Catalunya y la decisión de la CUP: ¿Oportunidad perdida para dar un giro de izquierdas al procés soberanista?

Por Pedro Antonio Honrubia Hurtado

Vaya por delante mi máximo respeto a la capacidad soberana de la CUP para tomar la decisión que, en función del mandato emitido por las urnas el pasado 27-S, ha creído oportuna. Vivimos en unos tiempos tan convulsos en los que la crítica política rápidamente se convierte en ataque despiadado y poco menos que el […]

Vaya por delante mi máximo respeto a la capacidad soberana de la CUP para tomar la decisión que, en función del mandato emitido por las urnas el pasado 27-S, ha creído oportuna. Vivimos en unos tiempos tan convulsos en los que la crítica política rápidamente se convierte en ataque despiadado y poco menos que el no estar de acuerdo con una determinada decisión de esta o aquella organización te convierte en enemigo de la misma o en alguien que ya por ello debe odiar todo lo que tal organización represente. Para mí la CUP, hoy como el viernes, ahora como cuando anunciaron su No a la investidura de Mas (que no compartí tampoco), es un ejemplo a seguir y una organización de la cual aprender en muchos sentidos para mi propia militancia y de las organizaciones en las que milito, a la que profeso gran admiración, tanto por la forma en la que han ido haciéndose un hueco en la política catalana, como por la manera de organizarse que tienen, como por el ideario y las propuestas que defienden y representan. Que ahora piense que se han equivocado estratégicamente en la decisión adoptada no cambia un ápice este sentimiento que he tenido y sigo teniendo hacia ellos y ellas. Mi crítica es, en clave estratégica, a la decisión tomada, no a la organización ni a sus militantes.

¿Por qué podía ser positivo para la CUP investir a Mas con el acuerdo anterior?

Dicho lo cual resulta todavía más paradójico que ahora esté en contra de la decisión adoptada cuando hasta hace dos semanas era claramente partidario del acuerdo con JxS con investidura de Mas incluida. Pensaba, y sigo pensando, que el procés no podía detenerse, que el 27S había dado un mandato a las fuerzas independentistas para que se pusieran de acuerdo y continuaran con su desafío al estado y profundizar así en la crisis de régimen, orgánica, que actualmente vive el estado español. Entendía que Mas era una cadáver político y que hacerlo President en esas condiciones situaba a la CUP en una posición favorable, en un escenario de convulsión y gobierno en precario, que podía ser muy beneficiosa para, llegado el momento, hacer girar el procés hacia la izquierda y acabar con la histórica situación de CDC como “partido-país” en Catalunya. Mas tiene demasiados muertos en el armario como para pilotar un proceso de este tipo y sus propios fantasmas los habrían acabado por derrocar, reforzando con ello el papel del resto de actores políticos, civiles y partidistas, dentro de ese espacio nacional-popular que quiere ser reconocido como sujeto político de pleno derecho, a través de su reconocimiento como nación, mediante la consecución del reconocimiento legal de su derecho a decidir que, a mi juicio, es el actual movimiento soberanista en Catalunya. Asimilable, desde la distancia histórica y los objetivos diferentes, al proceso que tuvo lugar en Andalucía durante la “transición”, cuando el pueblo andaluz construyó su propio movimiento nacional-popular expresado a través de la demanda de ser reconocido como un sujeto político con identidad propia en este caso a través de su derecho a la autonomía de máximos. En aquel momento Andalucía no decidió ser ni como las demás ni como la que más, sino que, simplemente, decidió SER. Y en el caso catalán actual pienso que está ocurriendo algo similar, que el pueblo catalán está masivamente queriendo SER, y eso se expresa en su reconocimiento como nación a través del reconocimiento del derecho a decidir (la independencia podría, o no, desprenderse de ello posteriormente, pero nunca antes de ello y mucho menos en los términos actuales). Situar a Mas a la cabeza del actual “procés” no era ventajoso para CDC, sino todo lo contrario. El nivel de desgaste político, en un tiempo donde los escándalos de corrupción del partido marcan la agenda política sistemáticamente, hubiera sido tal que los 18 meses en los que se ha definido la actual “hoja de ruta” hubieran sido un infierno tanto para el propio Mas como para su partido. Tras ello, el cadáver hubiera sido enterrado.

