países vecinos iban de crisis en crisis y de revoluciones en golpes de Estado). Los hechos y cifras que gatillarán los acontecimientos que siguen son escrupulosamente correctos.

CAMPO DE REFUGIADOS DE RANCAGUA: 2015

El coronel danés Bent Andersen regresó a su tienda y, cansado, cerró la puerta. Su retiro, ya inminente al cabo de sus dos años de misión con la UNCHIPAF (United Nations Chile Pacification Force), sería el bienvenido. Nunca llegó a general a pesar de haberse roto el culo trabajando en cada misión de paz en la que los militares de su país habían estado involucrados.

Esto había sido algo diferente. Más parecido a Mogadiscio que al Líbano de sus jóvenes años de subteniente. Recién había terminado una reunión con la sección Opus Dei del campo de refugiados. Su jefe quería que le llevasen bajo escolta militar a las ruinas de la Universidad de Los Andes, para intentar rescatar algunos libros de la biblioteca. Aunque era improbable que algún libro hubiese sobrevivido a la quemazón como combustible en las áreas insurgentes.

El no iba a arriesgar la vida de sus hombres por una edición de “Cómo hacerse rico jodiendo a los clientes y a los trabajadores” del Premio Nóbel Arthur Finkelbrod, o de “Porqué los precios, pero no los salarios, debiesen ser los mismos en todas partes” del nuevo director de la Chicago Business School, Vikram Chowdry.

El Campo de Rancagua, bajo su mando, era uno de los cinco mega campos de refugiados instalados en torno a Santiago después de la gran revuelta del invierno del año 2010.

Casi cinco años después el país era, si uno pudiese decirlo así, un despelote total.

Aquellos que pudieron pagarlo, o que tenían parientes afuera, se fueron del país. Otros ciudadanos, que fueron ricos en su día y que habían perdido todo porque nunca invirtieron nada fuera de Chile, eran los “nuevos pobres” que llenaban los campos de refugiados de la ONU. ¿Cómo se pudo llegar a esto?

EL FALLO DEL MODELO DE CRECIMIENTO

Los primeros signos llegaron en el 2007, pero pocos los notaron. La inflación se triplicó ese año, y terminó en el doble de la previsión oficial. El aumento anual del salario mínimo, cuyo nivel ya era escandaloso, ni siquiera cubrió la inflación. En realidad el nivel de inflación para los salarios bajos estaba por encima del 10% porque su padrón de consumo incluía una alta proporción de alimentos y servicios cuyos precios crecían mucho más rápido.

La situación empeoró a principios del 2008, y las cifras oficiales de la inflación llegaron a los dos dígitos a mediados de año. El precio de la electricidad había doblado y el del agua no andaba lejos, ambos como resultado de un esquema automático diseñado en la época de las privatizaciones para garantizarle a las empresas que nunca perderían dinero.

Cuando los hogares empezaron a pagar hasta el 15% de su salario solo en electricidad, las autoridades anunciaron un exiguo subsidio temporal. En realidad menos de la mitad de los beneficiarios lo recibió porque los distribuidores se embolsaron los fondos al tiempo que rechazaban las quejas con el argumento de que los potenciales beneficiarios “no entregaron sus solicitudes a tiempo”.

Una situación similar afectó a los alimentos básicos ya que los cereales importados fueron golpeados por la explosión de los precios en el ámbito mundial y la producción local cayó víctima de la más severa sequía del último siglo. La sequía también afectó la producción de energía hidroeléctrica, con los consiguientes efectos en su precio. Los combustibles fueron objeto de una tasa especial, así como el trigo, pero el Ministerio de Hacienda, que había adquirido más poderes dictatoriales en materia de política económica de los que nunca tuvo Pinochet, rehusó derechamente bajarla.

