Censuras Alternativas

En su famoso cuento "La Sirena", Giuseppe Tomasi di Lampedusa describe, a través de su joven narrador, la situación que enfrentaba el lector de periódico italiano durante el régimen fascista de Mussolini.&nbsp Sin importar de que región fuera el periódico, las noticias, casi en su totalidad, eran las mismas. El periódico de Sicilia mostraba lo mismo que el de Turín, la ciudad donde se desarrollaba el cuento. Esta situación ha de ser familiar para aquellos que vivieron bajo regímenes totalitarios, como el de la Unión Soviética y sus satélites. Y muchos de los lectores de la prensa establecida latinoamericana asumirán que en la actualidad, en su región, la censura afecta solo a los de países de tinte socialista, como Venezuela y Ecuador, además, por supuesto, de Cuba. Esta es el mensaje de los periódicos miembros de la Sociedad Interamericana de Prensa, que incluyen a casi todos los más importantes de Latinoamérica.

Sin embargo, ellos también practican una forma de censura. Esto suena muy obvio para cualquier persona ligeramente familiar con el pensamiento pos modernista. Incluso los diarios y revistas dedicados a lo que los rusos llaman el “kompromat”, a revelar los escándalos sin importar quienes estén involucrados, como el Private Eye de Londres y el parisino Le Canard Enchainé, son influenciados por las tendencias políticas de sus editores, que en el caso de estos dos es de izquierda. En el caso de los periódicos latino americanos, debido a que son negocios familiares, algo que no es raro incluso en los EE.UU. y Europa, las políticas editoriales favorecen firmemente a la derecha o un liberalismo con tendencia a la derecha. Casos como el de La Jornada de la Universidad Autónoma de México, un diario de izquierda financiado por el magnate de las telecomunicaciones Carlos Slim, en cambio son bien raros. En pocas palabras, los diarios de Latinoamérica, como la mayoría de los de occidente, representan claramente la perspectiva de la alta burguesía. Por supuesto esto por si mismo no implica que todo lo que publiquen sea una propaganda que busque manipular al público para promover intereses particulares o de clase. Pero la parcialidad esta presente, y se nota. Lo mismo sucede con los medios oficiales, que representan y persiguen los intereses del estado. Dentro de los límites – implícitos y explícitos – impuestos por las sociedades dentro de las que actúan, nada evita que el medio privado sea tan inmoral y egoísta como el estatal y viceversa.

A pesar de que las declaraciones de la SIP digan lo contrario, los medios privados latino americanos – otra vez, al igual que los de occidente – se pueden encontrar con un gobierno que favorece a sus intereses y, dejándose llevar por la euforia ideológica (por más que intente esconderse detrás de la pseudo ciencia de la economía neo clásica, el liberalismo libre mercadista siempre será una ideología más) o la más primitiva avaricia, se convierten en verdaderos portavoces del estado. Ejemplos claro de esto se encuentran entre los medios del Cono Sur. Durante las tristemente celebres dictaduras de los años 1970 y 80, en Argentina y Chile, medios supuestamente liberales apoyaron la represión y violencia entonces imperante, por que favorecían a los intereses de sus dueños. Tomemos el ejemplo del liberal Clarín de Buenos Aires, cuya dueña, Ernestina Herrera de Noble, enfrenta un juicio por adoptar niños de desaparecidos. Junto con La Nación, diario con una posición claramente conservadora, apoyó a la dictadura, justificando sus medidas represivas con el grotescamente absurdo argumento de que eran para la defensa de la democracia. Ni hablar de El Mercurio de Santiago de Chile, propiedad de Agustín Edwards, el cual incluso se reunió con el entonces secretario de estado de los EE.UU., Henry Kissinger, para planear y conseguir financiamiento para una campaña de sabotaje contra el gobierno de Salvador Allende. El muy conocido O Globo de Río de Janeiro adoptó una posición tan halagadora hacia la dictadura de su país, que fue objeto de masivas protestas (bajo el lema “¡Globo, el pueblo no es bobo!”).

Ninguno de los dueños de estos medios si quiera han admitido, peor pedido perdón por ponerse del lado de estados enfermos con una paranoia típica del anti-comunismo de la Guerra Fría, obsesionados con exterminar cualquier elemento que siquiera parezca amenazar el orden establecido.&nbsp O se ignora este pasado, o se le sugiere al lector que ahora todo a cambiado, que esos eran otros tiempos, o peor, que lo que se hizo era necesario, que está en los intereses de todos olvidar y seguir adelante (el pensamiento detrás de las leyes “de punto final”).