El derecho a decidir y no la independencia como motor central del “procés” actual

Claro, para entender lo dicho, parto de la premisa, seguramente discutible, de que el actual procés, expuesto en los términos actuales, no tiene la capacidad de imponer una independencia por más que sea eso lo que se pregona. El estado tiene suficientes mecanismos como para impedirlo, y además a nivel internacional no se cuentan con aliados ni necesarios ni suficientes para el éxito de una vía de este tipo. Como mecanismo de presión para avanzar hacia el reconocimiento al derecho a decidir era y es una buena estrategia, pero como proyecto de “desconexión” no tienen el menor viso de credibilidad. Todo ello, además, asumiendo que no existe una mayoría suficiente, en votos, que respaldaran el SÍ a la independencia en el pseudo-plesbicito del 27S. Hasta la propia CUP así lo dijo en los días posteriores a la celebración de aquellas elecciones. Un escenario así incidía claramente en la polarización NO-SÍ respecto de la independencia, generaba una tensión permanente dentro de las propias fuerzas nacionalistas y refuerza la posición de los enemigos del proceso dentro y fuera de Catalunya, en el estado y fuera de él. Creo, en cambio, que lo que aquellas elecciones, como las pasadas del 20D han demostrado, es que existe una mayoría amplia, verdaderamente mayoritaria, que está a favor del derecho a decidir. Y si finalmente la “hoja de ruta” actual tenía como finalidad presionar para lograr ese escenario de reconocimiento, tal vez sea más acertado estratégicamente aglutinar fuerzas en torno a la defensa clara y rotunda de tal objetivo, en lugar de camuflarlo tras un proceso de desconexión de España que no considero ni viable ni real. Por ello cuando la CUP dijo NO a Mas, y aunque en un primer momento no compartí la decisión, también entendí que podía ser una buena oportunidad para reconducir el procés hacia otros escenarios más realistas y plausibles. El procés ha muerto, ¡Viva el procés!, pensé entonces y así lo expresé en mi cuenta personal de facebook. El NO de la CUP, pues, era una oportunidad.

Una oportunidad para repensar el procés en unas claves más realistas, de izquierdas y mayoritariamente apoyadas por la sociedad catalana

Se abría, como he dicho, una interesante oportunidad para repensar el procés desde otras claves, más sensatas y realistas, con mayores consensos y con caminos políticos más factibles y plausibles. Pero lo más importante: existía la posibilidad de dejar a CDC, ese partido santo y seña de la corrupción y el neoliberalismo más atroz en Catalunya, arrinconada y fuera de su tradicional papel como “partido-país” en Catalunya, así como la posibilidad de tejer una alianza mayoritaria y masiva en torno al derecho a decidir y además en clave de izquierdas. Justo lo que yo pensaba que podía ocurrir invistiendo a Mas, pero por una vía mucho más rápida y efectiva. Era de hecho, pienso, lo que los tiempos estaban demandando estratégicamente. Los resultados del 20-D y las encuestas que ya se venían manejando así lo aconsejaban. Mas y CDC hubieran sufrido un tremendo varapalo en las urnas, ERC hubiera reforzado mucho su fuerza y hegemonía dentro de lo que actualmente es el espacio de JxS, pero, sobre todo, una alianza entre la CUP y ECP, bajo la doble clave estratégica “derecho a decidir” y “cambio político hacia posiciones de izquierdas y rupturistas”, habría dado un vuelco total a la orientación del procés, imponiendo una mayoría abrumadora a favor del derecho a decidir y posiblemente un gobierno entre ERC y esta alianza que enfocara su “hoja de ruta” hacia la confrontación abierta contra el “inmovilismo españolista” y con políticas de izquierdas, rescate ciudadano, defensa de lo público y lucha por dar respuesta a la emergencia social, encima de la mesa desde el primer al último día de la legislatura. CDC se habría visto, incluso, obligada a retratarse: apoyar a esa nueva mayoría o ponerse en la oposición junto al bloque del NO, volviendo a su lucha por un pacto fiscal y dejando a un lado su máscara independentista, en tanto y cuanto, sin papel hegemónico y desbancada como “partido-país”, sería más libre para expresar lo que verdaderamente piensa, sin eufemismos ni atajos retóricos. El espacio nacional-popular que JxS había monopolizado, con CDC como expresión hegemónica dentro del mismo, era posible ponerlo en disputa y expulsar de él a CDC, convertirlo en otra cosa mucho más acorde, incluso, a lo que la CUP es y representa como organización, pero se ha tenido miedo a ser vistos como “traidores”.

