Carta de amor a mí misma

Por Isabel Martín Ruiz

¿Qué pasaría si dejara el peso que me puso encima el patriarcado y el amor romántico, y si me lo desmonto?

Por Isabel Martín Ruiz

Hace unos meses me separé. Quien era mi pareja decidió dejar de serlo.

No importan los nombres.

No importa la intensidad, el tiempo o el número de proyectos compartidos.

No importa prácticamente nada.

Según lo que he aprendido de estos meses, la única información relevante, lo único que de verdad importa en esta ruptura, es que yo había nacido con sexo biológico hembra y él con sexo biológico macho.

Esta información, que podría ser lo menos interesante, en el contexto donde se desarrollan nuestras vidas, es de vital trascendencia. Este dato, este y no otro, es el que va a definir bajo qué identidad de género “te vas” (porque no es inocuo) a desarrollar.

El rol de género: el papel que debes cumplir en la sociedad, sus límites, sus normas, cómo debes comportarte para ser percibida como apropiada y, esto incluye por supuesto, claras directrices sobre cómo debes sentir y porqué. El mío: rol de mujer.

Esta era yo y todxs lo sabían. Mi familia, mis profesores, mis amigxs, mis vecinxs, las instituciones, la televisión, la historia de mi libro del cole, la música de la radio…

Y así caminé mis días por el mundo. Como mujer crecí, estudié, trabajé, hablé en una asamblea, me asusté tras una voz en la calle. Así me mandaron a callar, me dijeron “no me dejes así”, así me agredieron…

Y así construí aquella relación de pareja que llegó a su fin.

Cuando mi mano de mujer cerró la puerta por última vez de aquella casa que habíamos compartido supe que aquella mujer, de quien dependían ahora los acontecimientos, tenía herramientas nuevas en las manos.

Así que allí nos fuimos sin mirar atrás.

Yo, mi duelo y mi feminismo.

Y esto iba a ser una diferencia sustancial.

“Te digo una cosa Laura, lo que ha cambiado completamente esta ruptura de otras, lo que está haciendo que esto sea radicalmente otra cosa para mí, es sin duda el feminismo”.

Ahora sabía que gran parte de las cosas que me estaban pasando, o podían pasarme, no eran mías, eran aprendidas bajo una cultura.

Estaba escrito que debía sentir baja autoestima (más incluso de lo habitual que se despacha), que debía sentirme incompleta, incapaz, que debía pensar que no era digna de que me quisieran y un largo etcétera que venía descrito todo, punto por punto, en cualquier libro que hablase sobre feminismo y construcción social del amor romántico.

Y entonces supe que esa manera de tratarme mal, esa manera de ser misógina conmigo, esa falta de ternura hacia mí misma, no era un asunto aislado, individual y casual, era frecuente, colectivo y político.

De repente mi duelo me parecía “autodefensa feminista”.

Tenía la curiosidad de traducir mis lecturas sobre teoría feminista a apoyos para conmigo. Y entonces me escuché, y aprendí a practicar la auto-sororidad, a darme la mano, a ser mi amiga y por qué no, a convertirme en mi propia socia de la vida.

Y en estos días, unos meses lejos ya de aquella puerta, algo me sigue empujando hacia delante.

¿Qué pasaría si dejara el peso que me puso encima el patriarcado y el amor romántico, y si me lo desmonto? ¿Eh? ¿Qué pasaría?

Y ahí me sale una sonrisa, me recojo mi moño, me pongo mis flores en el pelo, que me recuerdan que vengo del sur, y me digo “Vamos querida. A ver qué pasa hoy”

Y algunos “hoy”, en las horas de la tarde, gana la parte aprendida de princesa que espera que alguien la salve. Y me sale una tristeza en las manos que tengo que sacarme a pasear, y me sale sentirme pequeña y absurda y asustada.

Pero ahí vamos, lo que queda de mi princesa interior y yo. Ella, la verdad, cada vez más irreconocible.

Por si os la cruzáis, lo único que la diferencia de una guerrera es un trozo de corona que le cuelga aún del pelo.

Seguimos…

@Zita_martin

 

Carta de amor a mí misma

 

 

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