Sin embargo, en la actualidad, décadas después de la desaparición de esas dictaduras, la censura persiste, y no es solo practicada por correistas y chavistas. Los periódicos miembros del SIP, y incluso algunos de izquierda, la aplican, consciente o inconscientemente, en sus páginas de noticias internacionales. A primera vista esto no parece un problema serio, pero en una era tan globalizada&nbsp como la nuestra, nos engañamos si nos dejamos llevar por las apariencias. Ya ningún país, por más socialista que sea, se salva de las crisis producidas por las caprichosas emociones de especuladores financieros (en la actualidad, el conjunto reunido bajo el eufemismo del “mercado”). O de los efectos de guerras al otro lado del mundo, que nos pueden traer miseria o prosperidad. Ni hablar del efecto de la emigración masiva en nuestra economía – ahora una crisis económica en España puede afectarnos tanto como una caída en los precios del petróleo.&nbsp

Y esta censura es parecida a la que aparece en el cuento de Lampedusa. Un lector de los mayores diarios ecuatorianos, cuando se trata de noticias internacionales, incluso de Latino América, va a leer exactamente la misma interpretación de los últimos eventos que uno en cualquier otra ciudad no solo del continente, si no del mundo. Las fuentes son, salvo muy raras veces, las mismas: Reuters, AP, UPI, EFE, AFP, DP. O se resumen los reportes de cada una de ellas, y el artículo aparece firmado por "Agencias". Raro es el evento privilegiado con una fuente del mismo periódico, un reportero enviado al lugar de los hechos. Poco más común es la nota sacada de diarios del mismo espectro político que las agencias, aquel de un liberalismo que yace en una zona indefinida del centro, milímetros a la derecha o izquierda. Por ejemplo El País de Madrid, el New York Times o el Nuevo Herald de Miami.

Todas esas agencias y medios privilegiados como fuentes están basados en los EE.UU. o en Europa Occidental. La información y interpretación de los eventos dada por ellos nunca es cuestionada por los diarios que la citan.&nbsp Se asume que es la verdad absoluta, que no existen mezquinos intereses o dogmas ideológicos que terminen corrompiendo el mensaje, convirtiéndolo en propaganda. Que las guerras contra el terrorismo y las drogas son solo eso jamás es cuestionado. Decir que no son más que una fachada para el imperialismo de siempre es una opinión, que en muchos casos aparece entre comillas, para dejar bien claro que no refleja para nada lo que piensan sus prestigiosos redactores, o peor, con una sapa ironía sugerir que son propias de un lunático. El resultado es una notable ausencia de visiones alternativas, lo que en muchos casos supone que el lector no solo no tendrá acceso a un análisis diferente, si no también a información ignorada por las agencias. El análisis limitado, si no sesgado, es justificado apelando a una objetividad que nunca deja de ser un ideal, como un santo antiguo en un alto pedestal, adorado por todos a pesar de que su existencia nunca a sido probada. Robert Fisk, columnista y correspondiente en el Medio Oriente del londinense The Independent, resumió el problema con esta filosofía de una forma sucinta y sagaz. El se preguntó que reportero, en una investigación del fenómeno de la esclavitud en el siglo 18 y 19, le daría cabida a la opinión del capitán de los barcos negreros. La posibilidad de que la falta de fuentes alternativas termine perjudicando al lector limitando su acceso a información relevante, cuando no clave, no es ni siquiera considerada.

Este oligopolio de las fuentes también se hace presente en las paginas culturales y de entretenimiento. A pesar de que un reportero con acceso a la prensa internacional en el Internet, y que solo domina la lectura del inglés, podría armar fácilmente un artículo resumiendo, o tratando con profundidad y lujo de detalles, las últimas corrientes y eventos de importancia en el mundo de la literatura, música, cine, más la ciencia y tecnología, las agencias siguen proveyendo la mayor parte de la información internacional en estos campos. Resulta difícil para la persona con poca experiencia con la sutil censura imperante en las democracias contemporáneas, que no sabe leer “entre líneas”, apartar la propaganda corporativa de la información y análisis propia de la agencia. Cuando la última mega película de Hollywood llega al Ecuador después de ser estrenada en los EE.UU., el público escucha en gran parte lo que el estudio quiere que escuche. La opinión de los más conocidos críticos gringos, incluso de medios bien conocidos y liberales como el New York Times, o especializados en la industria del cine como Variety, rara vez aparece, excepto si es halagadora hasta el extremo de parecer escrita por un propagandista del mismo estudio (después de todo eso es lo que es un relacionista público, según el mismísimo fundador de esa profesión, Eduard Bernays, sobrino de Sigmund Freud).

Una de las películas que jamás recibirá tal tratamiento, o llegará a la cartelera de los multicines, es “El Viaje”, una sátira del director argentino Fernando Solanas sobre Latinoamérica durante el auge del neoliberalismo – la década de 1990. Las tradicionales reuniones de los líderes de la región con el presidente norte americano aparecen como una reunión de países "arrodillados", en las que los presidentes latino americanos imploran arrodillados por la atención del magno gringo, siguiéndolo de un lugar a otro incluso en esa posición. Si la sátira hubiera incluido a las agencias, ellas serían las que leen las encíclicas de la Escuela de Chicago y las interpretan para otro grupo de arrodillados. ¿Se levantarán estos últimos alguna vez, y formarán una agencia de noticias verdaderamente latinoamericana, que si no es reconocida por una posición editorial realmente diferente, por lo menos le quite un pedazo de la torta mediática a las portavoces de un occidente moralmente decrépito? ¿Usarán su riqueza para pelear contra el imperio mediático de su némesis, el Socialismo del Siglo XXI, en vez de gastársela en lujos y viajes, o llenar piscinas con billete verde a lo Rico McPato? ¿O irán a implorarle al Departamento de Estado de los EE.UU. que les preste la plata (y la iniciativa) para hacerlo?

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