JxS como “movimiento populista” y la posibilidad de poner ese espacio hegemónico en disputa

Siempre he pensado, y así lo escribí en un artículo el propio 27-S, que existía un trasfondo “populista” en la hegemonía de “Junts pel Sí” en el procés catalán tal y como se quería expresar a través de las propuestas en liza ese 27-S, que lo constituía como actor central en el proceso y que, finalmente, servía para explicar su capacidad para mover amplias masas que se sienten identificadas con el “proceso” y hacer camino. No es, pues, que los catalanes de izquierdas que votaron a “Junts” aquel día se hubieran vuelto locos de repente, no es que se hubieran olvidado de la corrupción de CDC o de los brutales recortes de Mas, no. Es que en esa “coalición” el soberanismo catalán reflejaba mejor que en ningún otro espacio su propia historia reciente, y era en ella donde se encarnaban las principales y más características (hegemónicas) dinámicas políticas del nacionalismo catalán, a nivel institucional y a nivel de la sociedad civil, en estas últimas cuatro décadas: las recogía, las representaba y les daba forma, incluyendo dentro de ellas lo que ha venido sucediendo en estos últimos 3 o 4 años. “Junts pel Sí” era realmente una elaborada construcción de “unidad nacional” al estilo tradicional, que, a su vez, era fiel reflejo de lo que han sido las tendencias hegemónicas en el soberanismo catalán durante estas últimas décadas; fiel reflejo de los propios deseos del pueblo catalán. El soberanismo catalán ha sido principalmente, en su componente hegemónico durante estas últimas décadas, conservador y de derechas, popular, sí, incluso con ciertos rasgos populistas evidentes, pero sustentado en su propia realidad material y estructural como pueblo y a raíz de ello impulsado por la burguesía y la clase media catalana, que han ejercido como elementos de cohesión a los que eventualmente se han podido sumar las clases populares mediante lo que política y sociológicamente ha implicado la existencia de una especie de “partido-régimen” populista (CiU-CDC) -a través del cual millones de personas han canalizado la defensa de su identidad y de su reconocimiento como pueblo-, o a través de fenómenos con cierto carácter progresistas como ERC, que, a cuenta gotas y desde una posición subordinada, ejercían de complemento y enganche para un sector de esas clases populares, pero sin salirse nunca de esos esquemas tradicionales. Y por eso la CUP, que no encajaba en esas tendencias hegemónicas, no podía tener cabida en “Junts pel sí”: no era su lugar y no hubiera tenido sentido que lo fuera. En Catalunya, en consecuencia, en relación a esas posiciones simbólicas y estratégicas que su propia historia como pueblo ha otorgado a los diferentes actores del “nacionalismo” y/o del “soberanismo”, no se daban las condiciones para la construcción de un movimiento “nacional-popular”, progresista y/o revolucionario, que abanderase el proceso soberanista en marcha y mucho menos que fuese capaz de liderar una hipotética transición hacia la independencia, de la misma manera que en Andalucía no es posible la existencia de un nacionalismo de derechas o que pudiera darse un proceso similar abanderado por la burguesía andaluza (y ahí tenemos el ejemplo el 4-D al 28-F). Los catalanes, en su conciencia colectiva como pueblo -memoria compartida y tradiciones que le son propias como hegemónicas-, especialmente los soberanistas, lo saben y actúan en consecuencia. Y la hegemonía de “Junts pel Sí”, tal y como estaba planteado este espacio político con CDC a la cabeza, era, precisamente, la demostración fáctica de esa imposibilidad. Pero todo ello si lo enmarcamos dentro del tradicional espacio “nacionalista” y solo dentro de ese tradicional espacio, algo que el 20D saltó por los aires y puso encima de la mesa nuevas “lecturas” de la realidad. Unas lecturas de la realidad que ahora la CUP podría haber utilizado para fijar una nueva estrategia política que apuntase hacia otro escenario.

Si hasta ese momento el proceso catalán era un proceso impulsado por un movimiento de “unidad nacional” como tantos movimientos del estilo ha habido a lo largo de la historia en diferentes partes del mundo, pero en ningún caso era, en ese formato hegemónico, un proceso de construcción “nacional-popular” que pudiéramos considerar como “revolucionario” o “progresista”, del cual pudiera emerger, como resultado natural, la construcción de un nuevo sujeto político popular con aspiraciones rupturistas y transformadoras de la realidad social catalana (incluso la CUP lo sabía, de ahí que, como finalmente ha pasado, se hubiera mostrado dispuesta desde un primermomento, asumiendo la hegemonía de “Junts pel Sí”, a apoyar un gobierno no liderado por Mas)., tras el 20D, y con la posibilidad real de expulsar a CDC de ese centro hegemónico, tal vez eso pudiera haber variado, al menos parcialmente, hacia otras posiciones con tintes más claramente de izquierdas.