Esto, a pesar de un excedente fiscal cercano al 10% del PNB que hubiese podido financiar incluso una significativa baja del IVA. Una vez más, todos los alegatos fueron en vano. El argumento, esgrimido cada vez que se requirió alguna medida, fue que el superávit era el resultado de los altos precios del cobre y que eso no duraría. Solo un analista, un extranjero basado en Chile, siguió insistiendo en un cálculo muy simple que demostraba que el ingreso proveniente del cobre contaba solo por la mitad del superávit fiscal. Ningún periodista, ni local ni extranjero, llegó a mencionar ese hecho.

El cobre, progresivamente, había llegado a ser irrelevante para el principal país productor. Al emplear menos del 1% de la mano de obra activa, la inversión requerida consistía principalmente en maquinaria importada y equipos. La minería privada estaba en manos de empresas extranjeras que se llevaban las ganancias apenas estas aparecían, mientras que la empresa estatal CODELCO, el más importante contribuyente de tasas e impuestos, veía acumularse su contribución en manos del Ministerio de Hacienda que no gastaba en nada.

Aun cuando el precio del cobre se mantuvo alto, otros sectores exportadores cayeron uno tras otro, como los personajes de las novelas de Agatha Christie. El primero fue la agricultura cuya producción, afectada por la sequía, apenas alcanzaba para el consumo local, o sea aquellos que podían pagar el precio. La industria forestal nunca logró recuperarse de la profunda recesión en los EEUU, gatillada como sabemos por el colapso del mercado inmobiliario.

Esos estúpidos norteamericanos siguieron usando madera para sus casas, a pesar de que los tornados y los temblores las destruían como la casita de los tres cerditos. Era como si el cemento y el hormigón nunca hubiesen sido inventados. El salmón fue la última y más estridente víctima. Un virus incontrolable decimó la inflada industria de la cría de salmones, desastre causado esencialmente por la ausencia de planificación, una deficiente protección, y la habitual actitud de ostra de los chilenos ante cualquier problema.

Presionados por los lobbies medioambientalistas de sus países de origen los inversionistas extranjeros, liderados por los noruegos, pararon la sangría y se fueron. Los chilenos, menos escrupulosos, intentaron resistir pero pronto ese esfuerzo fue vano.

Siguiendo el consejo de Safeway, que había cesado de almacenar salmón chileno en abril del 2008, casi todos los clientes se retiraron gradualmente. La pesca marítima había prácticamente desaparecido, creando serios problemas en las pequeñas caletas y pueblos del litoral.

Los tres sectores mencionados no eran solo aportadores de divisas. Contrariamente al cobre eran importantes generadores de empleo, a menudo en zonas donde no había fuentes de empleo alternativas. En realidad, ninguna oportunidad existía ya en ningún lugar. La minería, las frutas y verduras, las actividades forestal y salmonera habían sido la proa del desarrollo exportador por casi 30 años, sin ningún esfuerzo orientado a diversificar la producción o a incrementar el valor agregado. Estrujando las mismas vacas lecheras al punto de secarlas, el país había exterminado la mayor parte de su industria.

Gracias al priaprismo financiero del equipo económico la tasa de cambio había alcanzado niveles en los cuales no era rentable producir nada en modo competitivo. La situación también terminó con la mayor parte de la actividad turística: la combinación de precios altos y un servicio ineficiente terminaron por quitarle todo atractivo a las 20 a 30 horas de vuelo necesarias para llegar a Chile.

La gente se dio cuenta de que habían fiordos en Escandinavia, montañas en Europa y desiertos en el norte de África, todo lo cual se encuentra al alcance de un corto viaje en avión, y en donde cualquier mozo conoce la diferencia entre el agua mineral sin gas y el agua mineral con gas. Todo esto mucho antes de que dos autobuses cargados con turistas japoneses fuesen rociados con fuego de ametralladoras en la Araucanía.

LOS PRIMEROS SIGNOS DE DESORDEN

El invierno austral del año 2008 vio algunos signos precursores de que la gente no podía soportar más. Las protestas estudiantiles fueron mucho más violentas que las que habían tenido lugar dos años antes, particularmente cuando las tarifas de los transportes subsidiados subieron en un 50%. Varias escuelas públicas fueron quemadas por sus alumnos y una parte sustancial del año académico fue desperdiciado. El inútil comité creado después de los desórdenes precedentes había producido muy poco, o nada, en materia de reformas.

