Casaldáliga: las causas por encima de la propia vida

En el presente artículo no describiremos detalladamente la vida y actos de Pedro Casaldáliga, el obispo del pueblo, tal y como lo llamaban en Sao Félix do Araguaia. Tras una semana de su muerte, ya han salido a la luz muchos reportajes sobre ello. Lo que sí haremos a continuación será sumergirnos en su pensamiento político-religioso; los principios elementales de la teología de la liberación, corriente en la que se inscribió el obispo catalán; su relación con el marxismo y, por último, el presente y futuro de esta corriente teológica.

Hagamos una breve introducción: ¿qué es la teología de la liberación? Teología significa la ciencia de Dios, es decir, aquella rama que trata de estudiar la relación de la humanidad con lo religioso, la concepción de la humanidad sobre Dios.

Pues bien, la teología de la liberación es aquella corriente dentro del cristianismo (tiene su inicio en la Iglesia católica pero también cuenta con seguidores en las iglesias protestantes) que nace de la lectura del Evangelio desde las luchas populares en América Latina, mezclando la exégesis bíblica con el análisis marxista como método de comprensión de la realidad para así transformar sus estructuras.

Además, hay que entender el contexto mundial y político en el que nace dicha corriente teológica: una Iglesia necesitada de apertura y renovación (Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín) y una agitada actividad política en una América Latina plagada de dictaduras, injusticias, desigualdades y las luchas populares contra ellas.

La causa de los pobres

Desde sus inicios, el cristianismo siempre ha tenido un mensaje lacerante contra las riquezas, considerándolas inmorales a la par que existía la pobreza. Con el paso del tiempo, esta visión convive junto con otra que se hace mayoritaria: una óptica vertical, paternalista e instrumental de los pobres por parte de las élites.

Sin embargo, la teología de la liberación va a las raíces del Evangelio: Jesús de Nazaret fue alguien pobre que optó por los más humildes y por querer una sociedad radicalmente nueva basada en la fraternidad (el Reino de Dios), lo crucificaron.

Por tanto, los desheredados ya no son instrumentos a través de los cuales conseguir la salvación celestial mediante la limosna, sino que son sujetos activos. No solo eso, sino que la teología de la liberación comienza a hacer una relación dialéctica entre riqueza y pobreza. Hay pobreza porque existe riqueza. Existe pobreza porque es producto de un sistema desigual e inicuo. Hay explotados porque existen explotadores. Y aquí comienza el salto de lo individual a lo colectivo, a la necesaria respuesta política.

Casaldáliga fue ejemplo de esta práctica. Dejó de tener buenas relaciones con los latifundistas y su parroquia se llenó de campesinos junto con los que articulaba respuestas a la explotación.  A los que defienden que la Iglesia debe atender por igual a los proyectos de los ricos y de los pobres y que el Evangelio acepta todas las clases sociales existentes por igual, esto les contestaba el obispo catalán:

Respondería que Cristo también vino para todos, y optó por los pobres. Y condenó a los ricos. Y rechazó el privilegio. Y fue sentenciado, torturado, ejecutado y colocado en la cruz por los poderes de latifundio, de la ley, del imperio.

No es posible pensar que el Evangelio sea para todos por igual. Lo peor que se podría decir del Evangelio es que el Evangelio es neutro. Yo suelo decir que el Evangelio es para todos, a favor de los pobres y contra los ricos: contra la posibilidad, la capacidad que ellos tienen de vivir en un privilegio que expolia a la inmensa mayoría de los hermanos. El rico, normalmente hablando, está excluido del Reino de los cielos.

La causa política y la causa indígena

Una vez hecha la opción por los pobres a nivel individual, hay un segundo paso que llega de inmediato: el salto a lo político, a la transformación de la sociedad. Para Casaldáliga, todo estaba relacionado con la actividad política, concibiéndola como el principal instrumento de liberación y emancipación.

Ese asumir la miseria, el sufrimiento, la indignación, la revuelta, el proceso de liberación de los pobres, la voluntad del de salir del estado en que viven, nos pondrá automáticamente en una postura política (revolucionaria incluso) de transformación radical de una sociedad que no responde a la voluntad de Dios, al proyecto del Reino. […] Entramos necesariamente en el proceso de transformación de la sociedad, en el proceso de la revolución.

No se entiende el amor por los oprimidos sin una respuesta política que conlleve un cambio de raíz. Es cuando se comienza a identificar al capitalismo como un pecado estructural y se hacen del marxismo junto con la teoría de la dependencia los métodos de análisis para comprender la realidad y buscar una necesaria alternativa.

La sociedad capitalista no responde a los estándares básicos que deben conformar la sociedad según el Evangelio. Por tanto, la revolución se hace necesaria y urgente. De hecho, como por ejemplo en el propio Brasil, el cristianismo de base iba más allá que los partidos comunistas oficiales, presos de su burdo mecanicismo histórico.