De un proceso que tenía características principalmente liberales-conservadoras, y más tendente, en sus orientaciones principales y hegemónicas, a la derecha que a la izquierda, se podría haber pasado a otro en el que, con la bandera del derecho a decidir y el “cambio social” -la ruptura con lo “viejo”- como reclamo de masas, no diremos a un proceso revolucionario ni nada similar, pero sí a un escenario donde las fuerzas de izquierdas se convirtiesen claramente en hegemónicas y abanderadas centrales del mismo. En sus pretensiones inmediatas y en sus planteamientos más determinantes se expresaría igual como movimiento interclasista, pero ya no impulsado por la idea de un proyecto de “unidad nacional” en el cual la burguesía y las clases medias tienen un papel fundamental y de liderazgo en muchos sentidos (el rol central de CDC y de las llamadas “organizaciones de la sociedad civil”), sino por fuerzas progresistas que suman al derecho a decidir el cambio social y la justicia social como reclamos centrales el movimiento. Ya no hubiera sido necesario, por supuesto, “correr un tupido velo” sobre los lamentables fenómenos políticos asociados a CDC y su hegemonía de más de tres décadas, puesto que si antes sin CDC y lo que representa en el imaginario colectivo de Catalunya no sería posible afrontar, sumando el componente popular, un proceso de este tipo, ahora sí lo hubiera sido: estaban dadas las condiciones para ello. Esa creo, debería haber sido la -valente- apuesta estratégica de la CUP en este momento.

El “error” estratégico de la CUP y posibles aprendizajes para el futuro

En su lugar, en cambio, creo que la CUP ha pagado la “novatada” y ha sido presa de la presión que se articuló en su contra por los diferentes sectores, y sus medios afines, del pujolismo y neo-pujolismo convergente, ha decidido apostar por el modelo anterior, ese que se construye en clave de “unidad nacional”, que excluye de él, en el sentido que les imposibilita el apoyo, a más de la mitad de la población de Catalunya, y que, una vez más, refuerza a CDC como actor hegemónico del soberanismo catalán. Una CDC que ahora tendrá tiempo de liquidarse como “viejo partido”, refundarse bajo unas nuevas siglas, forzar a que las cabezas más “manchadas” de la formación den un paso atrás y una nueva generación de políticos convergentes, surgidos en buena parte de la política municipal o del entorno de Mas menos visible hasta el momento, den un paso al frente y le “limpien” la cara al partido. Y todo ello teniendo al frente de la Generalitat a uno de los suyos, como siempre. Si ERC fue capaz de apoyar en su momento un gobierno junto al PSC e ICV, ¿no hubiera sido ahora el momento de apostar por una nueva estrategia? Unas alianzas con todos los sectores que defienden el derecho a decidir, hegemonizada por las fuerzas de izquierdas, y ratificada en las urnas, con una CDC saliendo derrotada de ese escenario electoral nuevo, hubiera sido, sin duda, un escenario mucho más favorable tanto para el propio procés en sí, como sobre todo, para las fuerzas del cambio que quieren que Catalunya mande de una vez al basurero de la historia a CDC, sus recortes y su corrupción. Y luego, una vez que el derecho a decidir sea una realidad (que antes o después lo será), que cada quien apoyara lo que creyera oportuno en ese referéndum, pero ya con las fuerzas de izquierdas al frente de la política catalana.

Así, asumiendo la idea de que el referéndum no va a ser algo inmediato y que, a su vez, es el verdadero motor central que impulsa el movimiento soberanista en marcha, lo que pienso es es que todo ello se debería haber tenido en cuenta, para tomar una decisión, desde el doble escenario que implica soterradamente: 1) Avanzar hacia la consecución del derecho a decidir y el referéndum -en ambos casos, tanto por la vía de la “desconexión” actual como por esta otra vía “alternativa”, ese objetivo está presente y son métodos efectivos-, 2) Aprovechar la oportunidad para girar el tradicional carácter hegemónico de soberanismo catalán, conservador y tendente a la derecha, hacia una hegemonía de las posiciones de izquierdas, algo que en el actual escenario, con este nuevo acuerdo de “unidad nacional”, no veo posible. Es decir, en definitiva, avanzar hacia el derecho a decidir y, a su vez, mandar, de verdad, a CDC al basurero de la historia, no porque fuese a desaparecer como partido, sino, simplemente, porque, de tal forma, se la desbancaría de su posición tradicional como “partido-país” y ese espacio podría haber pasado a ser ocupado por un liderazgo de fuerzas de izquierdas aliadas. Creo que la cuestión no es baladí, ni mucho menos. Y el resultado del referéndum ya se vería.

En cualquiera caso, en 18 meses veremos los resultados de la decisión actual. Mi opinión es que, pese a que CDC saldrá reforzada de todo este periodo, se volverán a dar las condiciones para un giro así a la política catalana. Espero que entonces la decisión de la CUP, pero también de ERC, sea otra muy diferente. Porque de independencia para esa fecha, seamos realistas, nada de nada (y si lo logran me tragaré mis palabras, los felicitaré con todas mis fuerzas por su acierto estratégico y me quitaré el sombrero ante ellos, una cosa no quita la otra).

-->

COLABORA CON KAOS