El desorden en las áreas Mapuche tomo una nueva dimensión, con frecuentes ataques a las empresas forestales, a los hogares y a los turistas extranjeros. En un preocupante viraje los movimientos nacionalistas indígenas extendieron sus acciones a los sectores urbanos, tomando rehenes o poniéndole bombas a los ejecutivos extranjeros, varios de los cuales resultaron muertos.

Las autoridades siguieron siendo autistas. La represión por parte de la policía fue la única respuesta que se consideró apropiada. Esto fue acompañado de un mayor control de la prensa, incluyendo la expulsión de buena parte de los corresponsales extranjeros basados en Chile.

Estos últimos habían comenzado a describir Chile como lo que realmente era, una aldea Potemkin del tamaño de un país. Cuando comenzaron a criticar la industria salmonera y el impacto medioambiental de la construcción de nuevas represas y minas en áreas sensibles, las autoridades amenazaron con acciones legales (como el Alcalde de Valparaíso había intentado hacerlo cuando Discovery Channel mostró una animación del posible impacto de un terremoto en el puerto). El Ministro de la Energía declaró: “No vamos a permitirle a estos extranjeros que nos digan lo que tenemos que hacer” (aun cuando se supone que no había problemas en recibir lecciones y recetas de los Chicago Boys o de la Universidad Hebrea de Jerusalem).

Las organizaciones internacionales, cuyo conocimiento del país estaba basado en breves visitas durante las cuales sus contactos con la realidad se limitaban a frecuentar las autoridades, la “gente linda” y sus consultores locales, -todos los cuales tenían su propia agenda-, estaban desconcertadas.

A pesar de la tormenta en formación la solicitud de Chile para unirse a la OCDE fue aceptada y la ceremonia de su adhesión formal se llevó a efecto en París. El Ministro de Hacienda insistió en que tuviese lugar en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles (uno de sus más eruditos asesores le sugirió la Conciergerie, pero el ministro no logró captar la ironía). Todos los ministros de finanzas de la OCDE fueron invitados y la presidente Bachelet también hizo el viaje. “Hemos logrado entrar en el mundo desarrollado” fue la frase clave de su discurso.

LAS COSAS EMPEORAN

Como se esperaba, las elecciones municipales del año 2008 favorecieron a la Alianza, la oposición de derechas, pero esto no modificó en absoluto las políticas del gobierno. Todas las miradas estaban concentradas en las elecciones presidenciales de diciembre del 2009 y en las elecciones parlamentarias. Habían al menos diez precandidatos en la Concertación, la coalición en el poder, pero la Alianza se las arregló de algún modo para apoyar mayoritariamente a Sebastián Piñera.

La situación social se iba poniendo peor. La inflación terminó el año 2008 en un 15%, recortando aun más el poder adquisitivo porque el salario mínimo fue aumentado sólo en un 7% en junio del mismo año.

Siguiendo los consejos de los manuales de economía al pie de la letra, el Banco Central siguió aumentando las tasas de interés. Ello no logró disminuir la inflación pero llevó a un colapso del mercado inmobiliario y con él a la mayor parte del comercio de detalle en un país en que incluso el pan se compraba a crédito.

La población, seriamente endeudada, estaba de rodillas y el sector bancario recordó el año 1983 con ansias de venganza. Aquellos que recibieron el devaluado salario mínimo fueron los más afortunados. Cientos de miles de personas sin trabajo en razón de la crisis de los sectores agrícola, forestal y salmonero, se desplazaron desesperados hacia la capital o hacia las grandes ciudades más cercanas. Creando nuevos tugurios y pocilgas y tensionando los magros servicios sociales ya sedientos de presupuestos e infraestructura.