Mientras los aparatos comunistas, dirigidos desde Moscú, apostaban por una democracia burguesa tras el fin de las dictaduras, el Sínodo de los Obispos en Perú durante 1968 proponía la “superación de la democracia formal encubridora de la injusticia” junto con la necesaria expropiación de bienes y recursos a los que más tienen para construir una sociedad socialista.

Además, Casaldáliga también hizo suya la causa de los indígenas. Nunca quiso ser el protagonista y el líder de ninguna lucha, sino un sustento y apoyo de sus hermanos y hermanas. Desde un principio hasta el final luchó por la reforma agraria, contra el latifundio y la dictadura brasileña. De hecho, también fue muy crítico con la política adoptada por Lula, diciendo que no se respetaban la cultura de los pueblos indígenas, sino que solo se les consideraban sujetos con derechos si se integraban en la sociedad brasileña, renunciando a su propia cultura.

La causa de una Iglesia de base y popular

Para Pedro era necesario renovar la vida eclesial de arriba-abajo. La teología de la liberación siempre ha tenido un problema con la Iglesia jerárquica. Nunca ha negado que deba existir cierta jerarquía, ni el papel de unidad de la Iglesia reservado al Papa. Sin embargo, siempre ha entrado en conflicto con la autoridad papal. El propio Casaldáliga fue llamado al Vaticano, acusado de apartarse de la ortodoxia católica. No olvidemos que otro de los grandes teólogos, como Leonardo Boff, se vio obligado a abandonar el sacerdocio porque el Vaticano le impuso un año de silencio obsequioso.

Otro de los fallos estructurales internos contra los que luchaban Pedro y otros obispos latinoamericanos fue el clericalismo. A lo largo de toda América Latina comenzaron a formarse las Comunidades Eclesiales de Base. En ellas, aparte de realizar actividades de culto, se empoderaba a los laicos, se realizaban actividades políticas y los miembros de estas comunidades participaban simultáneamente en partidos y movimientos de carácter anticapitalista. No se concebía formar parte de una comunidad cristiana sin, a la vez, organizarse políticamente en los movimientos cuyo fin era la transformación radical de la sociedad.

¿Qué va a ser de la teología de la liberación?

En pleno siglo XXI, el panorama político y social ha cambiado plenamente. América Latina está viviendo un proceso radicalmente contrario: el protestantismo crece en el continente y este nutre a los movimientos de extrema derecha. Se ha pasado de una mayoritaria teología de la liberación, defensora de que el mandato divino es el fin de la explotación, a la teología de la prosperidad, arguyendo esta que si posees más dinero, eres más agraciado y estás más cerca de Dios.

Cuando la teología de la liberación estuvo en auge, tuvo al Vaticano como uno de sus principales perseguidores. Sin embargo, ahora se encuentra el Papa Francisco, primer Papa latinoamericano de la historia y mucho más abierto a sus postulados. Pero no pertenece a esta escuela, sino a la teología del pueblo.

Esta corriente ya no usa el marxismo como método analítico, abandona la hipótesis de la lucha de clases y se centra más en el pueblo y la cultura. Para entendernos, la teología del pueblo es a la teología de la liberación lo que el populismo es al marxismo. Eso sí, nadie niega que bajo el papado de Francisco, los postulados progresistas tienen muchas más posibilidades que en otros, como por ejemplo, los de Benedicto XVI y Juan Pablo II. De hecho, los documentos papales escritos por Bergoglio tienen un marcado carácter ecologista y anticapitalista, sobre todo Evangeli Gaudium Laudato Si.

A pesar de no atravesar un buen momento, la teología de la liberación siempre va a ser más que necesaria dentro de la Iglesia Católica. Ignacio Ellacuría, jesuita asesinado por la dictadura salvadoreña, decía que la teología de la liberación está encaminada a humanizar el socialismo, mientras que la Doctrina Social de la Iglesia (documento oficial de la Iglesia católica sobre postulados político-sociales) lo está para humanizar el capitalismo, llegando esta última a poder criticar las características más salvajes de tal sistema socio-económico, pero jamás a cuestionar la explotación del capital por el trabajo.

En definitiva, con Casaldáliga, se va uno de los últimos obispos latinoamericanos que han sido fieles a sus causas durante toda su vida: la construcción de una sociedad libre de toda explotación. Muchas y muchos han dejado una huella indeleble en muchas comunidades cristianas que, frente a los nuevos retos del contexto actual, buscan rehacerse y mantener el mensaje y ejemplo intacto de la teología de la liberación.

Referencias:

Europa Press (2015) «El jesuita Scannone asegura que la Teología del Pueblo, rama de la Teología de Liberación, está en la base de los gestos» (10/02/2015).

Lowy, Michael (2019) Cristianismo de liberación. Perspectivas marxistas y ecosocialistas. Barcelona: El Viejo Topo.

Vigil, José  María (2004). Sobre la Opción por los pobres.

Sobrino, Jon (2007) Fuera de los pobres no hay salvación. Pequeños ensayos utópico-proféticos. Editorial Trotta: Madrid

 

 

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