Centenario del natalicio de Leonidas Proaño

La jubilación de un obispo[1]

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Oswaldo Albornoz Peralta

Aunque no se crea, en pleno siglo XIX, existió en la ciudad de Cuenca un obispo de elevada moral y humanitario corazón, que se propuso, con sus solas fuerzas, llevar a cabo una tarea ímproba: efectuar unas pocas reformas en su diócesis, para aliviar, siquiera en algo, la vida gris y miserable de las gentes humildes. Por ejemplo, suprimió el cargo de pendonero, para obtener el cual los indios tenían que concertarse para poder pagar los derechos al cura, pues el alto honor de desfilar portando una pértiga con una cruz de hojalata, no podía ser gratuito. También ordenó que no se cobre estipendio alguno por los funera­les de las personas pobres, ya que esto significaba muchas veces, sobre todo en el caso de los indígenas, que los deudos tuvieran que convertirse en peones con­ciertos para conseguir la cantidad fijada en el arancel de derechos parroquiales o perder todo su escaso patrimonio. Y otros cambios, así mismo pequeños.

&nbsp Nada más.

&nbsp Este obispo bueno y reformador, se llamaba Miguel León.

&nbsp Pero su empeño fue vano. Pronto la frailecía perjudicada, unida con el seño­río y los fanáticos, organizaron una tremenda campaña y elevaron representaciones ante el Papa, acusándole de mala conducta y de locura. El Vaticano comisionó al entonces canónigo González Suárez para que instruyera una información secreta so­bre su comportamiento, y este religioso −a quien muchos tienen por hombre de ideas amplias− cumplió su cometido en consonancia con los deseos de los enemigos del prelado, razón por la cual, sin ninguna defensa, se le suspendió de sus funciones episcopales. ¡Era locura, ciertamente, enfrentarse con los poderosos y querer el bien de los explotados indios!

&nbsp Todo esto está narrado, con detalle, en el libro de José Peralta, Tipos de mi tierra.

&nbsp Ahora, al obispo de Riobamba, Monseñor Leonidas Proaño, que obedeciendo una disposi­ción eclesiástica ha presentado la renuncia del obispado por haber cumplido 75 años, le ha sido aceptada con una rapidez insólita, pese a que puede ser nega­da, conforme se ha hecho un sinnúmero de veces, como en el caso del cardenal Pa­blo Muñoz Vega, sin ir más lejos.

&nbsp ¿Por qué esta aceptación tan fulminante?

&nbsp El obispo Proaño, al igual que el obispo cuencano Miguel León, se había ganado la enemistad y la ojeriza de los poderosos, porque queriendo revivir las tradiciones democráticas del cristianismo primitivo de las que habla Engels en un trabajo sobre el tema −tal como propugnan hoy varios sacerdotes progresistas partidarios de la llamada Teología dé la Liberación− se había impuesto la tarea de bregar por el mejoramiento de la vida de las clases desposeídas, especialmente de los indios de su Diócesis, labor emprendida con celo y digna de todo encomio. Otro pecado más: se había pronunciado en diversas ocasiones contra ese terrible flage­lo de la guerra, cosa vedada y punible para los sirvientes del imperialismo, que siguen al pie de la letra, los mandatos del Imperio.

&nbsp Esta noble posición humanista y democrática, bastó para que los explotadores de nuestro pueblo desataran su furia y le calificaran de elemento revolucionario, merecedor por lo mismo del condigno castigo. Ya por su influencia, y bajo la acusación de patrocinar una reunión subversiva −ver Historia y Documentos del Encuentro de Riobamba, Salamanca, 1977− la pasada dictadura militar[2] le apresó junto con varios obispos extranjeros, acción torpe y represiva que fue condenada por las fuerzas de izquierda de todo el país, incluyendo nuestro Partido. Las bandas de Tradición, Familia y Propiedad organizaron una baja campaña contra su persona y todo el clero progresista. También contó con la oposición de la clerecía reaccionaria que defiende a capa y espada los intereses de las clases dominantes. En fin, un asedio tenaz, unas veces franco y otras veces solapado.

&nbsp Son estos hechos, pues, las causas para su prematura "jubilación". Se ha solicitado, con ocasión de la visita del Papa,[3] que el obispo Proaño siga en su diócesis. Es difícil predecir el resultado de esta petición. Se sabe que la Curia Romana ha condenado la Teología de la Liberación y todas las otras tendencias progresistas que afloran en el seno de la Iglesia. Se sabe lo sucedido en Nicaragua. Allí, en clara colusión con el Departamento de Estado, se ha prohi­bido el ejercicio de su ministerio a algunos sacerdotes por el solo hecho de haberse identificado con su pueblo. Ernesto Cardenal, el gran poeta, es uno de los afecta­dos.

&nbsp El Documento de Santa Fe dice:

&nbsp “La política exterior de EE.UU. debe comenzar a enfrentar (y no simple­mente a reaccionar con posterioridad) la teología de la liberación. Las fuerzas marxistas−leninistas han utilizado la Iglesia como un arma política contra la propiedad privada y el sistema capitalista de producción infiltrando la comunidad religiosa con ideas que son menos cristianas que comunistas".

&nbsp Este mismo lenguaje acabamos de oír.

&nbsp Por tanto, es seguro que las oscuras fuerzas que hasta ayer le combatieron, se moverán para que el alejamiento del obispo Proaño sea definitivo, pues solo a ellos conviene este desenlace. De todas maneras, queda su obra y su ejemplo. Y es indudable, que tendrá seguidores.


[1] El obispo de los pobres, el obispo de los indios, o el obispo rojo como sus detractores le llamaban, por su abnegada labor pastoral en beneficio de los humillados y explotados de su diócesis. Alto exponente de la Teología de la Liberación latinoamericana, anatematizada a su debido tiempo por el Papa actual, fue apresuradamente jubilado como se recuerda en este artículo, publicado entonces en el semanario El Pueblo de los comunistas ecuatorianos, que destaca la valía de su pensamiento humanista, democrático y antiimperialista.

&nbsp [2] La dictadura de 1976-1979, que actuó así para impedir un encuentro internacional organizado por monseñor Proaño en la ciudad de Riobamba.

[3] Juan Pablo II, el Papa viajero, visitó justo en 1985 el Ecuador, sin aceptar la petición. Leonidas Proaño prosiguió con su labor redentora hasta 1988, sin diócesis ni inútiles autorizaciones, año en que falleció.

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