Las insalubres condiciones de los inmigrantes del interior ocasionaron varias epidemias, entre ellas la del mortal virus Hanta que hasta entonces solo se encontraba en las áreas rurales más pobres. Estas habían sido criminalmente desatendidas por las autoridades a través de la historia y algunas de ellas hubiesen sido más propias del África más atrasada. No obstante, sus efectos palidecieron rápidamente, en comparación, cuando la rabia apareció en varios pueblos.

Los cientos de miles de perros callejeros que durante años habían poblado las calles de las ciudades chilenas, multiplicándose, nunca inquietaron a las autoridades. Lo que debía ocurrir ocurrió, y aunque nadie supo cómo se desarrolló la cepa del virus, los perros rabiosos empezaron a aparecer en todos los sitios. Decenas de personas fueron mordidas y muchas murieron por falta de atención inmediata, hasta que la policía e incluso los ciudadanos fueron autorizados a disparar a vista.

Como las clases medias tenían la desagradable costumbre de dejar vagar a sus mascotas en las calles, muchos cayeron víctimas de los exterminadores en plan gung-ho que a su vez eran blanco de los propietarios. La red hospitalaria no pudo hacerle frente a la demanda y no había ni infraestructura ni suministros para vacunar a todo el mundo contra la rabia.

El precio de la atención medica privada había subido en un 25% en términos reales en solo dos años, lo que condujo a buena parte parte de la población inscrita en las ISAPRES a mudarse al sistema público de FONASA. Pero, como de costumbre en Chile, no hubo ningún incremento en los recursos disponibles. En un período de siete meses entre 2007-2008 el precio de los medicamentos había aumentado, en promedio, en un 30% a pesar de la solidez del peso chileno. Ningún plan, ni público ni privado, ofreció cobertura para las escasas medicinas.

Cuando el precio del pan alcanzó los 1.600 pesos el kilo, las numerosas familias chilenas de las comunas más pobres que consumían tres kilos al día para llenarse los estómagos se dieron cuenta de que estaban gastando 90% del salario mínimo solo para comprar pan. Los llamados a eliminar el IVA en los productos alimenticios básicos cayeron, una vez mas, en oídos sordos. La malnutrición subió alarmantemente, y como consecuencia las enfermedades asociadas a ella. A mediados del 2009 el salario mínimo recibió un aumento de apenas un 5%, con el argumento de que “el país no puede permitirse más”.

El sistema de salud aún tuvo que lidiar con otro desafío mayor. Una torcida decisión del Tribunal Constitucional en el mes de abril del 2008 había prohibido la distribución de “la píldora del día después” y otras formas de contracepción preventiva. En un país en el que incluso el aborto terapéutico era un crimen, la gente pobre no pudo sino echar mano a parteros inescrupulosos y pronto Chile se encontró de vuelta 50 años atrás en las estadísticas sanitarias con cientos de muertes provocadas por abortos ilegales. Los responsables de la prohibición no quisieron mirar las estadísticas que mostraban que la proporción de adolescentes embarazadas en las áreas más pobres de Santiago era 23 veces más importante que en los municipios más ricos.

La primera de dos plantas de gaz natural (LNG) fue habilitada justo cuando se terminaron los últimos suministros en proveniencia de Argentina. La alegría fue de corta duración: la conspiración del silencio impuesta por las autoridades para mantener el tema fuera del alcance de la opinión pública apareció a la luz del día. El gas costaba tres veces más caro. Esto puso el combustible fuera del alcance de una parte significativa de la población. Miles de personas tuvieron que ir a las áreas verdes y a los bosques a cortar madera para cocinar y calentarse. En un entorno ya proclive a los incendios el número de fuegos creció en modo exponencial quemando aquí y allí cuadras enteras.

EL NUEVO GOBIERNO

Con un desempleo superior al diez por ciento y servicios públicos paralizados casi por completo no fue sorprendente que en el mes de diciembre del 2009 las elecciones presidenciales fuesen ganadas por Sebastián Piñera, y que los dos partidos de la Alianza obtuviesen la mayoría en ambas cámaras del Parlamento.

