Catalunya y ecología social. Cerdos, un asunto de estado

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Cataluña, cárnicamente hablando, se encuentra en una situación muy delicada que tenemos que conocer y, colectivamente, como asunto de estado, resolver. Me refiero a esta época de vacas gordas que vive el sector porcino industrial. Contra la dinámica capitalista de aprovechar el boom y seguir en la espiral de crecimiento, quiero argumentar por qué, en mi opinión, desde las administraciones se debe actuar decididamente para poner freno a esta expansión.

Pensando en el sector, por prudencia. Porque sabemos que todas las burbujas acaban explotando. Desde el 2018 la demanda de carne porcina está creciendo con fuerza a escala mundial por la aparición de la peste porcina africana en China, el principal consumidor y productor de carne porcina del mundo (se calcula que su censo, de unos 460 millones, ya se ha reducido en un 50%). En España, donde destacan Cataluña y Aragón, las exportaciones de carne porcina a China han subido un 80% en volumen y un 130% en valor, y, finalmente, el precio de referencia ha crecido alrededor de un 25% de media -y en casos como el de la lonja de Mercolleida se ha pasado de pagar el kilo de cerdo vivo a 0,99 euros a pagarlo a casi 1,5 euros en un año-. Prudencia porque no sólo es difícil detener el avance de la peste, incluso con vallas como las que Dinamarca ha instalado en la frontera de Alemania y las que Alemania está instalando en la frontera con Polonia, donde ya se han detectado jabalíes infectados, sino también porque se prevé que en cinco años China habrá recuperado su capacidad productiva, y aquí tendremos un sector mucho más sobredimensionado que el que ya tenemos en la actualidad y sin mercados a los que acudir. No tenemos planeta B.

En cinco años China habrá recuperado su capacidad productiva (afectada por la peste porcina), y aquí tendremos un sector mucho más sobredimensionado que el que ya tenemos

Pensando en todo el sector ganadero, por equilibrio. El éxito porcino se está cobrando muchos damnificados, el más conocido de los cuales es el que afecta a la industria de transformación, que tiene que comprar materia prima a un precio muy superior al habitual. Para las pequeñas empresas artesanas de embutidos, generadoras de mucha ocupación y muy arraigadas en el territorio, es muy grande el riesgo de cierre o de ser absorbidas por una de las 4 o 5 grandes empresas que ya controlan la porción más grande del mercado. Pero también afecta a las pequeñas ganaderías de cabras y ovejas, que están viendo como los mataderos donde llevaban a sacrificar sus animales ya no los aceptan porque se han adecuado a las nuevas normativas de China, que exigen a estas instalaciones dedicación exclusiva a los cerdos.

Pero sobre todo pensando en el planeta, para mantener la esperanza. Este boom porcino industrial se opone a cualquier medida de lucha contra la emergencia climática. La única manera de reducir las emisiones de este sector (del 14,5% del total de gases de efecto invernadero derivados directamente de la ganadería, según las cifras de la FAO, un 41% tienen su origen en la producción de alimentos para su engorde, principalmente de los cerdos en régimen estabulado) pasa inevitablemente por la reducción del número de cabezas de cerdo que tenemos en Cataluña.

No me gusta por lo bélica que es la metáfora, pero es cierto que una retirada a tiempo es una victoria, y las administraciones competentes en la materia, sobre todo la Generalitat, tienen la responsabilidad de frenar esta espiral. Como se exige desde movimientos como Fridays for Future, hay que “aprobar de forma inmediata una moratoria en la construcción de granjas de producción intensiva, incluidas las licencias que se han concedido estos últimos años de granjas que aún no están construidas” y , añado, acompañar de la mejor manera posible la reconversión total del sector. Un decrecimiento irrenunciable que a priori creo que no es tan complicado de realizar, teniendo en cuenta que la mayoría de producciones del país son de un tamaño medio y están en manos de titulares individuales, aunque se han visto conducidos a integrarse a los grandes holdings industriales que todos conocemos por sus pizzas o su cadena de tiendas de alimentación. Es a ellas y ellos a quien se debe apoyar para reconvertir sus granjas en modelos ecológicos en los que se trabaje con muchos menos animales, con mejores condiciones para los animales y fijando desde la administración un porcentaje mínimo obligatorio de alimentos locales en su dieta. Este esfuerzo será necesario acompañarlo también del apoyo de la población, que tenemos que reducir el consumo de carne y pagar como dios manda la carne local, ecológica y saludable comprada al pequeño comercio o directamente en el campo.

Diari Ara*

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