Carta abierta al profesor Pedro Campos

Distinguido y estimado Profesor:

Sigo con atención el debate sostenido en esta sección sobre Cuba, de la cual usted es, sin duda alguna, uno de los centros de gravedad y motor impulsor de tan necesaria polémica.

Como este tipo de prensa critica está lejos de ejercerse en los periódicos de la isla, pocos somos &nbsp los privilegiados de este tipo de lectura; cifra escuálida pues, directamente proporcional al escaso número de personas que disfrutan de internet en nuestra patria.

Pero eso usted bien lo conoce, y creo que le hago perder el tiempo si me detengo en repetirle una verdad de Perogrullo: ese es el periodismo que necesitamos, y que añoramos en los medios escritos Cubanos.

Sin embargo, necesitaba prologar mi carta de alguna manera.

Según usted mismo ha dicho, hace 16 años que intenta pacientemente -hasta ahora en vano- de hacerle ver al Gobierno Cubano la necesidad de determinadas reformas que tonifiquen la macilenta economía nacional.

Pero los Gobernantes Cubanos siguen precisados de hacer política internacional, haciendo caso nulo a todo análisis sobre la situación en la Isla, en una actitud consustancial al sistema, que “mira hacia otro lado” cuando se le señala con el dedo,&nbsp prefiriendo la ineficaz inmovilidad propia de su naturaleza a la opinión diferente que renueve conceptos y enrumbe nuestros flujos financieros por mejores causes.

Recién vimos algunas esperanzas revividas en el discurso pronunciado por Raúl, que tanto ha dado de que hablar en nuestros trabajos, barrios y hogares. Mala notica entonces cuando, luego de tres meses de silencio oficial sobre el mencionado evento y sus posibles repercusiones, recibimos en nuestros centros laborales un comunicado de “instancias superiores”, desde nuestras respectivas Direcciones Nacionales y Casas Matrices, cuyo contenido eran orientaciones para elaborar un plan de medidas con el presunto(y siempre fallido) fin de dar solución a los problemas planteados por los trabajadores en las reuniones convocadas para el debate de la “polémica” intervención del Gobernante en funciones.

Me parece que dicha actitud no merece ni coletillas, o más bien una sola: es una burla&nbsp a la inteligencia de nuestro pueblo, que es el “mas culto del mundo” al parecer solo en ciertas ocasiones, determinadas por quien pretende tener la verdad absoluta. Yo, que había apostado por ese conato de valentía y claridad política del Gobierno, veo con desinflada esperanza que se trataba de “mas de lo mismo”.Un ejercicio de retorica mas, un amague felón para entretener, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para maniobrar con las esperanzas de un pueblo. Nuevamente, como Poncio Pilatos, los Jerarcas se lavan las manos, como si no tuviesen responsabilidad en los problemas actuales de nuestra sociedad. Como si fueran otros los que tienen que rectificar el rumbo.

En Cuba no existe un Gobierno verdaderamente colegiado. Nunca ha sido ni será de esa manera, pese a lo que dicen la proclamas y &nbsp legados “divinos” del poder, mientras un Comandante sostenga&nbsp el timón de este barco, que desde hace ya unos cuantos años amenaza con irse a la deriva, sin que los pasajeros tengamos voz ni voto en la redirección de su proa. Un país no se dirige como un yate. Estamos cansados de lanzarnos al mar en busca de tierra firme, en pos de mejores opciones, de los pequeños detalles que nos hacen la vida mejor como son una vivienda digna (alguna al menos) y de esa libertad añorada de decir lo que sentimos sin temor a los desquites alevosos del Estado, que se resiente con cualquier señalamiento incomodo, por leve que sea, y hecha andar su maquinaria propagandística demoledora, prolija en descalificaciones personales,&nbsp activada a la mas nimia roncha levantada. Ni hablar de su fuerte espíritu revanchista para con los que se atreven a formar sus propias verdades al margen de las de la Asamblea Nacional, ejemplificado en los ignominiosos actos de repudio para los que verbalizan sus inconformidades&nbsp públicamente o en las extensas condenas a prisión para los que osan disentir de forma pacífica, organizados en grupos o partidos que no encuentran espacios legales en nuestra mutada (y mutable) constitución.&nbsp &nbsp &nbsp

El sistema se sustenta en los caprichos de un hombre, que de héroe altruista y revolucionario pasó a ser gobernante ególatra y retrogrado, rígido en sus posiciones si el viento sopla a su favor,&nbsp voluble en su parecer si los tiempos lo aconsejan así. Descentralizar el poder significaría disminuir su figura cuasi divina ante sus subordinados. Darles ciertas libertades económicas a los ciudadanos &nbsp liberaría a mucha gente de los actos insoportables de culto a su personalidad celebrados en todas las fechas imaginables (siempre en su honor, aunque el motivo declarado sea otro), la plaza de la Revolución dejaría de aupar multitudes para vitorear&nbsp y adorar su figura y el sistema, las mesas redondas bajarían su rating a niveles vergonzosos. Con otra frase: dejaría de ser el dios omnipresente en la vida de los Cubanos, controlando hasta los detalles de nuestra vida íntima, desde las preferencias literarias hasta nuestra cultura y hábitos culinarios.

Reestructurar la economía, otorgar ciertas libertades elementales por tanto tiempo suprimidas sería, en primer término, aceptar que ha estado muy equivocado. Y Fidel, a pesar de haber manifestado una y otra vez que no está exento de errores, nunca los &nbsp menciona concretamente, como si fueran males menores, fácilmente rectificables; y es más, siempre tiene en la agenda el próximo responsable, siempre fuera del sagrado ámbito que circunda a la siempre fiel dirigencia histórica, al parecer incorruptible y eternamente proletaria.

La culpa siempre es de otros. Les es imposible asumir un mea culpa. Se sienten legitimados por la historia y en virtud de esto, actúan irresponsablemente, a espaldas del sentimiento popular, apoyados en un sistema de Gobierno antojadizo y unipersonal, que no contempla en sus acápites mecanismos de impugnación.

A pesar de todo aplaudo las personas como usted y muchos más que, a contrapelo de las restricciones informativas de nuestra sociedad, y con una honestidad y valentía a toda prueba, invierten horas de sus vidas en esa ardua tarea que es, desde una hoja escrita (en papel o virtual), batallar contra la cerrazón de la burocracia omnímoda, el inmovilismo y la corrupción, males que a fuerza de tantos años de ejercicio cotidiano se han vuelto parte endémica de nuestro sistema. Que luchan a pecho descubierto por una Cuba mejor sin abandonar sus posiciones genuinamente revolucionarias. Aun cuando sospechen que sus denuncias ó propuestas, según sea el caso, vayan a parar como papel arrugado al cesto de un alto funcionario (arribista por naturaleza, indolente por conveniencia); que sus reclamos se estrellen en la imperturbable sordera de la nomenclatura.

Sin mas,

Diego Venegas&nbsp

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