Aquellos que pensaron que Piñera dirigiría un gobierno de centro-derecha pronto se dieron cuenta de su error. Al no tener en su entorno inmediato suficientes colaboradores con los cuales designar los aproximadamente 3.000 puestos de confianza presidencial, tuvo que ampliar sus redes e integrar a los sobrevivientes de la administración de Pinochet y a sus discípulos.

El monetarismo a ultranza regresó, vengativo, en manos de los ex colaboradores de Pinochet, algunos de los cuales seguían violando y matando con plena impunidad, incluidas las cenas de desagravio en su honor en la Casa de Piedra.

La inflación terminó en un 25% pero poco después de que el gobierno asumiera en marzo del 2010 se anunció que “para preservar el empleo” no habría aumentos de salarios en ese año.

Las movilizaciones y los disturbios contra el desempleo y el aumento del costo de la vida aumentaron, con una policía cada vez menos entusiasta a la hora de reprimir. Luego vino el golpe fatal que desbordó el vaso. El nuevo Ministro de Hacienda, ex patrón de un “grupo de reflexión” (think tank), anunció el fin de los subsidios para el transporte público de Santiago.

Tres años después de su introducción, el mal diseñado y peor implementado sistema Transantiago aún combinaba servicios de calidad miserable con un drenaje permanente de las finanzas públicas que inyectaban 800 millones de dólares al año solo para mantenerlo funcionando.

Desde luego el gobierno podía permitírselo, pero ese nunca fue un criterio en materia de decisiones sociales en la política económica chilena desde que los economistas se apoderaron del mando en los años setenta.

Como resultado las tarifas subieron al doble, poniéndolas fuera del alcance de la mayor parte de la población, desde los estudiantes hasta las amas de casa, desde los empleados de oficina a los trabajadores de la construcción.

Combinado con la creciente inflación en otros bienes y servicios y el bloqueo de los salarios, muchos modestos trabajadores, -y eso quería decir millones de personas en un país en el que el salario medio era apenas el doble del salario mínimo-, vieron sus ingresos reales bajar a la mitad en menos de tres años. Aquellos que ni siquiera tenían un empleo se transformaron en indigentes.

Como si no fuese suficiente, un acto de Dios (guiando la mano del error humano) liquidó buena parte de las fuentes de energía del Chile central. Un avión de la marina, al despegar de su base en Quintero lleno de combustible, tuvo problemas de motores y se estrelló en la nueva planta de gas natural (LNG) que algunos idiotas habían ubicado justo en la prolongación de la pista de aterrizaje.

Los dos barcos que en ese momento se encontraban descargando combustible explotaron a su vez, junto con todas las instalaciones del terminal. Las chispas y la onda de choque golpearon la refinería de la ENAP situada a alguna distancia, provocando un incendio de proporciones. En algunos minutos buena parte de la matriz energética chilena sufrió una terrible histerectomía.

LA COMISIÓN TRIPARTITA Y EL ESCÁNDALO PATEL

El vuelo efectuado a mediados del año 2010 al norte de Chipre por Aren Patel, -un experimentado administrador de inversiones del First Financial Trust de Nueva York-, no habría llegado a ser noticia internacional si no fuese porque Patel era el coordinador en jefe de las políticas de inversión en los EEUU del Ministerio de Hacienda, y porque Patel tenía una historia que contar.

Aun cuando parte del dinero había sido gastado en insignificantes paliativos para la grave situación interna, los fondos acumulados habían alcanzado la respetable suma de 40 mil millones de dólares, la mayor parte de los cuales se invirtió a través de Nueva York en instrumentos nominados en dólares y en euros. Calculado en pesos reales ese dinero había perdido más de un 40% de su valor pero, una vez más, solo el ya mencionado analista extranjero había hecho público ese hecho.

Patel convocó a una rueda de prensa en Famagusta, en medio de amplias medidas de seguridad. Allí declaró que había escapado de los EEUU para poner a salvo su vida, luego de descubrir un complot para transferir casi todos los fondos acumulados a cuentas off-shore situadas en paraísos fiscales insalubres, todo ello en nombre de algunas decenas de importantes personalidades chilenas.

