Ceder soberanía

Desde que la Unión Europea incluye la libertad de circulación de capitales hacía falta ceder soberanía fiscal y laboral. Fue una de las más importantes críticas de la izquierda a la forma en la que se fue construyendo una UE perfecta para acabar con el Estado social de cada uno de sus miembros. Si uno tiene la posibilidad de llevarse su gran empresa de España a Suecia o a Malta sin ninguna traba lo hará a aquel país en el que pague menos impuestos y sus trabajadores tengan menos derechos que reclamarle.Así, se introducía deliberadamente la competitividad entre Estados que tenían que luchar por ser el que menos impuestos pusiera a los grandes capitales y el que diera más capacidad para contratar trabajadores a bajo coste y con pocos derechos. Con ello se conseguía que las empresas vinieran o al menos no se fueran.

¿Hace falta ceder soberanía en materia fiscal y laboral? Sin duda, desde el principio. Pero la soberanía no sólo se transfiere entre un ente territorial y otro (cada Estado cedería competencias a la UE). También se puede transferir verticalmente: de un pequeño grupo hacia abajo (democratizando) o del conjunto de la población a un pequeño grupo (mandando la democracia que haya al garete).

Y ese es el problema de la cumbre del siglo de este fin de semana. Además de no preocuparse en absoluto de la armonización laboral (total, el empleo no es una preocupación demasiado importante en esta crisis, lo importante es la deuda y el déficit públicos), los veintitrés países que parecen haber llegado a un acuerdo hace un par de horas han colocado porciones de su soberanía en menos manos. Así, lo que parecen haber acordado (apenas hay ahora mismo noticias concretas) no es siquiera una centralización fiscal, sino que lo que se cede es la capacidad de veto sobre los presupuestos de cada Estado antes de su aprobación. Lo que hasta ahora se aprobaba en parlamentos ahora será presentado a éstos sólo si cuenta con el visto bueno de la Comisión Europea.

Lo que estamos cediendo no es soberanía nacional&nbsp a otro nuevo ente territorial sino soberanía popular que deja de serlo. Si ya andaba muy debilitada la democracia en cada Estado, en la Unión Europea la democracia está por estrenar. Y la vieja separación de poderes salta por los aires: la Comisión hace las veces de poder ejecutivo europeo y será ésta la que controle a los poderes legislativos en una de sus funciones más importantes, la presupuestaria, en vez de ser los parlamentos los que dicten hacia arriba cómo se deben ingresar y gastar los cuartos. Recordemos además que nunca hemos elegido directa ni indirectamente una Comisión europea, sino que ésta se elige mediante un chalaneo entre los grandes partidos europeos y los gobiernos y el mejunje es presentado a un Parlamento europeo que sólo puede vetarla para que vuelvan al chalaneo hasta encontrar una composición digerible por el Parlamento. Así sucede que tras una guerra como la de Irak, aborrecida por casi toda Europa, presida la Comisión un tipejo que fue el anfitrión de las Azores, el único de aquella cita criminal que no ha sido pasado por las urnas porque su cargo no está a disposición de ellas.

Sin control democrático las decisiones son controladas por otros. Es lo que está dejando claro la crisis: que la tensión está entre los pueblos y las oligarquías financiero-económicas. Una Comisión europea que está al margen de la democracia está al merced de los banqueros. Por eso parece claro que nunca vetarían&nbsp ese&nbsp banco malo&nbsp al que Rajoy parece dispuesto a dedicar 100.000 millones de euros públicos&nbsp (sin que el déficit público exija tanta austeridad como cuando hablamos de otros gastos, ni que aparezca como prioritaria parar la&nbsp hemorragia de la deuda) pero que verían inadmisible que esos 100.000 millones de euros se pusieran al servicio de la creación de un verdadero estado social, de industrias públicas y de un banco público (100.000 millones dan para muchísimo).

¿Transferir soberanía de España a Murcia o de Madrid a Europa? Perfecto, sin ningún problema: lo que sea más operativo y justo. Lo que debemos rechazar con todas nuestras fuerzas es que se transfiera la escasa soberanía democrática de la que disponemos a una férrea soberanía oligárquica que es a la que nos acercamos. No se trata sólo de principios democráticos (que tampoco están de más) sino de que las decisiones beneficiarán a quien gobierne: el pueblo o el poder económico. De eso se trata.

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