Y había aun más. También había descubierto que las políticas públicas eran dictadas por la CTP (Chilean Tripartite Commission), integrada por algunos neoconservadores estadounidenses que operaban desde la embajada norteamericana, por la antena local del Mossad israelí y por representantes de los grupos económicos y académicos del Opus Dei establecidos en Chile.

La CTP se reunía cada viernes por la mañana en un secreto bunker subterráneo especialmente preparado en El Bosque Norte, a mitad de camino entre las embajadas israelita y norteamericana. Ellos decidían que políticas impulsar, que nombres proponer para los cargos públicos, etc.

Sus modus operandi incluían campañas mediáticas, sobornos y otros “incentivos” bien destinados.

LA REVUELTA DEL INVIERNO 2010

Nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que gatilló la revuelta del invierno del año 2010.

Otro otoño seco y el invierno habían llevado la contaminación en Santiago a niveles nunca vistos. Un cuarto de la población estaba formalmente desempleada, y un número similar empleada a tiempo parcial. Niños hambrientos vagaban por calles que habían perdido toda seguridad para los transeúntes, aun cuando aquellos que todavía trabajaban perdían horas caminando desde y hacia sus trabajos porque no podían pagar las tarifas de los transportes públicos. La mayor parte de los árboles había desaparecido de las calles y parques de Santiago.

Gatillada tal vez por agentes provocadores, pero cayendo en oídos muy receptivos, la orden de marchar sobre las comunas más ricas funcionó como bola de nieve.

Un mediodía, desde todas las comunas del sur y del oeste de Santiago y desde los recientes tugurios habitados por los inmigrantes refugiados llegados de las áreas rurales, vinieron primero por cientos, luego por miles, los manifestantes. Muchos estaban armados y todos estaban furiosos. Invadieron los sectores norte y este, donde se concentraban el comercio de lujo y las ricas áreas residenciales.

Al pasar por el centro de la ciudad un un enjambre se dirigió hacia el edificio del Ministerio de Hacienda en la calle Teatinos. Luego de cerrar las puertas de acero con cadenas improvisadas, robaron gasolina y cilindros de gas en los vehículos y comercios cercanos y rociaron todo en la entrada. Otros hicieron cócteles Molotov y los arrojaron a través de las ventanas. Rápidamente el edificio empezó a incendiarse y como los empleados corrieron a refugiarse en los pisos superiores el Ministro llamó al jefe de Carabineros pidiéndole helicópteros para evacuarles desde el techo.

“Los helicópteros están en el sur luchando contra la revuelta Mapuche” fue la seca respuesta. “¿Ud se acuerda Ministro que le dijimos que necesitábamos cuatro helicópteros más y que Ud respondió que eso afectaría su bello superávit fiscal? Ahora Ud puede sentarse en su superávit y rotar lentito”. Y el jefe de Carabineros cortó la comunicación. El ministro llamó entonces al ejército. “¿Helicópteros? Se nos acabó el combustible. ¿Ud no se acuerda del corte de un 10% de nuestro presupuesto operacional y del escándalo que hizo su predecesor cuando mi predecesor utilizó un helicóptero para trasladar algunos VIPs desde una isla inaccesible? Lo siento pero no puedo ayudarle”.

Adentro del Ministerio, el consejero en jefe de macroeconomía, que estaba allí desde el gobierno anterior, insistió en que todos tenían que saltar desde el octavo piso: “Créanme, el octavo piso está en los subterráneos”, repetía (a pesar de su doctorado nunca había sido muy bueno en aritmética).

Mientras tanto, la situación más seria era la de las comunas residenciales en el sector Oriente. Los manifestantes ya eran más de cien mil y su acción no era ni una protesta ni un motín. Era una revuelta. La muchedumbre recorrió comuna tras comuna, saqueando, violando, quemando y matando pero no antes de preguntar dónde estaban las llaves del automóvil que llenaban con todas las cosas que pudieran llevarse.

Se envió allí toda la policía disponible pero no era un número suficiente ni tenían el equipamiento necesario (y aún menos el entusiasmo) para una batalla campal de esas proporciones. El asediado Ministro del Interior llamó al comandante en jefe del ejército y le pidió enviar los tanques y las tropas de asalto.

Hubo un largo silencio en el otro extremo de la línea, después del cual el general von Chingawitz explotó: “¡Ud debe estar bromeando! Después de que hicimos el trabajo sucio el 73 y durante la dictadura, Uds se hicieron ricos y poderosos mientras que nosotros tuvimos que arreglarnos la vida con nuestros salarios de mierda y pagar por sus excesos con cientos de nuestros camaradas en prisión cuando ninguna figura civil de la administración Pinochet fue condenada. ¡Nunca más! Esta vez Ud se las arregla con su propio burdel, ¡so cabrón! Nuestras tropas se quedan en los cuarteles hasta que no haya una invasión extranjera”.

Cuando la noticia de la revuelta fue difundida, cientos de miles intentaron escapar hacia los contrafuertes cordilleranos en sus SUVs o a pie. El aeropuerto, situado en una comuna pobre del sector poniente, era inalcanzable. Muchos tomaron rumbo a Argentina porque las fuerzas armadas aceptaron mantener las vías abiertas y relativamente seguras (aún cuando eran una pesadilla para el conductor, sin las debidas reparaciones ni un adecuado mantenimiento a pesar de que las autoridades insistían en vender el país como “el puerto de entrada a Sudamérica en el Pacífico”. Como hubiese dicho Winston Churchill: “algo de entrada, algo de puerto”).

Después la situación quedó fuera de control. Las fuerzas de policía, con vigilantes civiles, se las arreglaron para reagruparse y aislar el lado norte del Mapocho y el oeste de la Plaza Italia, la tradicional frontera entre los ricos y los pobres.

Aprovechando una pausa que hicieron los manifestantes para gozar de lo conquistado y disfrutar de lo robado, se trajo a expertos en minería para volar todos los puentes del río Mapocho haciendo más difícil un nuevo ataque masivo. No obstante, olvidaron que de ese modo se aislaban también de los suministros. Los insurgentes procedieron a construir un asedio en regla en buena parte del enclave. En el centro de la ciudad el gobierno había cesado prácticamente de funcionar, aunque algunos altos funcionarios se las arreglaron para llegar a Valparaíso.

Aunque algunas protestas habían tenido lugar en la mayor parte de las ciudades, estas habían sido mas moderadas y las autoridades locales lograron mantener algún control en los primeros tiempos. Sin embargo, muy pronto los Mapuche declararon la secesión aunque nadie parecía tener claro cual era la extensión del territorio que reclamaban.

Una gran flota de barcos militares y civiles extranjeros llegó a Valparaíso para evacuar a sus compatriotas. Cuando una muchedumbre intentó invadir las instalaciones del puerto se produjo un tiroteo que provocó un gran trastorno y atrajo a los pobres desde los cerros que saquearon y quemaron las áreas financieras y comerciales.

La evacuación tuvo que ser abandonada y se hicieron llamados para pedir la intervención de fuerzas internacionales que controlasen la situación. Habida cuenta de la renuencia local a aceptar la interferencia de los países vecinos, la fácil solución de una fuerza Sudamericana fue rechazada.

Cuando la UNCHIPAF logró ser organizada a principios del año 2011, el país ya se había dislocado en varias entidades con muy poca disciplina y escaso orden, con la mayor parte de la actividad económica paralizada, y su infraestructura destrozada.

Las escaramuzas entre las varias entidades y grupos, y al interior de cada una de ellas, continuaron. El desempleo y la hambruna obligaron a las Naciones Unidas a establecer campos en las afueras de las principales ciudades para alimentar y proteger a los refugiados.

El coronel Andersen miró a través de la ventana y se dijo: “Definitivamente, el subdesarrollo es un ejército de voluntarios”.

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